TODAVÍA ES 1964

TODAVÍA ES 1964

La importancia de la izquierda y del Partido Comunista en los últimos 50 años de historia no puede medirse por sus fracasos electorales. Tampoco por el inventario de sus errores. Como en casi todas partes hay que reconocerla en el virtual monopolio de la denuncia de lo mucho que de denunciable tienen estas democracias famélicas. También en la decisiva responsabilidad en las luchas sociales y sus conquistas. Y por supuesto en los muertos: los 3.000 de la UP y los que desde antes impuso la criminalización de la protesta.

06 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Gilberto Vieira sobrevivió a su propio partido, el cual no murió de la muerte natural y súbita del Muro de Berlín sino del aislamiento que les impusieron las Farc. Hay un fallecimiento que armoniza mejor en el tiempo: el de Jacobo Arenas. Desde entonces las Farc dejaron de ser comunistas. O al revés: el partido comunista quedó sin opción de liderar políticamente los procesos de la insurgencia armada. Debemos al doctor Gaviria y su olimpo yuppie el que el interrogante sobre lo que habría ocurrido sin el ataque a Casa Verde (no obstante los 3.000 muertos), y el de si la Constituyente hubiese servido para dar a la subversión jurásica ( todavía pensarán lo mismo?) el espacio político que les fue negado a cambio de una paz de utilería para Navarro y sus muchachos, pudiesen ser resueltos.

De modo que con Vieira se acaba un capítulo completo de una izquierda que buscó la revolución por todos los caminos sin encontrar jamás uno. Y se consolida otro que parece estar trazado en círculos: que Tirofijo sea, después de 40 años de comunismo y de guerra, el jefe único de una izquierda que es tan agrarista, conservadora y provinciana como al principio. Uno tiene a veces la impresión de que todavía es 1964 ( qué tiempos aquellos!) y qué bien habríamos podido evitarnos este periplo de sangre.

Pero no es culpa de Tirofijo , claro. O no solo de él. Porque lo jurásico no es la guerrilla sino el país en que ella vive. No es un pecado político mayor el del mimetismo. La responsabilidad mayor es atribuible a los Estatutos de Seguridad, a la violencia contra los de abajo, a que haya el mismo porcentaje de colombianos por debajo de la línea de pobreza que en la década de los setenta, a la doctrina de la seguridad nacional y a la tontería de creer que las tensiones campesinas se convertirían en dinosaurios solo por decretar modernidades artificiales en aranceles, liberaciones financieras, privatizaciones, altas tasas de interés y recortes a la inversión social.

Por eso puede que la paz de Pastrana sea algo más que el embeleco sin partitura que a veces parece ser. Es decir que se haga. Al fin y al cabo, Tirofijo no reclama una república marxista, sino otra vez un problema de gallinas, de tenencia de la tierra, de inversión social, de protección a los raspachines que el país civilizado arrojó a manos del narcotráfico y la guerrilla; de no penalización de la protesta. Algo que podría conceder hasta Pinochet después del presidio o cualquiera de los delirantes fundamentalistas que aconsejan al nuevo Bush.

No hay que preocuparse de que el Gobierno no tenga la dirección del proceso. A lo sumo eso significará retrocesos que la legendaria paciencia de las Farc de todas maneras nos habría impuesto. Y zonas de despeje, y leyes de canje y alguna que otra bisutería. Lo capital es que la guerrilla no pide mucho y el establecimiento se demoró 40 años en conceder las gallinas. Negocio bueno y barato para todo el mundo, menos para los centenares de miles de colombianos que mientras tanto fueron expoliados, torturados, secuestrados, humillados y asesinados.

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