OYE, ESTUDIO DESDE LA PRISIÓN!

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Casi 600 años de legislación y jurisprudencia española que hoy están en papel pasarán a formato digital para que todo el mundo las pueda consultar, previo pago, a través de la red de Internet. Las encargadas de realizar ese trabajo a partir de junio próximo son internas de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá.

24 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

Casi 600 años de legislación y jurisprudencia española que hoy están en papel pasarán a formato digital para que todo el mundo las pueda consultar, previo pago, a través de la red de Internet. Las encargadas de realizar ese trabajo a partir de junio próximo son internas de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá.

Para efectuar esa tarea de dimensiones monumentales, 120 reclusas se iniciaron en el mundo de la informática el primero de febrero pasado, como parte de uno de los programas que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) ha impulsado con motivo del Año de la Rehabilitación.

Se trata de un convenio con el centro de enseñanza de sistemas UniAppel, que fue contratado por la editorial española Aranzadi para ejecutar un proyecto que permitirá la consulta actualizada de una de las legislaciones más antiguas del mundo.

Según el director del Inpec, general Víctor Paéz, la educación es básica en el proyecto de rehabilitación, que busca mejorar las condiciones de vida de los internos y se constituye en un paso previo a la resocialización, que se espera comience cuando los reclusos abandonan la cárcel.

La educación en las cárceles siempre ha existido, pero un poco de manera aislada y a veces desordenada. Ahora queremos algo más metódico que no deje mejores resultados , dice Páez, ex normalista convencido de que la educación puede cambiar al mundo.

Una de las metas concretas de su administración, es lograr que no haya ningún interno analfabeta en las 31 principales cárceles y penitenciarias del país, donde se concentra el 70 por ciento de los 55.000 reclusos que se cuentan en Colombia. Además, concretar un Proyecto Educativo Institucional para los colegios existentes en las cárceles y aumentar a 15 el número de colegios aprobados (en la actualidad hay siete que pueden expedir certificaciones de estudios de primaria y de secundaria).

- Talleres de formación.

Igualmente, se está buscando obtener el reconocimiento de estándares de calidad ISO para los talleres donde se ejecutan programas de educación no formal.

Tal educación informal, que no entrega diplomas oficialmente reconocidos, es la que ha predominado en las cárceles, según el pastor Edgar Castro, miembro de la junta directiva de la Confraternidad Carcelaria de Colombia, que desde 1973 se dedica a formar a los reclusos para desarrollar su espíritu .

Zulma Cuartas, filóloga que desde hace cinco años trabaja con internos de la Cárcel Modelo de Bogotá, dice que una de las razones por las cuales prevalece la educación no formal se relaciona con el hecho de que casi siempre los reclusos buscan inscribirse en actividades que les permitan ganar dinero para enviar a sus familias.

Hay otro factor que privilegia la educación no formal: en ocasiones los reclusos ven la educación no como algo que sirve para sus vidas futuras sino como un simple camino para disminuir sus penas (por cada hora que se asista a una clase se reduce en una hora la condena).

José, un recluso que da clases en la Modelo de Bogotá, confirma la situación y en cierta manera la justifica: Estar en la cárcel se opone a elementos fundamentales del proceso educativo, voluntad y libertad .

Para enfrentar ambas realidades Páez tiene una táctica que consiste en establecer por lo menos la alfabetización como prerrequisito para participar en los talleres de zapatería, modistería, ebanistería, bicicletería y panadería, que dan ingresos a las cárceles y dejan un salario a los reclusos que participan en ellos.

No hay excusa que valga -afirma el director del Inpec-. Quien desee hacer parte de esos programas, tendrá que estudiar antes .

- Educación formal, tarea difcil.

Formalizar la educación en las cárceles, sin embargo, no es como soplar y hacer botellas. Lo sabe María Eugenia Almeyda, que lleva seis años enseñando en las cárceles de Pamplona, Bucaramanga y en la penitenciaría El Buen Pastor de Bogotá.

Se trata de una población especial: adulta y privada de la libertad. Los profesores, además, en ocasiones enfrentan grupos repletos de alumnos encausados (llenos de problemas, en la jerga de los internos), que no son una pera en dulce , dice Almeyda.

En todo caso, Páez quiere seguir una recomendación del informe elaborado en octubre del 2001 por Naciones Unidas sobre la situación de los Derechos Humanos en los centros de reclusión colombianos.

Dicho documento sugirió crear condiciones para que los internos tengan acceso a la primaria y la secundaria, como una forma de mejorar su condición de vida.

En la Cárcel Modelo se inauguraron hace una semana tres modernos salones de clase con capacidad para 150 personas y se gestionan donaciones para completar una biblioteca.

La Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), entregará ocho bibliotecas a los centros de reclusión donde hay más estudiantes de educación superior. Y para las 31 instituciones del programa de rehabilitación se planea comprar módulos de educación personalizada, de manera que la autoinstrucción sirva para disminuir el problema de la falta de profesores.

En la actualidad hay cerca de 5.000 reclusos en planes de educación formal. Entre ellos se cuentan 132 que cursan programas universitarios a distancia. En uno de estos, terminó sociología Gilberto Rodríguez Orejuela, el jefe del Cartel de Cali.

Con todo, apenas el 12 por ciento de los reclusos de Colombia estudia, una cifra baja para los estándares internacionales. Por eso el Inpec este año redobló sus esfuerzos en esa materia. Quiere abrir el apetito por el estudio a los reclusos.

En Bucaramanga, se autorizó la salida de una reclusa para que asistiera a sus clases de gestión empresarial en la Universidad Industrial de Santander. Iba a la institución y luego volvía a dormir en la prisión. Pero no siempre el interés por el estudio es manifiesto entre los internos.

De ahí que en otros sitios sean los profesores los que van a la cárcel para las monitorías de sus cursos. En ese proceso, nosotros vemos a la persona, no al delito , dicen los encargados de la formación de reclusas en El Buen Pastor.

Estos educadores están convencidos de que si Mahoma no va a la montaña, los profesores van a buscar sus alumnos en la cárcel, donde ahora, en palabras de Páez, el cuento es en serio .

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