LA JUVENTUD ANTE LA CULTURA DE LA VIOLENCIA

LA JUVENTUD ANTE LA CULTURA DE LA VIOLENCIA

Una lectura parcial de lo que sucede en el mundo contemporáneo puede derivar a la conclusión de que la juventud actual protagoniza mayor número de episodios de violencia que en el pasado. Es eso cierto, o se está demonizando en exceso a los jóvenes?

15 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

A menudo olvidamos que la cultura de la violencia impregna todas las esferas de la actividad humana: la política, la religión, el arte, el deporte, la economía, la ideología, la ciencia, la educación... incluso lo simbólico, y que normalmente no han sido los jóvenes quienes han diseñado o perpetuado estos tipos de violencia, especialmente la estructural, de la que la juventud es una de sus primeras víctimas.

En cualquier caso, parece evidente que una parte importante de la juventud está manifestando con claridad, y a veces violentamente, su rechazo a un modelo de organización social y política que excluye o margina a los más jóvenes.

Cómo actuar, pues, ante este estado de cosas? Desde la educación para la paz se ha dicho siempre, y con razón, que hemos de educar a los jóvenes para la disidencia, la indignación, la desobediencia responsable, la elección con conocimiento y la crítica, es decir, para salir de las propuestas de alienación cultural y política.

Desde la Unesco, además, hemos señalado que educar significa dotar al individuo de la autonomía suficiente para que pueda razonar y decidir con toda libertad.

Significa proporcionar los criterios que nos permitan defender nuestras diferencias y divergencias sin violencia, fomentar la capacidad de apreciar el valor de la libertad y las aptitudes que permitan responder a sus retos. Lo que supone preparar a los jóvenes para que sepan manejar situaciones difíciles e inciertas, prepararlos para la responsabilidad individual, que ha de estar ligada al reconocimiento del valor del compromiso cívico.

La educación para la paz, por tanto, ha de ser una esfuerzo capaz de contrarrestar las tendencias destructivas que existen en nuestra sociedad y de consolidar una nueva manera de ver, entender y vivir el mundo, empezando por el propio ser y continuando con los demás, horizontalmente, formando red, dando confianza, seguridad y autoridad a las personas y a las sociedades. Intercambiándose mutuamente, superando desconfianzas, ayudando a movilizarlas y a superar sus diferencias, asomándolas a la realidad del mundo para alcanzar una perspectiva global que después pueda ser compartida por el mayor número posible de personas.

El reto de la educación y de la cultura de paz, por tanto, es el de dar responsabilidad a las personas para hacerlas protagonistas de su propia historia, y con instrumentos de transformación que no impliquen la destrucción u opresión ajena, y no transmitir intransigencia, odio y exclusión.

Una de las herencias de la cultura de la violencia generada a lo largo de milenios, y agravada en las últimas décadas por los medios de comunicación, es la glorificación de una mística de la masculinidad que está asociada al uso de la violencia y la fuerza.

La terapia para superar esta mística pasa, en primer lugar, por moderar los valores de dureza, dominio, represión y competitividad, realzando en cambio los de la cooperación y responsabilidad social, y en socializar a los hombres (corresponsabilizarlos) en la práctica del cuidado, empezando por sus propios hijos, porque la participación de los padres en la crianza es un freno en el uso de la violencia, primero en ellos mismos, y después en sus hijos.

Se trata en definitiva de introducir la expresión del cariño y la ternura en la vida de los hombres, de que no repriman la empatía, para así aumentar su responsabilidad sobre el costo humano y social de sus actos, tanto en la vida familiar como en la política.

Terminar con la vinculación entre masculinidad y violencia es, por tanto, una estrategia de paz para la juventud.

Hace ya unos cuantos años, el pedagogo Bruno Bettelheim señalaba que la violencia es el comportamiento de alguien incapaz de imaginar otra solución a un problema que lo atormenta.

A menos que creamos en la determinación biológica de la maldad humana, hemos de convenir que la violencia humana, ya sea aislada o en brotes epidémicos, tiene mucho que ver con esa falta de educación y entrenamiento para manejarse en los inevitables conflictos que todo individuo ha de tener durante su existencia, y en imaginar salidas positivas para dichos conflictos.

No hay violencia gratuita si previamente no ha existido frustración, miedo, mal trato, desamor o desamparo en la persona que la protagoniza. Demos visibilidad, por tanto, a los factores que generan ese malestar entre muchos jóvenes, y vayamos a las raíces más profundas de sus inquietudes y problemas.

Sólo así podremos educar a las nuevas generaciones para que puedan enfrentarse a las violencias que genera nuestra sociedad y sepan abordar los conflictos de forma positiva, sin añadirle más violencia.

*Titular de la Cátedra Unesco sobre Paz y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Barcelona y director de la Escuela de Cultura de Paz.

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