CAPONERA, CAPONERA...

CAPONERA, CAPONERA...

Algo sorprendido, leí en El Espectador de C. Ll. de la F. miércoles, sección correo de los lectores una carta del señor Nicolás San Juan, proveniente de Buenaventura, cuyos apartes principales dicen así:

03 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Colombia entera se enamoró de Gaviota, que cantaba al lado de la humedad terrestre, vertiendo en su voz la claridad del viento . Ahora regresa como La Caponera, pero ya no va a purificar nuestras congojas como un pequeño cántaro que canta ; ya no podemos enamorarnos nuevamente porque Gaviota vive ahora sola en una solitaria dinastía, inalcanzable aún, evasiva, desierta, como una gota, como una uva, como el mar , porque ella, ante nuestros ojos, decidió rechazarse a sí misma .

He tratado de ver La Caponera con rigor televisivo y la verdad es que pese a los esfuerzos de producción para nada me ha convencido, como a muchos, su calidad artística. Los televidentes que a comienzos de la década de los 90 aún recordamos El gallo de oro el gran cuento de Juan Rulfo , con base en una extraordinaria dramatización de Frank Ramírez y Amparo Grisales, con el elenco de La Caponera nos estamos viendo a gatas para gozar de una buena telenovela.

Comenzando por Margarita Rosa. La verdad es que, como dice el citado corresponsal, Margarita decidió rechazarse a sí misma . Paradójicamente, tratándose de una de las actrices preferidas y más llamativas de nuestra TV, en su condición de La Caponera ha resultado con ciertos gestos hombrunos y una excesiva musculatura que la hacen ver poco femenina. Y es curioso esto porque a pesar de que las comparaciones son siempre odiosas , cuando la Grisales interpretó casi el mismo papel en El gallo de oro, era igualmente implacable en su rictus, aunque mucho más sensual y hembra en sus expresiones. Lo cual insisto es paradójico, puesto que ambas (Amparo y Margarita) consumaron en conjunto excelentes interpretaciones en Los pecados de doña Inés de Hinojosa, la no menos gran novela de Próspero Morales Pradilla. Y en episodios además comprometedores, pues había que exhibir una gran calidad histriónica, como en aquel pasaje en que las dos aparecían, prácticamente desnudas, intercambiándose lascivos masajes.

Mas el problema de La Caponera no es solo el hecho de que quien hace sus veces se ha quedado corta en materia de femineidad. Sino que en una telenovela importan tanto la trama, como la capacidad artística de los demás miembros del reparto. Tal es lo que hace de Betty la fea una gran serie. En la que sus fervorosos televidentes casi nos estamos olvidando de la propia Betty, para disfrutar de actuaciones magistrales como la de Abello en su papel de su drag queen, o el del mismo Julián Arango en el más complejo por lo permanente de Hugo Lombardi, el modisto marico. Betty, pues, es una extraordinaria novela en su conjunto, en tanto que a La Caponera la salvan apenas unas cuantas escenas aisladas, como las canciones musicalizadas por Josefina Severino y ahí sí muy bien entonadas por la De Francisco.

Pero, además, que quede claro. Los colombianos estamos hastiados de sangre y violencia: la que nos muestran todas las noches los noticieros sobre la realidad del país. Por eso la gente tiene derecho a buscar y encontrar creaciones televisivas si se quiere escapistas, pero divertidas. Y en un horario que no deja de ser familiar, en La Caponera hay mucha sangre, excesivos golpes, demasiado revólver. Ojalá se pudieran replantear futuras escenas para mejorarlas, si aún no es tarde para ello. Y, de paso, peinar a su actriz principal un poquito más, para no acabar confundiéndola con el pelo del Pibe Valderrama

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