EL ESPÍRITU DE LA NUEVA CONSTITUCIÓN

EL ESPÍRITU DE LA NUEVA CONSTITUCIÓN

Cada momento histórico tiene su momento constitucional. Por ello, la primera reflexión que debemos hacernos, al intentar expedir una nueva Constitución, es sobre el espíritu que debe tener el nuevo ordenamiento, de tal manera que logre reflejar el anhelo colectivo de la nación en esta precisa época. Estas ideas-fuerza de la nueva Constitución son las que permitirán que ella se convierta en un verdadero Contrato social entre todos los colombianos. El interrogante del espíritu constitucional lo resumió Núñez cuando habló de regeneración o catástrofe y lo sintetizó magistralmente López Pumarejo, al presentar su reforma, como una propuesta para iniciar una revolución en marcha . Cuál es nuestro momento constitucional? El momento de escoger entre la violencia o la democracia. La nueva Constitución debe constituirse en una codificación que refleje la voluntad de convivencia democrática que anima hoy a todos los colombianos, voluntad seriamente trastornada por el vertiginoso progreso

21 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Para conseguirlo, debemos definir aquellas normas constitucionales que nos permitirán restablecer y fortalecer el consenso como principio de relación social y, simultáneamente, asegurar el regreso de la fuerza legítima como instrumento de cohesión ciudadana. La meta de la convivencia nos obliga a pensar en una propuesta con dos estrategias, una persuasiva de reintegración social mediante el fortalecimiento de los espacios y oportunidades de participación, y otra, disuasiva, que garantice para el Estado la posibilidad de mantener el orden a partir del fortalecimiento del trípode que integran la seguridad, la defensa y la justicia.

El pluralismo y el fortalecimiento del Estado se convierten de esta manera en los dos imperativos del nuevo proyecto constitucional. De nuestra capacidad para reflejar este doble anhelo en la nueva Constitución depende, a su turno, la posibilidad de superar la crisis de legitimidad que es característica consustancial del desarrollo institucional de nuestra época. La crisis de legitimidad está expresada en el escaso soporte popular de nuestras instituciones, especialmente de las instituciones representativas que son las que, paradójicamente, por su misma naturaleza, deberían tener un mayor soporte de los ciudadanos que las eligen.

La recuperación de la credibilidad se convierte así en la única posibilidad de superar el síndrome de la legitimidad recortada que caracteriza nuestro medio institucional. Sin conseguirlo, la tarea de restarle piso político a la violencia armada y combatir la delincuencia organizada, se hace prácticamente imposible.

La meta del pluralismo plantea la necesidad de encontrar una expresión institucional a un sinnúmero de fuerzas de distinto orden y naturaleza que no se sienten representadas en el viejo ordenamiento constitucional. Parte importante del problema de la violencia se explica, precisamente, en la ausencia de canales de legitimación de las reclamaciones de cambio de una gran cantidad de agentes sociales y económicos que, ante la imposibilidad de tramitar sus aspiraciones por las vías democráticas, han terminado por recurrir a la violencia armada, a la abstención, a la protesta social para hacerse sentir.

De lo que se trata en la nueva Constitución, entonces, es de encontrar espacios de participación para estos protagonistas, de tal manera que, definidas unas alternativas para su participación, el empeño de los violentos por mantenerse en el camino equivocado quede desvirtuado por el rechazo ciudadano. La búsqueda del pluralismo incluye la definición de unos nuevos conceptos en materia de propiedad que recojan el concepto de formas solidarias y comunitarias de propiedad social o compartida, a través de instrumentos comunitarios como cooperativas, fondos, asociaciones de productores.

Finalmente está la necesidad de fortalecer el Estado. Para que en los términos de Montesquieu, El poder frente al poder se requiere consolidar el Estado, devolverle el monopolio de la fuerza legítima, la que se ejerce a través de una justicia eficaz, ante un congreso restituido en su función fiscalizadora y a partir de una noción de seguridad nacional que no puede reducirse, decimonónicamente, al mantenimiento de las fronteras.

Lo que los colombianos del momento quieren no es otra reforma constitucional sino una nueva Constitución. Una Constitución que los interprete, que les permita conseguir su máximo anhelo: volver a vivir en paz. Para conseguirlo, no sirven los catálogos de normas indiscriminados, tampoco los maquillajes de ocasión en una especie de operación limpieza de anacronismos constitucionales: lo que se precisa es sentarse, con calma, a pensar en el espíritu de una nueva Carta que responda, fidedignamente, a una razón histórica, a un destino de cambio colectivo. De la posibilidad que tenga el gobierno del presidente Gaviria, del cual formo parte, y los constituyentes de cumplir con ese compromiso depende que el presente siglo termine en paz o termine en guerra.

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