MANOS CRIOLLAS, EN LOS VIOLINES DEL MUNDO

MANOS CRIOLLAS, EN LOS VIOLINES DEL MUNDO

Las gruesas manos de Carlos Arcieri Ripoll se deslizan con presteza sobre el delicado cuerpo de madera finamente tallada. Ajustan clavijas, revisan el mástil, tensan cuerdas y finalmente posan el violín sobre la superficie del escritorio.

21 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Es un poco extraño ver a un hombre de corpulencia como la suya centrando sus 90 kilos de peso en la pulida de una pequeña pieza de madera que debe quedar perfecta para emitir las tonalidades más bellas.

Pero lleva en ello 36 años, desde que se radicó en Nueva York con la ilusión de hacerse pintor. Fue gracias a Rembert Wurlitzer, uno de los propietarios de la famosa marca de pianos y violines, que Arcieri se aficionó al arte de la luthería o la reparación y construcción de instrumentos sinfónicos de cuerda.

En los talleres de la Wurlitzer, Arcieri se hizo discípulo del maestro Simone Sacconi, considerado el mejor luthier del siglo pasado. Entonces, el joven barranquillero, recién graduado en bellas artes en la Universidad del Atlántico, dejó momentáneamente los pinceles para dedicarse de lleno al mundo de los instrumentos de cuerda, en el que ahora es una autoridad y uno de los mejores luthieres del mundo.

Por sus manos han pasado los violines de artistas tan famosos como Szymon Golberg, Tossy Spivakovsky, Joseph Fusch, Nathan Milstein, Zara Nelsova y Pinchas Zucherman. Y de orquestas como las sinfónicas de Nueva York, Berlín e Israel. Una de las piezas que más recuerda fue el legendario violín Stradivarius Hellier, que a su propietario, un coleccionista asiático, le costo la bobadita de cinco millones de dólares (unos 10 mil millones de pesos).

Arcieri estuvo hace algunos días en Bogotá, dictando un taller sobre la reparación de estos instrumentos, invitado por la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Aunque su agenda y la dirección de la Orquesta Filarmónica, donde dictó su taller, estuvieron repletas, sacó un espacio para hablar con EL TIEMPO sobre el bello arte de la luthería.

Cuál es el encanto de la luthería como para que haya cambiado la pintura por ella? Es un oficio místico, de una dedicación absoluta y de una precisión infinita. Es casi mágico recorrer las entrañas de un instrumento para hacer que su sonido sea perfecto.

Cómo logró convertirse en uno de los mejores luthieres del mundo? Por supuesto, a base de trabajo. Y del prestigio que me han otorgado cientos de clientes satisfechos. Eso es lo que ha construido mi tradición en este arte.

Entonces, es el instrumento o el cliente lo más difícil de su trabajo? La paciencia es una de las cualidades que debe tener un luthier. Porque es muy complicado satisfacer a un cliente que conoce como nadie a su instrumento. Entonces, cuando uno se lo entrega tiene que sonarle como a él le gusta. Esa es la parte más complicada. Por eso hay que tener en cuenta que el músico es el que le da valor al instrumento.

Algún recuerdo especial de los grandes violinistas que han pasado por su taller? Recuerdo una escena muy peculiar que sucedió en mi taller. Szymon Golberg y Tossy Spivakovsky eran dos violinistas que incluso antes de la Segunda Guerra Mundial eran considerados unos niños genios en este instrumento. Los dos sabían que el otro existía, pero nunca se había visto, hasta que se encontraron en mi taller. Ya tenían como 60 años y pasaron cerca de dos horas hablando entre sí, y se olvidaron por completo que yo existía y a qué habían ido a verme.

Con tanto cliente, le queda tiempo para fabricar sus propios instrumentos? Sí. Aunque es muy poco realmente, porque es una labor que se realiza como algo adicional al trabajo diario de reparar o hacerle mantenimiento a los instrumentos que me llevan. Una restauración de un violín puede durar hasta dos años. Sin embargo, hay que sacarle tiempo a la fabricación, y mis instrumentos gozan de buena reputación en el mercado.

Luego de la consagración lograda, qué sigue en la carrera del luthier Carlos Arcieri? La pintura definitivamente. A pesar de que este oficio deja muy poco tiempo libre, saco tiempo para pintar y dentro de poco pienso jubilarme. Así que deseo regresar a mi tierra, a Barranquilla, que es mi medio y donde me gustaría desarrollar mi deseo de pintar. Claro que es muy probable que cuando lo haga monte un pequeño taller de luthería, pero ahora esta última será la actividad adicional.

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