UNA DÉCADA NACIONAL

UNA DÉCADA NACIONAL

Puede parecer una exageración irónica, pero la relación entre la obra de Beatriz González y el establecimiento cultural colombiano durante la pasada década se asemeja, en mucho, a la de la Universidad Nacional y nuestra sociedad. En los últimos diez años, tanto a González como a la Nacional se le respetó por su seriedad investigativa, se le alejó de los intereses creados de la clase política y, por supuesto, se le incomodó por su aparente subversión cultural. Más aún, varias veces se trató de cerrar definitivamente a las dos. Por fortuna, sin éxito. Por qué no tomar esta retrospectiva, con obras realizadas entre 1980 y 1990, como una excusa para una reconciliación intelectual con el trabajo serio y brillante de la pintora bumanguesa? Y que sea la magnífica sala del Museo de la Nacional, tal vez la mejor del país, el escenario propicio para inaugurar un acuerdo racional sobre la validez y colombianidad de la pintura de González. Porque lo revelado en esta exposición es en relidad

21 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

González no ha sido nunca una artista muy prolífica, o por lo menos no en el sentido de Botero u Obregón. Esto podría deberse a que para ella la idea generadora, o el impulso cultural, tiene que preceder cualquier otra consideración (es muy raro encontrar en su producción obras intituladas). Y es que las ideas que se le ocurren a González no son oraciones de santo. En consecuencia, lo primero que se nota en esta muestra es que para ella los 80 fueron menos productivos, en cantidad, que períodos anteriores.

Pero no se redujo la calidad de los conceptos y de su ejecución formal. Desde los inicios de su carrera, González quiso representar e interpretar visualmente la cultura subdesarrollada de Colombia. Utilizando por igual la imaginería popular (muebles, objetos) y la historia del arte europeo, González se encargó de transcribir en imágenes la contradicción conceptual ingénita de una nación cultural y políticamente subordinada. Pero su pintura jamás cayó en la trama panfletaria sino que, por medio de un agudo sentido del humor y cierta sorpresa provinciana, más bien se dedicó a refaccionar los nacientes mitos colombianos, producidos por el optimismo del Frente Nacional de los 60: reinas de belleza, Cochise Rodríguez, Paulo VI y la admiración por las obras maestras de la pintura occidental, todo sobre cujas, mesas o bandejas de metal.

Podría sugerirse que Beatriz González maduró artísticamente en los 70 mientras el país lo hacía políticamente. Y una mirada analítica a su obra de los 80 lo confirma. Ya no hay muebles u objetos populares pintados con esmalte barato. O sea, ya no existe esa inocultable burla velada hacia el fenómeno de una cultura popular. Y también han desaparecido las versiones provincianas de obras del arte famosas. O sea que González ya no se maravilla ante la cultura culta . Lo que se ve ahora es una iconografía colombiana poderosa, expandida y popularizada por los fuertes medios de comunicación: ex presidentes de la República, Lucho Herrera, Higuita, narcotraficantes muertos, soldados camuflados.

Estos nuevos mitos colombianos, superestrellas con fanáticos y todo lo demás, se hallan dibujados y pintados con el más desarrollado y sofisticado sentido colorístico que pueda darse en Colombia. Por consiguiente, es justo anotar que los experimentos con cortinas, llantas pintadas y materas y esculturas artesanales no logran jamás el impecable nivel artístico de las pinturas; ellos han perdido actualidad.

Pero el fabuloso amarillo opuesto al morado de una fila de cadáveres (1988), o el delicado aguamarina de un grabado titulado Lapida de El Pedregal (1981), dejarán siempre abierta la puerta al gran talento de esta pintora que, como la Nacional, escudriña críticamente la vida colombiana.

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