LAS DOS CARETAS

LAS DOS CARETAS

Si algo hay que reconocerles a las Farc, es su sorprendente habilidad. Maestras en el arte ladino de la emboscada, lo son también en el más astuto aun del disfraz. Y tal como se disuelven en el claroscuro de la selva para asestar desde ahí un golpe letal, cambian, casi literalmente, de piel y de actitud, cuando se aventuran por esa otra selva que nosotros llamamos civilización.

20 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Con un alto nivel histriónico, son expertas en engatusar a los gobiernos y a la que uno juzgaría la parte mejor informada y más consciente de la opinión. Hay que ver lo ejemplar que fue su conducta durante el eurotour . En ese periplo lleno de brindis y de zalemas; de punzantes saudades del Frente Nacional y de acongojadas explosiones de sensibilidad por las víctimas inocentes del terrorismo en Madrid o San Sebastián, los ásperos comandantes de las Farc se portaron como finos caballeros dignos de ornamentar las memorias solares de Saint-Simon o las narraciones decadentes de Marcel Proust. De severo terno oscuro y discreta corbata de parecido color, para nada desentonaban con el decorado renacentista de las estancias pontificias o con la fachada neoclásica del Palais Borbon. Quien los hubiera visto caminando apaciblemente por la Piazza Navona o por los anchos bulevares de París, en nada los habría distinguido de los convencionales usuarios de la guía Michelin. Ese, pues, comedido y cortés, suele ser su comportamiento cuando están en el exterior.

Pero en Colombia las cosas son a otro cantar. Una vez aquí se despojan del barniz de concordia, de tolerancia y de comprensión y vuelven a ser los feroces e inclementes verdugos de su pueblo o los iracundos apologistas de la mortandad. Luz de la calle y oscuridad de la casa , se acostumbra decir de quienes son pulidos y atentos en la oficina, en las reuniones sociales o en el café, pero que se transforman en unas fieras cuando llegan al hogar y ahí levantan a gritos o a palos a la prole y a la mujer. Las Farc siguen ese patrón dual.

Usando una referencia menos parroquial, se diría que en la guerrilla se repite el espeluznante fenómeno del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Hay unas Farc doctor Jekyll que son el epítome de la cortesía, la diplomacia y la compasión, y unas Farc Mr. Hyde que matan, destruyen poblaciones, secuestran y exilian a las gentes de bien y usan a los niños como carne de cañón. La del doctor Jekill es la máscara que las Farc se ponen cuando quieren ser vistas y oídas fuera del país. En cambio, lo que conocemos acá es el rostro feo, homicida, violento y contrahecho de Mr. Hyde.

Esa insidiosa dualidad se ha trasladado al Caguán. A los emisarios que admiten allá, todos ellos indefectiblemente prósperos y poderosos, las Farc les extienden el meloso tapete de la condescendencia y se pone para recibirlos la careta de la cordialidad. El Marulanda que ven es un abuelito bonachón y patriarcal. Con él solo se habla de paz y de la obligación patriótica de darle al pueblo colombiano oportunidades y ocupación. Nada más confiable que esa revolución, que conversa de igual a igual con los cacaos y con los enviados de Wall Street. Aterrorizados por una situación que no supieron afrontar a tiempo con generosidad y decisión y resueltos a comprar, por lo menos, su seguro de vida personal, los magnates regresan de allá totalmente estocolmizados y persuadidos de que, al fin!, le han visto el rostro humano a Marx. El doctor Jekyll los ha hecho caer bajo su hechizo falaz.

Para el resto de los colombianos, en cambio, no hay asados o palmaditas en la espalda ni el enternecedor intercambio de cachuchas y de navajitas que difunde, exultante, la televisión. Terror, explosión, bala, fuego, secuestros e intimidación es el lote que en esta desigual ecuación de la paz, le toca a Malambo, a El Bordo, a Santa Cecilia, a los pobladores de Medellín, a los reclutas inermes emboscados en Silvania, a Pacheco, a Pacho Santos, a la Chiva Cortés, a miles de secuestrados más y a la diáspora amarga que se escapa, desesperanzada, del país. Para ellos, las Farc son Mr. Hyde.

Claro que la guerrilla no es la única que utiliza el truco del desdoblamiento de la personalidad. Carlos Castaño se ha vuelto un experto en él. El fino y compuesto interlocutor de Darío Arizmendi, que se echó al bolsillo a la opinión con su dialéctica y su candor, es la antítesis del genocida de Mapiripán. Quien lo mira desde su casa, acomodado en un sillón, queda cautivado por el oscuro torrente de su sinceridad. Sin embargo, otra cosa es lo que piensan quienes han visto pasar por los poblados a los mortíferos agentes de su rencor.

Por eso no les falta razón a los ciudadanos que, atónitos, se preguntan hoy con quién se está hablando de paz. Si con el urbano doctor Jekyll o con el pavoroso Mr. Hyde.

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