DIÁLOGO BAJO EL FUEGO

DIÁLOGO BAJO EL FUEGO

Entréguense o ténganse de atrás porque lo que les viene encima no es nada bueno. Solo queremos los fierros (fusiles) o si no, vamos a hacer chicharrón de policía , decía la voz de un guerrillero en medio del cruce de disparos, la madrugada del pasado martes 15 de enero. Enseguida del asediado cuartel de Policía, Carmela Guerra de Caleño, con ocho meses y medio de embarazo y esposa de uno de los agentes que combatía al centenar de hombres de las Farc que atacaban Roncesvalles (Tolima), gritaba a su marido:

20 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Cuidadito. No les haga caso. No se vaya a entregar y cuide mucho su arma .

Los guerrilleros, hasta con megáfonos, insistían, al tiempo que con granadas e infinidad de disparos hacían estremecer la frágil fortaleza de la autoridad: ustedes son apenas celadores de ganaderos. Para qué se van a hacer matar .

La confrontación desde un principio fue demasiado desigual. De un lado, 13 agentes, que luego del duro trajín diario, dormían. En el otro bando, 110 guerrilleros apertrechados con granadas, dinamita y fusiles R-15, Galil y Fal.

Además, contaban con otros aliados: la oscuridad, la sorpresa y el tranquilo sueño de los agentes en un municipio donde en los últimos 36 meses no se presentaba asalto alguno de la insurgencia.

El tranquilo sueño de los uniformados era vigilado por su compañero Luis Fernando Caleño, 27 años, 1.55 de estatura, quien protegido con guantes y pasamontañas, para hacerle el quite al frío, fue sorprendido de pronto por un nutrido fuego de fusilería. El recuerda así los hechos: Eran las 3:40 de la madrugada. Estaba en la trinchera del cuartel, una vieja edificación de bahareque, cuando escuché descargas de fusiles de diferentes calibres. Rápidamente desperté a mis compañeros, nos distribuimos en las trincheras y los túneles y empezamos a hacerles frente .

Yo me quedé todo el tiempo en la trinchera, en la calle, porque ese era mi puesto. Mi mujer que vive en la casa de enseguida, a ocho metros de distancia, ya se había despertado. Apenas oyó a los guerrilleros que nos decían que nos entregáramos, ella empezó a alentarnos. A veces ella gritaba más que los guerrilleros: Mijo, no se vaya a entregar recuerda Carmela que le decía a su esposo , déles duro y cuide su arma porque eso es lo más importante .

Así, a las 3:45, en la fría madrugada de ese martes, muy cerca al Páramo de Las Hermosas, se iniciaba un diálogo entre el fuego. Los guerrilleros descargaban con furia sus ráfagas, mientras lanzaban una y otra amenaza. Los agentes respondían inspirados con el aliento de Carmela.

Guerrilleros: si no se rinden se les va a caer la casa encima. Solo queremos los fierros .

Carmela: no se deje matar ni vaya a perder su arma. Cuide sus espaldas y ni pensar en que se entregue .

Policías: den la cara y vengan por nosotros. No se escondan detrás de los árboles y si son tan machos vengan y nos sacan .

El tiempo pasaba. Los guerrilleros estaban seguros de que no podrían llegar refuerzos porque habían instalado dos retenes en las vías que comunican a Roncesvalles con Ibagué.

Sinembargo, Odilio, el comandante de los frentes XXI y XXV de las Farc, viendo que la resistencia de los agentes se multiplicaba, decidió atacar otros frentes antes de que amaneciera y dejó treinta hombres encargados de arrasar a como diera lugar con el cuartel de Policía.

Entonces otros guerrilleros atacaron con dinamita la alcaldía, el juzgado y la sede de la Caja Agraria, mientras que el fuego contra la vieja casa de bahareque, donde estaban atrincherados los policías, continuaba. El agente Caleño, en su trinchera, era sacudido por las granadas que estallaban muy cerca.

