HERNÁNDEZ MODELO XXI

HERNÁNDEZ MODELO XXI

En el almacén Ideal, la caja registradora no entrega vueltas sino cash. Tiene las teclas marcadas en centavos de dólar y una campanita suena cada vez que se abre, luego de darle manivela.

19 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Allí, el fuerte de las ventas lo tienen los calzoncillos tipo trusa en franela hasta el tobillo. Modelos exclusivos para abuelitos friolentos. En ese almacén, la ropa interior masculina más arrojada son los vulgares bóxers: los de tela de funda de almohada, colores pastel, broche y botón.

En el Ideal no pasa el tiempo. El fabricante de corbatines, con cinta o caucho, el señor León, es el mismo de hace 50 años. Al fin y al cabo el dueño del almacén, don Eduardo Páez, tiene casi 80 años. Lo que se vende allí no se exhibe, Clara Inés lo saca de las cajas organizadas en estantes de madera y se lo muestra al interesado, con sacudida de la prenda y todo.

El Ideal es uno de los almacenes del Pasaje Hernández, una reliquia de corte republicano que comunica la carrera 8a. con calles 11 y 12. Fue inaugurado con toda la pompa de la época en 1918 y ahora está siendo adecuado por la Corporación La Candelaria desde finales del año pasado.

La idea es hacer recuperación del espacio público de pasaje sin intervenir ni el inmueble ni los locales. Solo el piso. Se quiere rescatar y embellecer la piedra original que estaba debajo de diferentes tipos de baldosas colocadas con el correr de los años. Los trabajos finalizarían antes de julio.

Película en sepia En 1918 se ofrecía en el Hernández lo más exclusivo en moda y joyas europeas y se tomaba el té a las 3 p.m. mientras los transeúntes miraban maravillados los tres pisos del edificio, coronados por estatuas de los dioses Minerva y Mercurio. Hasta hace menos de 10 años, a la primera le sobrevivía la nariz.

Importantes abogados cachacos eran la envidia de sus amistades en los años 20 porque lograron hacerse a una oficina en sus aireados pasillos.

Y así, como si fuera el Unicentro de los años 20, lo recuerda don Nicanor Porras ( su sastre de confianza , como dice en la tarjeta de presentación). De hecho, trabaja como si estuviera en aquella época: hace vestidos completos a mano. Tiene una máquina de coser de pedal, pero no le gustan esas modernidades. Además, los trajes cosidos puntada a puntada con aguja y dedal -asegura- duran más.

Lo que pasa es que a él todo le dura. Como sus figurines de 1940, una plancha de las que se ponían en ladrillo con la que todavía aplana los cuellos y un maniquí de tela donde pone los sacos recién terminados. Su local está en el segundo piso.

El tiempo parece suspendido entre el sastre y sus regletas de madera. Entre el local y el balcón ovalado que mira a edificios con cornisas tan grandes que alcanzan a servir de materas o escaños para palomas. Parece un pedazo de La Habana.

Tiene su encanto Vicente Rodríguez, propietario del Almacén Ruth dice que estar en el Hernández es un vicio, como el que se casa... hasta que la muerte lo separe . El, oriundo de Tocancipá, se viste de traje completo con chaleco. Usa gomina. Vende bastones, pantuflas para hombre y camisas Magestic, como las que usa Alejo Durán, el de la telenovela. De hecho, en varios almacenes del pasaje se surtió parte del vestuario.

Hace 45 años, cuenta Rodríguez, los almacenes eran de algunos judíos. Luego se fueron retirando. Pero de todas maneras, en el pasado no era fácil hacerse a un local allí. Tocaba dar prima y comprar la mercancía . Obviamente nadie es propietario. Todos son arrendatarios porque el Hernández es Monumento Nacional.

Esa categoría, además, no permite que los locales tengan colgado ningún aviso. El tipógrafo Alberto Hernández lo tiene encima del mostrador.

Desde hace más de 20 años Hernández hace tarjetas y comenta que ese tiempo lo único que ha cambiado en el pasaje es el gusto del cliente. Antes, las tarjetas de matrimonio eran más complicadas de imprimir porque por un lado invitaban los padres de la novia y, por el otro, los padres del novio... Ahora ni se casan! .

El encanto del pasaje se nota no solo en la gente que allí vende. También en los compradores y en la forma de negociar. Una abuelita llega al almacén Ruth pidiendo pantuflas número 36. La acompaña su esposo. Rodríguez le dice que las pantuflas que vende no tienen número sino letras.

Cómo hacemos?- pregunta ella-. Es que si me da un 35 me sobrarán los dedos . Por eso replica Rodríguez mientras le pasa unos zapaticos rosados con relleno de espuma talla M y le dice que valen 12.000 pesos.

Ponga un papel y meta la pata , interviene el abuelito, apurando a su esposa. Ella lo hace y sonríe, luego pregunta si el precio es fijo. En el almacén no hay medidores ni espejo para pies. La mercancía se alcanza subiéndose a una escalera.

Ella mira las pantuflas desde arriba y asiente. Por eso pide la caja, pone 10.000 pesos, el abuelito completa con 2.000 más y Rodríguez los despide con un siempre a la orden . Eso difícilmente se va a ver en algún centro comercial actual. Se ve todos los días en el Hernández.

R.M.P.J.

FOTO EL PASAJE TIENE sobrados encantos. Por algo es Monumento Nacional desde la década de los 70. Estilo Republicano suspendido en la zona histórica de la capital.

Fotos Gerardo Chávez/EL TIEMPO

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