CONTRA EL AUTOMÓVIL

CONTRA EL AUTOMÓVIL

15 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Y uno se sienta a escribir y dice que estemos o no de acuerdo con la tirria que les tiene el Alcalde a los automóviles debemos reconocer que el día de la restricción de los particulares introdujo un elemento irracional que le hacía falta a esta ciudad tan loca para serlo del todo, que le encantaron, el cachaco con su paraguas sentado en una zorra, digno y sonriente con alegre resignación y la cabalgata por la carrera séptima, que le devolvió un olor del siglo diecisiete y le dio un aspecto irreal; que por más que conoce los poderes destructores del deporte para la salud y la inteligencia, le gustaron los ciclistas y los patinadores vestidos de mariposas trasladando el domingo de tiempo y la calma relativa y el azul relativo del cielo, y que lástima los estridentes taxis amarillos y las ballenas humeantes de los buses llenas de carteristas y corderos dormidos y las motos haciendo retemblar los vidrios con sus resonadores; que se debería pensar en un día de reposo absoluto para el motor de explosión, que nos acostumbramos a las cosas sin percatarnos de sus poderes ocultos, que encendemos el bombillo con un click inconsciente sin pensar que expulsamos la noche e imponemos la luz a las tinieblas contra su voluntad y el televisor sin darnos cuenta de que cambiamos ensueños por fantasmagorías, que las tecnologías, los sistemas de grabación, radiodifusión, televisión y telefonía y hasta la magia negra del revólver, esa herramienta vil y productora de nulidades, tan opuesta al violín, no son más que los empeños realizados del chamán por romper el tiempo, la distancia, el espacio y el olvido; que el automóvil, gemelo áptero del avión, agujero rodante, es uno de los inventos más decisivos en los grandes cambios de la modernidad, que al transformar las ciudades peripatéticas en autopistas acabó con la camaradería en los trenes y los tranvías y con la moda del uso de los pies y cambió la cara del mundo por un enredo de cicatrices de alquitrán, que nos parasita, que más exigente y menos agradecido que la mascota ni siquiera finge amarnos, que los higienistas saben hace tiempos cómo contribuye al estreñimiento contemporáneo, las enfermedades circulatorias, los síncopes y la obesidad con sus secuelas, sin contar los ciudadanos que asesina por año, más que la cocaína, la heroína o el cigarrillo y su incidencia en el efecto invernadero, en la herida de la capa de ozono, las toneladas de humos deletéreos, plomo, arsénico y sulfúrico que deposita en el aire y el río de sus excretas gruesas, y el montón de grasa que arrancamos al pobre suelo que nos soporta para mantener en movimiento esta bestia que hace pausas de libélula en las flores inodoras de los semáforos y abre la boca en las estaciones de servicio y a la que prestamos conciencia y ojos para que pueda desplazarse de un modo más o menos razonable; que el automóvil, en fin, nos ha hecho más solos, huraños, egoístas e infelices, que muchos aman más su automóvil que su mujer, que aquellos que somos poseídos por uno e ignoramos los secretos de la divina chispa y la circulación de los gases por su alma, tarde o temprano acabamos confesándonos con los mecánicos, que son los sacerdotes de su rito aceitoso, que para Mac Luhan las herramientas son prolongaciones del cuerpo y para Rousseau concesiones con sus vicios, que el revólver es un monumento a la cobardía y el automóvil, tributo a la pereza, por una paradoja de estirpe eleática hace las ciudades más lentas, pues no por mucho madrugar amanece más temprano, ni por mucho correr llegamos siempre a donde nos conviene y entonces, uno se acuerda del lugar donde vive y se le desinfla la alegría como un neumático y no sabe qué hacer con las palabras y solo se le ocurre decir: Mierda! Qué han hecho con mi pobre país. No disparen más, que ya está bastante herido.

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