Entre tanto, las vecinas del inquilinato donde viven Carmela y su esposo, intentaban infructuosamente hacerla callar: hágalo por el hijo que va a tener. Quédese quieta .

Carmela no obedecía. La explosión de las granadas contra el cuartel hacían saltar las trancas de la puerta y ella sin pensarlo dos veces corría a cerrarla.

Ellas me cogían pero yo me soltaba y les decía que si lo iban a matar a él era mejor morir todos. No me daba miedo y si hubiera encontrado un arma ahí la hubiera utilizado para ayudarle a defenderse .

Carmela estuvo a punto de quedarse viuda a las seis de la mañana. Un disparo de fusil destrozó el pasamontañas del agente Caleño y cruzó por entre su cuero cabelludo. Sentí el roce del disparo sobre mi cabeza pero no le paré bolas. Más tarde sentí que se me nublaba la vista y cuando me quité el pasamontañas me toque la cabeza y con el guante me di cuenta que estaba herido. La sangre manaba abundantemente .

Carmela observó cuando su marido, sangrante, continuaba disparando. Cuando lo ví herido en la cabeza me llené de coraje y le grité: mijo, haga lo posible, no se deje matar, luche hasta lo último... piense que estoy embarazada .

El fuego de la guerrilla de pronto se silenció. Tres helicópteros del Ejército y la Policía llegaron con refuerzos. Los insurgentes se internaron en la montaña y los agentes por fin tuvieron respiro.

De inmediato, Carmela y Luis Fernando se confundieron en un abrazo. El fuego había terminado. Entonces ellos sigueron su diálogo, ya no con palabras. Ambos, abrazados, lloraron largo rato... Les dije que era el lechero del pueblo Durante el asalto a Roncesvalles el cabo segundo Carlos Téllez también vivió su propia experiencia: se hizo pasar por lechero, la guerrilla le robó su moto y llegó al pueblo en un caballo prestado para cumplirle a sus hombres. El es comandante del puesto de Policía.

Carlos Arturo cuenta a los lectores de EL TIEMPO la que para él es una experiencia que jamás podrá borrar de su memoria: A las 4 de la madrugada me golpearon en la pieza yo me había quedado en Ibagué porqué asistí a una reunión de orden público y me dijeron: usted es el comandante de Roncesvalles?; se la están tomando los guerrilleros .

Lo único que pensé fue en salir. Conocemos la estrategia de los guerrilleros de hacerle emboscadas a los refuerzos. Por eso me fui solo porque sabía que a esa hora los comandantes no iban a mandar ayuda por tierra. Entonces me puse una camiseta, lo que pude, y me fui en mi moto: el tacómetro indicaba 100 kilómetros...

Cuando subía a la población vi un reguero de piedra en la vía y me ví obligado a parar: era un retén de los guerrilleros guardado por seis hombres armados y por lo menos veinte custodiando los alrededores.

Para dónde va? , me preguntaron; les respondí que para Roncesavelles, que yo era el lechero de la región; pero esa moto es conocida , me dijo uno de ellos . Claro les respondí ha trajinado mucho en la región en la lechería.

No llevaba documentos ni armas y me despeluqué bien para que no vieran el corte de policía. Me quitaron la moto y me dejaron seguir. Luego dejaron pasar también a un camión advirtiéndole que no fuera a pasar por el pueblo. Yo me le colgué, pero a cinco kilómetros del pueblo había otro retén que estaba esperando los refuerzos de la Policía para emboscarlos.

Nos bajaron a todos y nos requisaron. Entonces me bajé y dijeron pase . El camión pasó muy despacio. Más adelante, cuando el camión siguió por la carretera central, yo me bajé y cogí un caballo que estaba pastando en una de las fincas.

Al llegar al pueblo escuché la balacera y algunas explosiones. Eran las 5:30 de la madrugada y como yo conozco me metí por entre unas casas y llegué a los túneles que hay en la parte de atrás del puesto.

Cogí mi fusil y algo le alcancé a ayudar a los muchachos hasta cuando llegaron los helicópteros .

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.