LO QUE NO VEMOS

A mi juicio, acaba por enredar aún más las cosas, el monotema de la guerra. No pretendo negarla. Ingenuo e irresponsable sería. Pero vasto es su dominio en los medios de comunicación, las columnas de opinión, la atmósfera social, las conversaciones de la gente. Se diría que no hay nada más.

26 de marzo 2002 , 12:00 a. m.

A mi juicio, acaba por enredar aún más las cosas, el monotema de la guerra. No pretendo negarla. Ingenuo e irresponsable sería. Pero vasto es su dominio en los medios de comunicación, las columnas de opinión, la atmósfera social, las conversaciones de la gente. Se diría que no hay nada más.

Por su parte, los electores de unos y otros se descalifican mutuamente. No coexisten. Se niegan. Se satanizan. Nadie cede espacios y todo el mundo habla de cederlos.

Y los candidatos, a su modo, orientan la opinión de los votantes.

convocándolos a todos a cambio de ser un sólo grupo. Extraña metodología. No basta reconocer que el otro existe si hablamos de democracia, hay que valorar lo que nos dice. Y valorarlo significa, ni más ni menos, enriquecer de algún modo nuestro propio discurso. No se dialoga. Se monologuiza. Y al final, la ocasión mayéutica que debe suponer el ejercicio del sano desacuerdo, es una oportunidad de aplastamiento del contrario, de remisión a los extramuros del anatema o el olvido.

Los principios diferentes no pueden tomar siempre el lugar de los propósitos colectivos. Una verdadera democracia no puede volver la dinámica de los contrarios en un oscuro laberinto de contradictorios. El destino, aunque parezca candoroso recordarlo, es común.

Y para quienes creemos que no se justifica la guerra con el peregrino argumento que desde cuando erguimos nuestro cuerpo, y aún antes, no hemos hecho nada distinto que matarnos, existe la promesa de la educación. De una educación libre y libertaria, que humanice desde los tuétanos hasta los últimos glóbulos rojos de la especie. Humanice quiere decir, hacernos humanos. Eso que sólo justifique la aventura.

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