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EL EXTRAÑO CASO DEL DR. MENDOZA Y EL SR. ABELLO

EL EXTRAÑO CASO DEL DR. MENDOZA Y EL SR. ABELLO

Aparte de una gran fortuna, fui dotado además de excelentes formas, inclinado por naturaleza a la industria, conocedor del respeto a los sabios y bueno entre mis compañeros y por lo tanto, como me lo suponía, con todas las garantías para vivir un futuro honorable y distinguido. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde Robert Louis Stevenson.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de diciembre 2000 , 12:00 a. m.

Su historia empieza como todas las historias trágicas: el protagonista no escoge su destino.

Nació con una extraña bienaventuranza. Se le bautizó con el nombre de Jorge Enrique Abello, pero en círculos íntimos fue conocido también como el Dr. Jekyll. Sus padres, ajenos a las consecuencias que su educación podría causarle, le pusieron entre manos historias de dibujos animados que incluían a personajes viajeros como Tintin o Asterix, y lo llevaron a cine para que se divirtiera con aventuras traídas de los cabellos como La guerra de las galaxias o Indiana Jones. Además, en largas noches de lectura, fueron fomentando en el aún niño la pasión por la literatura. Los libros de Borges terminaron por formarle, o alienarle, el cerebro.

Abello o Jekyll leyó hasta quemarse las pestañas y se propuso ser bombero, piloto, corresponsal de guerra, boxeador, cada cosa que leía. Pero el orden de la vida le negó las posibilidades de ser cualquiera de aquellos. Optó por el periodismo y la literatura para desfogar su espíritu aventurero. Tampoco le bastó. El camino lo encontró en la actuación. Como en un laboratorio, comenzó a explorar pócimas para crear personajes.

Le obsesionaban una palabra y un sueño: la palabra era alteridad (ser otro y ser uno al mismo tiempo), y el sueño era viajar en el tiempo y el espacio convertido en otro ser. La actuación le permitió ambas. Enloquecido por ella, el hombre cotidiano probó pócimas y personajes, hasta que un día encontró la receta perfecta y bestial que lo retrataba en su más oscura realidad. Su personaje se llamó Armando Mendoza, aunque fue más conocido en círculos cerrados como Mr. Hyde.

El monstruo, porque era un absoluto monstruo que daba alaridos en ambientes normales, se parecía físicamente a él. A diferencia del actor real, era explosivo. No controlaba sus emociones y jamás se había enfrentado a la derrota en el amor. Al inicio, pasó desapercibido. Pero pasado el tiempo, fue robándole las energías a Abello Jekyll , hasta que el actor, en un momento dado, gritó su angustia: Quién es el sueño de quién?, se preguntó. Jekyll piensa que sueña a Hyde y Hyde piensa a la inversa. Esas son las consecuencias de mi pócima .

Parecía perdido. Los mundos paralelos de ambos se estrecharon y su comunión se hizo más íntima. Y en medio del creador y el engendro, el ser humano aparecía por momentos. Pero solo cuando estoy tan cansado que la comida se me cae del tenedor , reveló una vez, según testigos.

Abello o Jekyll se esforzó por construir un personaje tenebroso y temible. Mendoza o Hyde aprendió a ser, pronto, un ogro desalmado. Testimonios de vecinos de Abello anotan que alguna vez dijo: todos los monstruos anhelan ser seres humanos. Lo mismo le pasa a Armando Mendoza. Su educación no le permitió sentir y sólo le dio parámetros para actuar en la vida. Y los monstruos no piensan: sienten .

Encerrados en ese laberinto el actor que quiere sentir y el monstruo que no puede pensar ambos se enfrentan día y noche. Se ven al espejo y a veces ya no reconocen quién es quién. Su único futuro es claro. Abello Jekyll debe matar al monstruo. Mendoza Hyde debe triunfar dentro de su bestialidad.

Abello tiene la fórmula: que Mendoza escoja el camino de la sensibilidad, revierta la doble moral que lo posee y que confíe en su corazón para salvarse. Pero Abello sabe, fuera o dentro de la literatura, fuera y dentro de la imaginación, que quedará solo cuando su creación muera. Y que de nuevo tendrá que inventarse un personaje, monstruo a ángel, para poder seguir sintiendo y viajando en el tiempo. Ese es su trágico, pero apasionante destino.

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