DE TODO COMO EN LOS BUSES

DE TODO COMO EN LOS BUSES

Pasa la registradora un hombre vestido al estilo San Andresito, gafas oscuras y camisa floriada, despidiendo un aroma agradable, si bien exagerado. Lleva dos maletas de donde saca frascos de perfumes para la venta. Lo hace por la persecución de la DIAN y cuenta, además, que sus compromisos con Panamá lo obligan a vender la mercancía por la tercera parte. Muchos le compran. Cada uno cuesta $ 8.000. En verdad valen $ 3.000 si se va a San Andresito. El siguiente es un ex presidiario que se sube con cara brava. Todos le temen por sus ademanes agresivos y los sellos de la Modelo que cubren sus brazos. Sin embargo, el hombre se transforma. Sus gestos se suavizan y en voz casi dulce termina pidiendo una posibilidad de reivindicación. El efecto es grande. Casi todos los pasajeros le sueltan varias monedas, entre asustados y conmovidos.

05 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Hay muchos otros en los viajes urbanos de todas las rutas de buses en Bogotá. Un ciego que comenzó apenas con deficiencias en la visión, pero en una clínica se equivocaron y lo dejaron sin vista. El vendedor de laxantes que explica en lenguaje científico la dureza de estómago y los efectos milagrosos de varias yerbas para lograr su flojera. La familia desplazada que no quiere llenar más la ciudad pero necesita dinero para el regreso. El vendedor de una crema desmanchadora que se tira el mismo tinta sobre su camisa blanca y luego se echa el desmanchador efectivo que le devuelve su blancura original, bajo el asombro de todos los pasajeros que desconocen el efecto de químico que elimina colores.

Son parte del inmenso repertorio que vive en Bogotá, quienes viajan en bus, una de las ciudades en el mundo que más invierte tiempo en los desplazamientos entre lugares. Son historias hechas al calor de los hechos que buscan impactar al pasajero para sacarle alguna moneda convirtiendo el bus en teatro rodante. Junto a la necesidad económica que ha empujado a muchos a participar de esta botica rodante asombra su dimensión cultural. Son nuevos trovadores, herederos de los cantos provenzales medievales o de los circos o espectáculos de magia modernos y hasta del arte público contemporáneo. Su número lo repiten incesantemente hasta lograr cierta perfección y como en los performances más avanzados de varias documentas de arte, de la exhibición de su cuerpo depende su vida. El perfumero, el ciego, el desmanchador y el preso nos hacen posible aguantar dos horas de bus. También nos introducen en un verdadero dramatismo bogotano que no nos deja olvidar la ciudad donde vivimos. El último de estos. Un poeta ambulante se sube al bus para recitar a los poetas malditos franceses. Al terminar saca una soga, la tira a la barra central del pasamanos y simula ahorcarse. Un pasajero le grita por qué no se ahorca de verdad . El poeta responde. Hoy mismo ya lo he hecho más de 10 veces.

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