PETRÓLEO: NO HAY QUE JUGAR CON CANDELA

PETRÓLEO: NO HAY QUE JUGAR CON CANDELA

El riesgo del ascenso excesivo en los precios del petróleo es enorme porque puede traer como consecuencia precios muy bajos en el futuro y por periodos largos. Esa es la característica esencial de cualquier mercado: cuando el precio de un bien sube, todos los productores aumentan su producción para aprovechar los precios del momento, lo que eventualmente lleva, primero, a que se estabilice y después a que disminuya el precio; y, viceversa, cuando los precios bajan, los productores retraen sus inversiones o disminuyen su producción, lo que estabiliza el precio una vez más.

05 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Esta ha sido la historia de la economía desde que el hombre la conoce, incluyendo el comportamiento del precio del petróleo en 1973 y 1979.

Desde nuestra perspectiva como país exportador de petróleo, es evidente que los elevados precios del petróleo constituyen una inesperada bonanza. El problema es que, como pudimos constatar a mediados de los 80 y en 1998, esas circunstancias difícilmente son sostenibles. De serlo, los países más ricos del mundo no serían los europeos, Japón y Estados Unidos, sino Arabia Saudita y Venezuela.

Sin embargo, no hay que ser muy inteligente para comprender que los países verdaderamente ricos no son los que explotan sus recursos naturales, sino aquellos que transforman materias primas o ideas en bienes elaborados y servicios. Los recursos naturales constituyen una fuente potencial de riqueza, pero sus precios tienden a ser volátiles y decrecientes.

A mediados de los 80, cuando cayeron los precios del petróleo, y con ellos la euforia de la era populista, los mexicanos nos hicimos muy conscientes del tema petrolero. Los precios bajaron de unos 30 dólares por barril a alrededor de 15 y después a menos de 10. A nadie le quedaba la menor duda de que el precio del petróleo era fundamental para el funcionamiento de la economía.

Con el pasar del tiempo, sin embargo, las exportaciones no petroleras crecieron, sobre todo a partir del Tratado de Libre Comercio, con lo que el petróleo gradualmente disminuyó su importancia relativa dentro del PIB mexicano y, sobre todo, en la balanza comercial. Hoy en día, el petróleo difícilmente llega a ser el 10 por ciento de nuestras exportaciones, de más 85 por ciento al inicio de los años 80.

Pero las finanzas gubernamentales dependen todavía en algo así como el 15 por ciento del precio del crudo. En 1998, la caída de los precios del crudo se tradujo en una significativa pérdida de ingresos para el gobierno, que no tuvo más remedio que reducir su gasto e incrementar sus ingresos.

Mientras que la gasolina disminuía de precio en casi todo el mundo, los mexicanos tuvimos que sufrir un alza que llevó el precio de los combustibles a niveles récord. Así como la economía se despetrolizó, sería deseable que algo semejante ocurriera con el ingreso fiscal: en países exportadores de petróleo, pero con economías más estables, como Noruega e Inglaterra, el ingreso petrolero se concentra en fondos de inversión independientes del gasto fiscal corriente, para emplearse en el desarrollo de infraestructura y otros programas de largo plazo. En México todo se va al gasto corriente.

En esta ocasión, el gobierno mexicano optó por otro camino. Ante la caída del precio del crudo, el gobierno no sólo se dedicó a reducir su gasto y elevar el precio de sus productos y servicios, sino que también orquestó una serie de acuerdos con algunos de los principales productores de crudo en el mundo, particularmente Arabia Saudita y Venezuela, para reducir la producción y, con ello, elevar los precios.

El acuerdo resultó tan exitoso que los precios comenzaron a incrementarse al grado en que el año de 1999 fue uno de jauja fiscal para el gobierno mexicano. Pero ese cartel que fue tan exitoso ahora corre el riesgo de caer en el otro extremo.

Los precios del crudo de referencia rebasaron la marca de los 30 dólares (que obviamente, por la erosión inflacionaria, no son los mismos 30 dólares de hace 20 años), creando un virtual pánico en los países consumidores. Japón Y Estados Unidos han amenazado con vender crudo de sus reservas estratégicas.

La respuesta de nuestras autoridades ha sido inverosímil: en la fantasía gubernamental, el cartel tiene la capacidad de imponer un determinado precio al mercado petrolero mundial.

La realidad es que a nosotros tampoco nos convienen precios tan elevados del petróleo. No nos conviene ni como productores de petróleo ni como exportadores de bienes manufacturados. Por el lado del petróleo, el problema es que todos los mecanismos artificiales que se emplean para alterar el funcionamiento natural de los mercados, como son los acuerdos entre productores, también llamados carteles, tienen una debilidad intrínseca.

Peligros del entusiasmo Los intereses de los integrantes de un cartel no son necesariamente los mismos. El interés del mayor productor de petróleo del mundo, Arabia Saudita, por ejemplo, no es el de maximizar el ingreso inmediato, sino mantener precios estables y ligeramente crecientes en el tiempo.

Por ello, ese país no puede permitir precios tan altos del crudo por un período prolongado de tiempo, porque eso terminaría por incentivar la producción de combustibles alternativos. Por contra, otros países, como Venezuela, pueden ver en los precios actuales del petróleo una forma de lograr un ingreso adicional inmediato para amortiguar su crisis.

La política de cartelizar al petróleo evidencia la filosofía gubernamental. Tenemos un gobierno que pregona los beneficios de la economía de mercado pero que rara vez los promueve; el resultado práctico es ignorancia y cinismo. Ignorancia cuando se producen las reacciones viscerales, como la de arroparse en la bandera nacional en este momento en que los países consumidores del crudo se quejan del precio; y cinismo respecto a las reformas de las últimas décadas que, aún cuando han traído beneficios, no han logrado que se instaure una economía competitiva.

En el caso específico del petróleo, el gobierno se ha dedicado a jugar al cartel y en el camino está corriendo enormes riesgos. Algo parecido ocurrió al inicio de los años 70 con el gasto público y ese error le costó a México tres lustros de estancamiento.

*Presidente del Centro de Investigación para el Desarrollo

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