LA GUERRA DESDE EL SILLÓN

LA GUERRA DESDE EL SILLÓN

La guerra como espectáculo. Como experiencia compartida. Como fascinación morbosa o escapismo colectivo. Todas estas sensaciones las vivimos con la confrontación en el Golfo Pérsico, bautizada ya como la primera gran batalla electrónica de la Historia. Y no solo por la sofisticación tecnológica que estrenaron E.U. y sus aliados en la ofensiva aérea sobre Iraq, sino también por el papel desempeñado por ese protagonista de primera línea, que mete las imágenes del frente de batalla en la intimidad de los hogares: la televisión.

20 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Nunca antes, como ahora, había participado el mundo en una guerra de manera tan colectiva y simultánea. Ya en el Vietnam la televisión había jugado un rol importante, que influyó sobre el curso mismo del conflicto. Al poner al gran público norteamericano en contacto directo con los horrores de la guerra; mostrando cómo sus muchachos caían como moscas en los arrozales de un lejano país asiático, la TV se convirtió en decisivo estímulo para el movimiento pacifista que aceleró el retiro de las tropas de E. U. Hoy la participación del público es mucho más masiva, directa y planetaria. Gracias al progreso en los satélites de comunicación, y a cadenas de TV como la CNN, que transmite 24 horas al día de pura información a 60 millones de televidentes en el mundo entero (ver informe especial en la sección Panorama de esta edición).

No es gratuito, pues, que esta guerra en vivo y en directo haya producido tan singular sentimiento de concomitancia entre la gente; de estar viviendo todos al tiempo un acontecimiento histórico.

La noche que estalló el conflicto quedó poca gente en las calles de Bogotá. Nadie quería perderse el inicio de la guerra más anunciada de la Historia. Pero no necesariamente la más corta: va a resultar más complicada de lo que se pensó en la euforia de los bombardeos iniciales. Guerra sobre la cual cada quién --celadores de edificio o gerentes de banco-- tiene alguna opinión o comentario. Unos la siguen por la radio, otros por TV Cable. Pero todos se muestran pendientes de un conflicto que se desarrolla a miles de kilómetros de su propia y convulsionada realidad. La aldea global , en la que según Marshall McLuhan se ha transformado un mundo cada vez más intercomunicado por medios electrónicos como la TV, vibra hoy al ritmo de los bombardeos en el Golfo Pér-[qm]sico. Y sin entrar en especulaciones sociológicas, sí impresiona la extraña fascinación que, a las puertas del año dos mil, aún ejercen las guerras sobre el ser humano. En eso, seguimos siendo una aldea primitiva. Por más global, electrónica e intercomunicada que sea. McLuhan sostenía que E. U. había perdido en Vietnam sobre todo por la televisión, que había convertido la guerra en algo demasiado cercano. La TV --decía-- vuelve la guerra insoportable. Las personas se sienten implicadas: ya no son simples espectadores, sino participantes. Más de quince años después, la realidad es otra. La gente se ha acostumbrado a ver, en vivo y en directo, guerras, terremotos y tragedias de toda índole. La pregunta es si esto ha insensibilizado o concientizado al público; si transmisiones como la actual sobre el Golfo terminan por trivializar la guerra, o por anestesiar a la gente acerca de sus horrores. No creo. Pese a que Fidel Castro y otros dirigentes lo han criticado por parecerse a la transmisión de un partido de fútbol, un cubrimiento periodístico como el que estamos observando no puede sino volver a la gente más consciente e informada de lo que sucede. Aunque produzca cierto remordimiento estar viendo cómo caen las bombas sobre Bagdad, o sobre Tel Aviv, desde un cómodo sillón de la sala . Difícil imaginar una reportería televisiva más completa que la que realiza CNN en sus 24 horas non-stop. Tanto para Bush como para Hussein esta cadena resulta un vital canal de información. Los informes iniciales de sus tres enviados en Bagdad, que anunciaron el comienzo de la guerra media hora antes de que lo hiciera la Casa Blanca, transmitiendo en medio del bombardeo de los aviones de su país, fue un ejemplo de consagración profesional. En beneficio de un mundo ansioso de saber lo que ocurría.

Eso de ver y escuchar al mayor israelí mostrando desde Tel Aviv los restos de misil poco después de que estallara sobre su ciudad; a los pilotos sauditas comentando el ataque aéreo que acababan de realizar; a los periodistas colocándose frenéticamente sus máscaras de gas; la vertiginosa sucesión de imágenes como éstas, en el mismo instante en que se están produciendo los hechos, eso es lo que da la sensación de una experiencia compartida. A distancia, claro. Y desde la tranquila seguridad del hogar. Pero no por eso menos aleccionadora.

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