VOLCÁN EN VÍSPERAS

VOLCÁN EN VÍSPERAS

En los números 35 y 37 de El Malpensante, sus lectores hemos presenciado un debate apto para épocas sacras-- entre dos colombianos ubicados en cada orilla de una larga y distinguida disputa intelectual. No se trata del típico alegato adjetivado sobre digamos política fiscal. Tampoco de un par de pálidas retahílas sobre alguna crisis cultural. Se trata de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano, ni más ni menos.

27 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

En los números 35 y 37 de El Malpensante, sus lectores hemos presenciado un debate apto para épocas sacras-- entre dos colombianos ubicados en cada orilla de una larga y distinguida disputa intelectual. No se trata del típico alegato adjetivado sobre digamos política fiscal. Tampoco de un par de pálidas retahílas sobre alguna crisis cultural. Se trata de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano, ni más ni menos.

La existencia de un debate sobre algo tan abstracto y complejo es refrescante. Máxime cuando los participantes tienen la talla de Alejandro Gaviria y de William Ospina. El debate puede leerse, decía, como ligado a una tradicional divergencia entre dos escuelas de pensamiento sobre lo que somos los humanos cuando nos juntamos en sociedades. La primera viene de Hobbes y plantea que somos, más o menos, un volcán en vísperas por la sencilla razón de que los hombres somos máquinas que luchan incesantemente por ejercer poder sobre los demás. La segunda viene de Rousseau y plantea que, al contrario, somos seres intrínsecamente generosos y altruistas. Las implicancias son muy claras para la política publica y para el diseño del Estado. En la vertiente halcón de Hobbes, requerimos una institución creíble y fuerte a la que, todos al tiempo, le entreguemos nuestro derecho natural a invadir y poseer. En la vertiente paloma de Rousseau, lo único que necesitamos es un orden institucional (el imperio de una voluntad general ) que refleje, de la mejor manera, el bello estado natural con el que venimos dotados. En Rousseau, la desigualdad no es natural y la propiedad individual es la causa de la desigualdad. En Hobbes, el poder de un hombre- que es el derecho natural por excelencia- lo otorga el grado hasta el cual sus riquezas y facultades exceden a los de sus semejantes.

Desde el siglo XVII (cuando escribió Hobbes) hasta muy entrado el siglo XX, los términos del debate sobre la naturaleza de las sociedades humanas se podría describir como bastante moralista porque se centra en una pregunta vacía y como jarta, la verdad sea dicha: somos intrínsecamente buenos o intrínsecamente malos? Durante el último medio siglo, en cambio, el debate se ha hecho mucho más interesante, como lo atestigua el intercambio que comento. Y digo interesante porque hay una explosión de trabajos cuidadosos sobre la manera concreta en que distintas sociedades de carne y hueso se han organizado y se organizan en la práctica. Mas datos y menos carreta, mejor dicho.

En 1991, por ejemplo, el antropólogo D. Brown publicó un libro titulado Universales humanos (Human Universals, McGraw Hill) en el que plantea un interesante modelo de lo que somos los humanos, basado en este tipo de cuidadosa y paciente investigación empírica. Brown deduce aquellas características que son comunes a todas las sociedades que se han estudiado, y a la sociedad resultante la llama gente universal , algo así como el común denominador. El resultado es que los humanos en general, y no solamente los arrolladores capitalistas occidentales, ni somos unos angelitos altruistas, ni tampoco unos monstruos despóticos.

La moraleja del tipo de trabajos que sintetiza Brown es que los humanos, desde siempre y en todas partes, vivimos equilibrando dos fuerzas, con indudables raíces genéticas: (a) las ansias despóticas que veía tan lúcidamente Hobbes y (b) una profunda aversión a ser victimizados por imposiciones y por tiranías.

No es muy útil intentar dividir entre sociedades buenas con elevados valores y sociedades malas con aplanadora y ánimo de lucro. El hecho es que cada sociedad llega, a su manera, a un balance entre estas fuerzas y define en buen grado su destino. La discusión acerca de por qué hay tantas diferencias en la escogencia concreta que hacen las distintas sociedades, su verdadera constitución por llamarla de algún modo, es un tema igualmente fascinante. Que será dejar para otra fiesta sacra.

actiempo@aol.com

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