GABITO Y HELENO DE FREITAS

GABITO Y HELENO DE FREITAS

Estaba completamente loco. O lo parecía. Llegó a Colombia en uno de esos contrabandos futbolísticos que la Dimayor, desde entonces un nido de piratas, había instaurado para desorganizar el fútbol internacional, quitarle a Barranquilla la sede y paternidad de la Adefútbol y establecer un negocio de renegados. Fue el único Dorado tangible.

11 de noviembre 2002 , 12:00 a. m.

Se llamaba Heleno de Freitas. Era brasileño pero venía del Boca Junior y no debutó en Barranquilla, como suele creerse, sino en Cali, precisamente en un juego contra otro Boca Junior. Ese mismo día se sabría bien quién era: no metió ningún gol, los destellos de genialidad fueron tan pobres como los que le imponía un largo viaje que había concluido apenas cuatro horas antes del partido, pero al terminar el primer tiempo se vistió y lanzó una gravísima admonición contra sus compañeros de equipo: Me voy, yo no juego más con esas bestias . Y se fue del hotel.

Las bestias que soportaron en silencio la infamia eran jugadores barranquilleros sobrevivientes de la selección Colombia campeón de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1946; brasileños reclutados con las mismas artimañas de la piratería y Berascochea, con quien Gabito se equivoca dos veces: no era vasco, según lo supuso en el segundo número de Crónica en 1950, y no era brasileño sino uruguayo, como lo escribió recientemente en sus memorias.

Heleno usaba melena al mejor estilo de Gardel y una gomina extranjera le permitía mantenerla intacta después de cada cabezazo. En su rostro había algo de esa palidez atrayente que las transformaciones metafóricas atribuían a los tuberculosos. Años después moriría en un sanatorio de Brasil, víctima de los efectos neurológicos de una sífilis nerviosa. Ese tipo de catástrofe involuntaria se caracteriza por una clínica silente y tardía que afecta con sevicia la coordinación de los miembros. En el caso de Heleno fue exageradamente tardía, pues mientras vivió en Barranquilla las únicas atrofias eran las de su comportamiento, nunca las de una impecable relación entre cerebro y extremidades, claves últimas de su fútbol de fantasía.

El resto del perfil de Heleno parecía ajustado a sus pretensiones míticas. Salía a jugar literalmente bañado en efluvios de una loción inglesa, usaba ropa confeccionada a medida, bebía whisky y jugaba póker con los dueños del Junior en el Country Club, conducía un Pontiac último modelo a cien kilómetros de vértigo, oía jazz a toda hora y andaba con una novela de Agata Christie bajo el brazo. Detestaba a los árbitros y mantenía una intransigencia feroz con los errores de sus compañeros. Al pobre Memuerde, en la realidad Rigoberto García, un negro hecho de pura fibra en sus 190 centímetros de geografía vertical, le gritaba cada vez que desperdiciaba uno de sus pases inverosímiles: A vender lotería, a vender lotería, negro hijueputa . Memuerde no lo complació en el cambio de oficio y siguió metiendo casi tantos goles como los que desperdiciaba.

Este es, en tres pinceladas toscas, el Heleno de Freitas que García Márquez acaba de resucitar en sus memorias. Una entrevista central realizada por Germán Vargas y una portada con dibujo a tinta del crack brasileño dieron vida efímera a Crónica, la revista que Gabito fundara con Alvaro Cepeda, Germán y Alfonso Fuenmayor. Heleno hizo el milagro de que se agotara la edición. Pero el milagro no se repetiría y la coartada del deporte encubriendo un propósito literario no pudo mantenerse ni entrevistando en el segundo número a Berascochea, según Germán Vargas la peor cosa que García Márquez escribió jamás.

El reportaje debió ser escrito sin mucha convicción, pues el propio Gabito, quien había soñado e intentado ser portero en un equipo de barriada en Aracataca, había bajado esos entusiasmos a casi cero mientras comenzaba a orientar sus preferencias hacia el béisbol. Un balonazo en el hígado, o más abajo, habría marcado el final de esas fiebres del fútbol.

Tal vez recordaba un incidente de 1935, que intentó investigar, por mano interpuesta de Jaime Abello, con Chelo de Castro, una biblia ambulante del deporte, que sin embargo no incluyó en la obra. José Escorcia, de quien los barranquilleros exagerados suelen decir que era el mejor portero del mundo , había matado de una patada a Teófilo Gutiérrez. Un episodio de práctica había dado lugar a una riña que concluyó en fractura múltiple del hígado. Escorcia terminó su carrera en la cárcel y Gutiérrez la suya en el Universal, un negocio funerario de las logias masónicas.

De pronto esa tragedia impidió que Aracataca le diera al país una primera estrella del fútbol y que Macondo se inventara a sí mismo y a su testigo y evangelista más importante. Heleno, por supuesto, no pudo adivinar entonces, ni comprobar después, que su fútbol trastornado pasaría a la historia por obra y gracia de aquella crónica.

* La mayoría de los datos proceden de una conversación con Jimmy De la Espriella, quien fue portero del Junior. Los demás son culpa mía.

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