CÓMO CONOCÍ AL ASESINO DEL POZZETO

CÓMO CONOCÍ AL ASESINO DEL POZZETO

A finales de 1986 yo era un estudiante de letras que estaba terminando su tesis de grado en una universidad de Bogotá. Un profesor me envió a un sujeto que pasaba ya de los cuarenta años de edad y que estaba interesado en el tema de los dobles, es decir, en aquellos famosos personajes literarios (William Wilson, Harry Jekyll) cuya personalidad se quiebra y se fragmenta hasta el punto de obligarlos a vivir dos vidas contrapuestas en dos individuos diferentes. El hombre en cuestión se llamaba Campo Elías Delgado y estaba matriculado en la Facultad de Educación. Simpatizamos rápidamente y compartimos el material bibliográfico que yo había recogido para mi monografía.

17 de febrero 2002 , 12:00 a.m.

A finales de 1986 yo era un estudiante de letras que estaba terminando su tesis de grado en una universidad de Bogotá. Un profesor me envió a un sujeto que pasaba ya de los cuarenta años de edad y que estaba interesado en el tema de los dobles, es decir, en aquellos famosos personajes literarios (William Wilson, Harry Jekyll) cuya personalidad se quiebra y se fragmenta hasta el punto de obligarlos a vivir dos vidas contrapuestas en dos individuos diferentes. El hombre en cuestión se llamaba Campo Elías Delgado y estaba matriculado en la Facultad de Educación. Simpatizamos rápidamente y compartimos el material bibliográfico que yo había recogido para mi monografía.

Campo Elías era un lector voraz, agudo, y me di cuenta enseguida de que era un solitario amargado cuyo único aliciente en la vida era el silencioso placer de la lectura. El último día que nos vimos nos tomamos un café y discutimos sobre Egaeus, aquel personaje de Poe que termina arrancándole los dientes a su amada en un lóbrego cementerio nocturno.

Al día siguiente, Campo Elías apareció en todos los medios de comunicación como el autor de una serie de asesinatos que sobrepasaba las veinte víctimas. Los noticieros de televisión informaban que el criminal había matado primero a una alumna suya y a otra mujer que la acompañaba, luego a su propia madre y a unos vecinos, y finalmente había entrado en una pizzería y había disparado indiscriminadamente sobre la mayoría de la clientela reunida allí para cenar. Los periodistas afirmaban que Campo Elías había sido héroe de la guerra de Vietnam y que desde entonces se encontraba trastornado y con graves problemas psicológicos.

El psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo fue el único que se fijó en un hecho curioso: el asesino había entrado en el restaurante con un libro en el bolsillo: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson. Restrepo escribiría más tarde en una revista una frase que quedó grabada en mi memoria para siempre: "la clave de los crímenes está en ese libro".

Bien, viví quince años con estos sucesos en la cabeza, y el personaje de Campo Elías, con quien yo había compartido breves pero maravillosas conversaciones literarias, me persiguió día y noche sin darme tregua ni respiro. Intenté en un par de oportunidades escribir un relato al respecto pero fracasé desde los primeros renglones. No estaba listo. Había que dejar pasar el tiempo.

Mientras tanto, otras historias que habían sucedido por la misma época también continuaban en el tintero: una muchacha ingenua que robaba con destreza a altos ejecutivos, un pintor habitado por fuerzas misteriosas y un sacerdote que había tenido que enfrentarse a un caso de posesión satánica en La Candelaria, el barrio colonial de Bogotá. Poco a poco estos personajes se fueron fundiendo, amalgamando, hasta que terminaron encontrándose con Campo Elías para conformar una novela que desde el comienzo supe que se llamaría Satanás.

Durante su escritura visité los lugares donde ocurrieron los hechos, entrevisté algunos testigos y recogí todo el material que se publicó sobre la matanza. Pero nunca perdí de vista ciertos acontecimientos fundamentales: que yo había estado cerca del asesino, muy cerca, que mis ideas literarias y las suyas eran bastante similares, y que quizás esa proximidad que yo había tenido con él escondía, en el fondo, un vínculo que no era mera casualidad.

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