LA IGLESIA ESTÁ QUEBRADA

LA IGLESIA ESTÁ QUEBRADA

Tiene más plata que un cura con dos parroquias era un dicho popular que tuvo vigencia hasta el siglo pasado y que hacía alusión a los párrocos de pueblo. Hoy, la Iglesia Católica Apostólica y Colombiana está prácticamente en la olla. (EL ARANCEL ECLESIASTICO)

25 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

Tiene más plata que un cura con dos parroquias era un dicho popular que tuvo vigencia hasta el siglo pasado y que hacía alusión a los párrocos de pueblo. Hoy, la Iglesia Católica Apostólica y Colombiana está prácticamente en la olla.

(EL ARANCEL ECLESIASTICO).

Como toda empresa organizada, la Iglesia tiene su contabilidad y las limosnas son su principal fuente de ingresos. También financian la oración los estipendios que se cobran por misas, matrimonios, bautizos, partidas y sepelios. Esta tarifa la fija el obispo de cada diócesis a través de un Arancel con los precios (ver gráfico).

Monseñor Fernando Sabogal, secretario general del Episcopado Colombiano, explica que el párroco es como el gerente de cada parroquia y, como en cualquier compañía, es además el representante legal y ordenador del gasto. Lleva también los libros de contabilidad que revisa el respectivo obispo.

Para cumplir su función toma los ingresos (limosnas y estipendios) y los reparte en los diferentes gastos. Y aquí es donde comienza la penitencia. Según monseñor Sabogal, en muchas parroquias las limosnas han bajado más del 50 por ciento en promedio, reflejando la pobreza de los creyentes, flagelados por el desempleo y la crisis económica.

Claro que de cualquier manera, en el país hay párrocos y parroquias ricas y pobres. En Bogotá, por ejemplo, templos como el de Santa Bernardita, en el sur o Patio Bonito, en el suroccidente, no reciben limosnas y viven de unos pocos estipendios y otros auxilios de la Arquidiócesis. Pero también hay templos con bonanzas como los Santuarios del 20 de Julio y Chiquinquirá, donde los devotos financian ampliamente la industria de la oración.

Las parroquias con feligreses solidarios reciben los domingos entre 70.000 y 200.000 pesos por concepto de limosnas.

Los estipendios también han bajado notablemente, comenta monseñor Sabogal al indicar que mandar decir una Misa cuesta 19.000 pesos, y que en la mayoría de los casos este costo se reparte entre dos y hasta cuatro intenciones, es decir, cuatro personas que aportan un poco más de 4.500 pesos por rezarle a sus deudos.

Los salarios.

En materia salarial no puede haber más austeridad en la nómina Católica. Los sueldos son prácticamente la demostración de los votos de pobreza. En el mejor de los casos, un párroco se pone dos salarios mínimos al mes (618.000 pesos) que es como el ingreso teórico de un religioso, pues en muchas parroquias el cura tiene que acudir a un Fondo de Solidaridad Diocesano para sobrevivir.

Claro que los sacerdotes que quieren mejorar sus ingresos se dedican, como cualquier parroquiano, al rebusque de clases en universidades y colegios o aceptan ser capellanes.

Y, los jefes no es que tengan grandes asignaciones. Un obispo de Diócesis pobre como Montelibano, Sincelejo y Ocaña, puede tener ingresos de 200.000 pesos mensuales. Los jerarcas de Arquidiócesis como Barranquilla o Bucaramanga pueden tener sueldos entre los 700.000 y el millón de pesos.

Como todos los asalariados, los curas también tienen seguridad social, es decir salud y pensiones. Los aportes los pagan el mismo religioso y la Caja de Auxilios del Clero, un fondo al cual aportan todos los sacerdotes. Los clérigos también pueden escoger su entidad de seguridad social. En Bogotá, por ejemplo, unos están con Compensar y otros con el Seguro Social.

Junto a los salarios del cura, el sacristán y los auxiliares, están los gastos del templo y la Casa Cural. Monseñor Sabogal señala que los servicios públicos se han disparado. Las tarifas, indica, son las mismas que se cobran para un centro comercial.

Sin impuestos.

Pero no todas las cuentas están contra la Iglesia, que no paga impuesto predial por los templos, Casa Curales, seminarios, conventos y sedes de la comunidad.

Otra gabela económica es un aporte anual de 20 millones de pesos que el Estado reconoce como una indemnización por la expropiación de bienes a la Iglesia en los tiempos del general Mosquera, y que se reparte entre las diferentes Diócesis.

Sin embargo, la plata no está alcanzando ni para formar los futuros sacerdotes. Un seminarista cuesta mensualmente 150.000 pesos.

Y, en medio de este déficit las parroquias tienen que apoyar el funcionamiento de los templos y otros lugares de Tierra Santa, aportando las limosnas del Viernes Santo.

Otro de los costos eclesiásticos que poco se conoce es el de los ornamentos. Las Hermanas Pías Discípulas, unas monjas dedicadas a la confección a mano, tienen un almacén de distribución en Bogotá. Los ornamentos para oficiar una misa -alba, casulla, estola y cíngulo- cuestan entre 190.000 y un millón de pesos. Algunas parroquias, con recursos, prefieren importar los ornamentos de Roma, más caros y más finos. Todo lo anterior sin contar la dotación de un templo, un cáliz y una patena pueden valer hasta 1.200.000 pesos.

La oración está ligada a la crisis del país, y seguramente los días santos servirán para que curas y fieles se pongan la mano en el corazón para refinanciar una empresa espiritual que prácticamente está al borde de la Ley 550 de intervención económica.

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