BUSCANDO A MARÍA LUISA LANDÍN

BUSCANDO A MARÍA LUISA LANDÍN

Religiosamente, a las siete en punto, todas las noches de lunes a sábado abrían las puertas los prostíbulos de la zona de tolerancia en Cali. Se encendían las luces intermitentes de neón y los bombillos rojos y comenzaba la música estridente de ritmos, que acompasaban de inmediato deseos ocultos de cuerpos empapados en sudor y la tristeza quedaba guardaba en los oscuros rincones del olvido. Por aquella época de los tenebrosos años 50, la zona de tolerancia permitía a los caleños escapar, momentáneamente de la otra noche que había invadido a Cali: la noche de los carros fantasmas, manejados por lospájarosi que sigilosos con sus armas listas buscaban con toda calma el corazón de cualquier víctima inocente. Noches de miedo colectivo, noches de muerte a destiempo. En cambio, aquel perímetro de perversión carnal, con sus olores a riegos de hierbas de la buena suerte y creolina, se convertía con su bullicio en verdadera zona de tolerancia para la diversidad étnica y social que la frecuentaba

10 de septiembre 2000 , 12:00 a.m.

Nuestra generación, lo confieso públicamente, debe a la zona de tolerancia no solo el aprendizaje de los secretos y pasiones del cuerpo, sino también otras enseñanzas que aún siguen acompañando las huellas de la vida. En sus diversos establecimientos, presenciamos de muchachos verdaderos duelos de bailarines de los barrios populares, con parejas de prostitutas que además de ofrecer sus cuerpos al mejor postor, eran gozonas bailadoras, en noble competencia por dominar los diversos ritmos del momento: guarachas, sones, fox, pasodobles, tangos, boleros. En el Tabaré, cuna y origen de bailarines y salsa caleña, nosotros aprendimos a bailar. En otros sitios emergió el llamado bolero caleño, mezcla de fox, pasodoble y pases de tango. En aquellos lúgubres lugares de mujeres pintarrajeadas, aparece como signo y movimiento, la gestualidad rítmica del cuerpo que expresa la emoción del sentido de la música y explaya por doquier la lluvia del frenesí bailador caleño.

En el bar Fantasio, cuya dueña era una negra de labios carnosos y senos fenomenales, hipnotizados por los colores envolventes de la rockola, aprendimos de memoria el catálogo de lenguas que devienen del bolero como profunda catarsis amorosa: desde la declaración de amor eterno al otro hasta la doliente elaboración del duelo frente a la separación o el abandono, pasando por el puente de amargas incertidumbres y el fervor de la dicha y de la idealización, la veneración y el desprecio, la humillación y la venganza. En Fantasio, de brazo de la gris soledad, aprendimos ante al endiablado girar del acetato, en la voz de María Luisa Landín, bolerista mexicana, lo que sería para la vida el sentimiento de aquel discurso que sostiene el devenir de las batallas del amor. En su voz de timbre maravilloso interpretando boleros de Pedro Flores, Consuelo Velásquez, Rafael Hernández, Federico Baena y Miguel A. Balladares, en su despliegue textual siempre nos sentimos reflejados y representados, confortados y amparados en carne y espíritu, simbólicamente en nuestra angustia y alegría de pobres enamorados.

El bolero con sus letras, a veces cursis, nos hizo vivir las diversas y complejas instancias del amor: Yo sé que es imposible nuestro amor porque el destino manda, y tú sabrás un día perdonar esta verdad amarga, verdad que coloca al enamorado al borde del suicidio, cortándose las venas frente al espejo; Cuando un amor se va que desesperación, cuando un cariño vuela nada consuela mi corazón, la despedida que deja el vacío como cueva de gusanos vengativos, por la despedida que nunca tendrá regreso; Mi último refugio pensé que fueras tú y fue mi gran fracaso poner mi fe en tu amor, vana ilusión que apenas fue una flor de desesperanza; Nuevamente vendrás hacia mí, yo... yo lo aseguro cuando nadie se acuerde de ti tú volverás, seguridad del amante que piensa, iluso que él es el único y definitivo gran amor del otro; Si tu supieras que me parte el alma el pensar que pronto te veré partir, si comprendieras lo que estoy sufriendo porque sé que tengo que dejarte partir, sabor a ausencia que tiene como anuncio los vientos fugitivos; no estoy herido; y, por mi madre, que no te aborrezco ni guardo rencor, el amor perdido en el juego del azar amoroso, que cuando se pierde deja en la boca del amante la apariencia de una supuesta victoria.

María Luisa Landín, con el respaldo de magníficas orquestas entre ellas la de Rafael Paz y la de Rafael Hernández, llegó a convertirse en símbolo del bolero en Latinoamérica y superó en ventas de discos a todas sus contemporáneas, como Toña la Negra y María Victoria. En una de las visitas que hizo a Colombia, cometió un segundo matrimonio con un desconocido poeta barranquillero: Juan Eugenio Cañavera, matrimonio que duró poco tiempo, luego embarcó la existencia hacia un tercero. En los años sesenta, su voz del alma se perdió en los misterios de un inmenso escenario y dejó un gran vacío en nosotros tan profundo, que aún seguimos metiendo la mano en él para buscar imborrables recuerdos.

María Luisa Landín si vive, el próximo mes de octubre cumplirá ochenta años, muy dedicados a develar y descifrar los amasijos del amor. La imagino sentada en silla de mimbre, con vestido largo y negro, cubierto de lentejuelas, abanicándose, pidiéndole en susurros a la muchacha de compañía que le coloque en el equipo de sonido, uno a uno los boleros que la hicieron famosa y ella, en murmullos cadenciosos los deletrea, siguiendo su ritmo como si fueran una sola canción. Cuando escucha Canción del alma, detiene la respiración, suspira largo: No sé cómo he podido estar tanto tiempo lejos de ti, no sé cómo he podido esperar y saber resistir. Yo vivo, y tú lo sabes, desesperado y triste y, desde que te fuiste no sé lo que es vivir, cierra los ojos como cortando el silencio y entonces duerme plácidamente. Hoy, la antigua zona de tolerancia en Cali está convertida en inmensa hoya urbana que se deshace con las palmas del tiempo y la sobrevivencia feroz de sus habitantes aparece día a día con el brillo del cuchillo que preciso desangra el corazón ajeno.

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