EL LARGO PLAZO

EL LARGO PLAZO

Si hay un rasgo característico del estilo de gobierno del alcalde Peñalosa ese es el de que piensa en grande y a largo plazo. Además, lo hace con audacia y, muchas veces, sin parar en los riesgos de algunas de sus decisiones. Así, con visionaria terquedad, ha movido proyectos como el día sin carro, la reforma del transporte público y el banco de tierras.

10 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Ahora propone una consulta popular para asegurar la continuidad de algunos programas que la administración considera vitales para el futuro de la ciudad, como son Transmilenio, la descontaminación de las quebradas que fluyen al río Bogotá y la restricción del uso de vehículos particulares.

Sin entrar a discutir su viabilidad jurídica o lo cuestionable de amarrar a los próximos alcaldes, lo cierto es que la propuesta refleja una preocupación de fondo. Y es la de resolver la falta de continuidad de proyectos que darían a la ciudad un impulso sostenido. En la ciudad abundan los ejemplos de obras que han quedado inconclusas con el paso de una administración a otra.

Hay un tema que, por su polémico ingrediente ambientalista, debería incluirse en la consulta. Y es el de la expansión de Bogotá, que plantea un dilema sobre si ella atenta contra el medio ambiente, o si el criterio demasiado ambientalista se opone al crecimiento de la capital.

Planeación Distrital asegura que, de hundirse sus planes de expansión de la ciudad unas cuatro mil hectáreas hacia el norte, dos mil hacia el occidente y más de mil hacia el sur , en el 2010 unos 2,5 millones de nuevos habitantes carecerían de albergue. La expansión contempla la construcción de 500 mil viviendas para atender la demanda futura. Por su lado, las autoridades ambientales insisten en que esta propuesta causará un deterioro irremediable al medio ambiente de la Sabana y la conurbación de los municipios aledaños.

Las grandes urbes están reduciendo el crecimiento horizontal. El área urbana de Bogotá duplica o triplica hoy la de ciudades como Londres, Madrid, París o Nueva York. El ordenamiento territorial urbano de la capital debería estar enderezado a un aprovechamiento científico de su inmensa área urbana, antes que a extenderla. La recuperación de zonas deprimidas podría constituir un programa de vivienda mucho más efectivo que el de la expansión propuesta por la actual administración.

Algunos barrios que rodean el centro de la capital, como el Santa Fe, el Samper Mendoza o Los Mártires, se prestan para una ingeniosa remodelación que permitiría levantar allí las 500 mil viviendas. Con la nada despreciable ventaja de que se eliminaría el 90 por ciento de los costos en servicios públicos, cuyas redes ya están trazadas e instaladas. Además, ello permitiría la recuperación económica y urbanística de esas zonas.

No le encontramos sentido a presentar la expansión de Bogotá bajo el prisma engañoso de una polémica entre los planes de progreso de la Administración y un obstinado grupo de ambientalistas que quiere entorpecerlos. La misión de los ambientalistas es, sin discusión, la de preocuparse por la conservación de un medio ambiente que les garantice a las personas un hábitat sano y equilibrado, y la misión de las administraciones debe ser la de adecuar sus programas a las circunstancias. Las actuales no son propicias, ni mucho menos, para un expansionismo horizontal, sino vertical, como se está haciendo en todas las grandes ciudades. El ordenamiento territorial de Bogotá debe efectuarse dentro de su perímetro urbano actual, que ya es bastante amplio. Tragarse la Sabana parece ser más cómodo, pero más costoso y peligroso.

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