RECUERDO DE JORGE ELÍAS TRIANA

RECUERDO DE JORGE ELÍAS TRIANA

De bajo perfil, siempre aparecía en fiestas, carnavales, eventos culturales y todo lo que oliera a pueblo, con cara de curioso infantil, sonrisa amable, actitud tolerante, muchas veces con su flauta bajo el brazo, como quien no quiere la cosa, para tocarla en el momento oportuno, cuando hubieran pasado los momentos de éxtasis y oropel. Quiso ser músico, pero cuando se dio cuenta que no pasaría de ser un buen intérprete y nada más, conservó su gusto por la flauta y se entregó a la pintura. Entre otras cosas, porque era un cuestionador insaciable y prefería andar por ahí, como pedro por su casa, antes que frecuentar los grandes salones de políticos e intelectuales de páginas sociales.

19 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Se evidenciaba a golpe de vista su carácter, temperamento y aire campechano y bonachón. Destilaba la sencillez de que tanto hablaba Azorín y tenía la sabiduría suficiente y necesaria para pintar y plantar flores en su finca Los sueños, de Tocancipá, o sentarse a charlar horas con un labriego, de tú a tú, interesado en lo que le decían, mientras escuchaba a Bach, o prestar atención a un acartonado crítico de arte o a un ministro, mientras disfrutaba de un magnífico tamal de los de su tierra, Tolima.

Hiperactivo, era de esos tipos que si no tiene algo que hacer, se lo inventa, pero jamás se le veía quietico. Ora le daba por enseñar a sus nietos pequeños cómo mezclar acuarelas, o se ponía a rediseñar las casas donde vivía, levantando y tumbando paredes todo el tiempo, obsesionado por el sueño de las formas, enamorado de los espacios, atrapado por la luz y lo pragmático como parte de la calidad de vida. No tenía pose alguna, porque sabía que la existencia era mucho más que eso o que salir en los periódicos. El arte lo ejercía, vivía e interpretaba, como una necesidad de expresión y una forma de acercarse más al corazón de las gentes sencillas que tanto gustaba visitar.

Transparencia Pero tal vez lo que todos más recordamos es su sentido del humor y ese aire de adolescente eterno que siempre reflejaba, como calco de su temperamento. Recuerdo que hace cosa de catorce años fui a entrevistarlo a su apartamento de Chapinero Alto, en Bogotá. Estaba sin afeitar desde hacía tres días, inmerso en unos trabajos que expondría en breve, las manos manchadas de materiales propios de su labor, el pelo despeinado. Hablamos largo y cuando fue el momento me fui, no sin advertirle que regresaría en media hora con el fotógrafo. Para abreviar, al regresar estaba con traje dominguero, recién bañado, afeitado, las uñas arregladas y con cara iluminada de quien va a ser retratado para el álbum familiar.

Otra anécdota la recuerda Germán Uribe. Dice que él de joven, siendo alumno del Colegio de San Simón, en Ibagué, andaba lelo porque acababa de leer unas páginas de Shakespeare y llevaba un tomo del escritor inglés bajo el brazo, fanfarroneando de su descubrimiento en cafés, casas, calles, cine, teatro, colegio, en todas partes. Tras semanas de andar alardeando, Jorge Elías Triana, en tono paternal le dio una lección que lo mantiene despierto hasta hoy: Querido Germán , le dijo mirando con detenimiento el bendito libraco de Shakespeare bajo el sobaco del petrimetre, preócupate más por leerlo que por cargarlo .

Clan artístico Estuvo casado con Aurora Varón, de quien tuvo al director de cine y de teatro Jorge Alí Triana, a la folkloróloga Gloria Triana y a la pedagoga Amparo Triana, quienes le dieron por nietos a Rodrigo, director de cine y televisión; Juan Sebastián Aragón, actor de teatro y televisión, Natalia Zuleta, estudiante de cine en Londres y Verónica Triana, escritora y estudiante de literatura. Tuvo el maestro Triana otro hijo en México, David, quien a su vez le dio un nieto, Jorge, también pintor.

Hace doce años contrajo nupcias con la anticuaria, galerista, diplomática e intelectual, María del Socorro Pinzón. Decidieron residir en Cartagena, donde el maestro no tuvo un día de descanso recorriendo rincón a rincón la ciudad, detallando piedra por piedra, integrándose a la urbe y a sus gentes. Sus mejores amigos eran los emboladores, vendedores de periódico, vendedoras de arepai ehuevo o de frutas. Con ellos pasaba horas escudriñando los secretos hondos de la vida y evitando los rasguños superficiales de la veleidad.

A todas partes donde iba dejaba muchos amigos. Jorge Alí evoca que era imposible caminar con él porque cada cinco metros encontraba alguien con quién quedarse hablando rato . María del Socorro recuerda su ternura, sus emociones cada tarde que subía a las murallas a ver el ocaso, la limpieza como untaba los óleos en sus pinceles de pelo de marta y con razón los amigos le decían que no se ganó el cielo siendo su compañera, sino que lo vivió a su lado.

Libre Todo lo anterior, que retrata su aspecto humano, se ve en su obra, en sus paisajes, plazas de pueblo, cargadores, negros, aguadoras, toda una clase social popular que aprendió a querer y respetar cuando estudió muralismo en México y tuvo de maestro a Diego Rivera, Por supuesto, hay mucho de autobiográfico en su obra, no sólo autorretratos, también retratos de sus hijos, algunos nietos y uno de los más recientes, Doble retrato, de 1.75 x 1.75, donde se pintó con María del Socorro. Al terminarlo dijo: Ahí están los Triana y los Pinzón, los mismos facinerosos que vinieron con Colón y se encontraron 500 años después .

En cuanto a su formación, se basó en lo académico fue profesor y rector de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional-, pero tuvo siempre su rumbo propio no sólo por el tratamiento de sus temas, sino también por los espacios y ambientes muy libres, de luz y colores ocres, que le daban un sello unipersonal de artista comprometido con su sensibilidad. Con nada más.

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