E S P U M A D E L O S A C O N T E C I M I E N T O S PARTIDO A LA DERIVA

E S P U M A D E L O S A C O N T E C I M I E N T O S PARTIDO A LA DERIVA

En grave error incurrieron las jerarquías del partido liberal colombiano al aplazar la reorganización de sus cuadros para el próximo mes de febrero. Acaso partieran del convencimiento de que la Asamblea Constituyente iría a ser un episodio trivial de la convulsionada historia patria. Habiéndose convenido en la cumbre un temario de cuyo estricto cumplimiento sería responsable la Corte Suprema de Justicia, el papel de aquella novísima corporación, con pocos antecedentes en los recientes anales políticos del país, se reduciría a impartir el pupitrazo ritual a lo acordado en el gran conclave. Bien podrían distraerse los compatriotas con lucubraciones inanes en mesas de trabajo, comisiones y subcomisiones. Oportunidad para lo que, en el lenguaje familiar, se denomina botar corriente , permitiría a los ciudadanos sentir que de verdad estaban participando con sus luces e iniciativas en el diseño de la nueva república.

16 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Como alternativa para la violencia, es de suyo espectáculo atrayente ver a los voceros de todos los grupos, facciones y organizaciones embebidos en reflexionar sobre el destino de Colombia. Aunque sus propuestas se desecharan, sus planteamientos serían conocidos y quizá sopesados por una opinión desprevenida y alerta. Pero, de pronto, el panorama experimentó cambio radical con la sentencia de la Corte Suprema. La Asamblea Constituyente tendría, en virtud del mandato plebiscitario, facultades ilimitadas.

Virtualmente, el partido liberal se había retirado de la política. O había optado, con hastío y desgana, porque la suya se adelantara tan solo en el interior de los poderes públicos. Con este criterio, su dirección se confió a dos de los personajes más agobiados por su oficio. Los presidentes del Senado y de la Cámara de Representantes, a quienes incumbe, en primerísimo lugar, presidir tales corporaciones, velar por su satisfactorio desempeño y distribuir los trabajos en forma que no se frustre, por razón de su multiplicidad, el exigente y complicado estudio de los numerosos proyectos gubernamentales. Ello solo exige consagración de tiempo completo.

Todo el mundo concurre en que el actual es un momento decisivo, excepcional e histórico. Que se va a renovar la fundación del Estado mediante un nuevo pacto social, necesariamente sobre diáfanos principios de equidad, libertad y democracia. Sin hacer tabla rasa de los aportes realizados por sucesivas generaciones, pero consultando las circunstancias y los factores nuevos, en gracia de la convivencia, la seguridad y la dignidad humanas. Harta de barbarie, corrupción e incertidumbre como se halla Colombia, ansiosa de encontrar los caminos del bienestar y del derecho a la vida y de todos los demás que ella implica, trata de reencontrarlos en medio de su decepción por haberlos perdido.

La luz se quiso descubrir en las repetidas consultas plebiscitarias. Ante la imposibilidad de llevar a cabo, en los últimos quince años, las reformas indispensables, se llegó a la fórmula de la Asamblea Constituyente, convocada directamento por el pueblo y facilitada o promovida por el poder público. Como en todos los casos de su género, de su composición dependerá, en grado altísimo, el resultado de sus deliberaciones, su rumbo y contenido.

Pero siendo sus miembros de origen popular y no de nombramiento, habrá que hacer, junto con el acto de la convocación, el de elegir a los setenta delegados por el sistema de listas según el decreto respectivo. Por consiguiente, ir al electorado y movilizarlo, comenzando por reunir dispendiosamente, cada una de las cabezas de dichas listas, diez mil firmas, una vez eliminada por la Corte la caución pecuniaria.

A falta de conducción aglutinante y actuante, en el partido liberal se van abriendo paso, más que el resurgimiento de los matices o tendencias, las listas prácticamente uninominales, aunque no se descarte, por elemental pragmatismo, la formación de bloques entre personalidades y sectores afines. En otras palabras, alianzas electorales, celebradas al margen de la organización del partido.

Por lo que se ve, hasta ahora los mejor preparados para la ocasión son el M-19, la Unión Patriótica, el Movimiento de Salvación Nacional, y, dada su jerarquización rigurosa, probablemente el Partido Social-Conservador. Lo que está bien --y es muy halageño-- dentro del juego democrático. No obstante, por la estabilidad y la orientación del régimen político, cabe volver a preguntar: Dónde están las mayorías populares? Claro que, al presentar este interrogante, se piensa en su perfil liberal y en su capacidad o en su voluntad de supervivencia.

Se aducirá que el jefe nato del partido liberal es el Presidente de la República. Pero su obligación de dar a todos garantías y, además, de adelantar labores de reconciliación, no le van a permitir comandar una campaña electoral, la más importante de la presente centuria. Menos en un gobierno mixto de colaboración.

En tan pocos días como restan para la elección del 9 de diciembre, no se pueden pedir milagros. Pero el partido liberal, en honor a la confianza que en él han venido depositando las masas populares, debiera contar con una dirección fuerte, prestigiosa y capaz, no sumergida en las absorbentes tareas legislativas, ni con las limitaciones de los hombres del Gobierno. A dotarlo de esa guía imprescindible debiera procederse cuanto antes, sobre la marcha. Adviértase que la campaña se ha iniciado con la recolección de las diez mil firmas por lista o por candidato y que la estructura organizacional del partido mucho podría ayudar para escoger a sus personeros, con la misma diligencia de otros partidos o grupos.

Se alegará, igualmente, que con los bloques o movimientos autónomos de filiación liberal, el partido que se supone de Gobierno podría ahorrarse el esfuerzo de participar como tal en los comicios venideros. Semejante posibilidad, ya en vía de realizarse, no excusaría, sin embargo, su ausencia en una jornada de tanta trascendencia. Adicionalmente, correría el riesgo de interpretarse como gesto de indiferencia o de disentimiento ante la perspectiva de una Asamblea Constituyente libre y soberana o frente a las decisiones plebiscitarias.

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