EN TIEMPOS DEL TELEBOLITO

EN TIEMPOS DEL TELEBOLITO

En el siglo pasado, los niños de Colombia jugábamos con una máquina llamada Telebolito, una caja misteriosa que se conectaba a la antena del televisor y que gracias a un control se movía una barra en la pantalla y golpeaba una pelotica que, en realidad, era un punto blanco. Todo consistía en no dejarla pasar. Se llamaba tenis y nos parecía una maravilla.

13 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

En ese tiempo, hace apenas 25 años, la palabra computador no remitía a nada, la televisión era en blanco y negro, sin control remoto, y las cartas de amor se mandaban en papelitos y no por Internet.

El Telebolito era la revolución de los juegos, para nosotros que nos divertíamos pateando un balón o jugando a las escondidas. Todos queríamos tener uno en la casa, pero era un privilegio tecnológico.

Yo nunca tuve un Telebolito, pero sí un balón, que más para ese entonces. Cuando empezaba bachillerato, a comienzos de los 80, llegaron otros juegos que dejaron a este aparato convertido en un fósil.

Los nuevo juegos de Atari venían en unas cajas de madera, tamaño gigante o en mesas con vidrio. Tenía colores y diversos movimiento. Entonces, apareció Pac-Man y Marcianitos. Bienvenidos al futuro.

Nos tocaba ir a jugarlos a unos salones pintados de negro, donde instalaban las enormes consolas, cuyos comandos eran unas palancas rojas y azules. Con los compañeros ahorrábamos lo del recreo para jugar, pues para esto los padres no daban ni un peso. Otros amigos empeñaban los anillos de la novia y el álgebra de Baldor. El mayor orgullo era dejar el nombre en el score de la máquina por más tiempo. Nuestra terquedad hacía ricos a los dueños. Así, nos convertimos en las primeras víctimas del capitalismo de la diversión.

A las mamás les parecían perversos estos sitios. Estaban vetados como las salas X y el cigarrillo. Desde entonces, se percibía como una adicción, algo similar a lo que significó Menudo para las niñas de la generación. Para esos años no aparecían en las revistas ni en los diarios sicólogos que advirtieran de este naciente virus, que se nos metió a toda una generación.

Y llegaron nuevos juegos, de naves espaciales, de carros de fórmula 1, de fútbol, y con ellos se iba lo del recreo. Era el apogeo de la diversión electrónica, nos preguntábamos qué más podían inventar y aparecieron juegos hasta en calculadoras. La consola de Nintendo, con Mario Bros, y la de Sega, fue cuento de otra generación.

Ya en la universidad, conocí los computadores a través de los juegos. Las flechas y las letras remplazaron las palancas. Príncipe, un héroe de Persia en busca de su amada, era toda una aventura. En vez de trasnocharnos estudiando explorábamos juegos que se distribuían en disquetes. El CD no estaba ni en feto.

A ratos, me escapaba con lo de los buses a las salas en donde todavía había maquinitas, parecidas a las que frecuentaba en bachillerato. Tenían timones para los carros y había motos con acelerador incluido. Cuando empecé a trabajar, nos volábamos con los compañeros a estos sitios. Ya no teníamos límite para gastar. Jugábamos todo el tiempo del almuerzo, custodiados por las miradas de envidia de los niños de uniforme que apenas se gastaban lo que habían ahorrado del recreo.

Cuando ya me asomo a los 30, no juego fútbol, pero en el apartamento tengo un PlayStation. No tuve que pedírselo a mi madre, pues lo compré con el sueldo. Ventajas de ser grande, pues todavía para lo niños este es un privilegio que solo la billetera de los padres puede conceder.

Ahora, mis primos son los que van a gastarse lo del recreo a las salas de juego. Mis tías los regañan y yo los comprendo, pues todavía mi vida sigue siendo un juego.

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