LITERATURA DE GUERRA

LITERATURA DE GUERRA

Inquietamente apoltronados frente al televisor --como lo describe un reciente editorial de EL TIEMPO--, y al lado de un transistor para escuchar las impresiones en vivo de los corresponsales de guerra, ciertamente no puede negarse que, gracias a la inmediatez noticiosa de los medios, el conflicto bélico con Iraq se desarrolla bajo las expectativas de cualquier espectáculo de masas, y con un interés tan ávido que --por más de estar en plena era de las comunicaciones-- no deja de ser morboso. Para complementar el plan, conviene rodearse de buenos libros, a manera de arsenal bibliográfico sobre literatura de guerra. Para el caso recomiendo 1999: Victoria sin guerra, de Richard Nixon, pues éste es el ex presidente más importante que tiene Estados Unidos. No solo por ser una figura intelectualmente activa y brillante, sino porque sus textos políticos están llenos de sabiduría, recogida sin duda en virtud de una experiencia cargada de obstáculos políticos. Por eso, cuando uno se pone a in

20 de enero 1991 , 12:00 a.m.

El planteamiento más reiterado del penúltimo libro de Nixon es aquel en que el autor realza la importancia del papel internacional de los Estados Unidos frente a la paz y la libertad mundiales. Leyéndolo, uno podría sospechar que este acentuado pronorteamericanismo es el producto típico de una mentalidad colonialista, con mayores veras cuando considera que el orgullo de su pueblo difícilmente puede provenir del hecho de evadir la refriega, sino de hallarse en medio de ella, donde esté, luchando por nuestros principios, nuestros intereses y nuestros amigos .

Si Estados Unidos no logra hacer frente a sus responsabilidades globales, Occidente perderá, señala Nixon en tono de sentencia. Obviamente ello depende del prisma con que se miren las distintas situaciones. Nixon advierte que, para fortalecer la seguridad y la confianza no solo entre sus compatriotas sino entre sus aliados, a EE.UU. le falta realizar, aún, otras cuantas misiones militares que tengan éxito, a manera de la invasión de la isla de Granada y la incursión aérea en Libia, que diluyeron casi por completo las constantes amenazas de Gadaffi. No cita el ex presidente el ejemplo de la reciente invasión a Panamá, porque su libro fue escrito antes de este hecho. Sinembargo, esa distorsión es la que los dirigentes gringos no debieran cultivar públicamente, porque ello tiende a desdibujar en algunas mentes la razón de ser del conflicto con Irak y su indispensable presencia en el Golfo.

En efecto, dice Nixon, no precisamente sobre esta guerra, aunque sus palabras caen como anillo al dedo ante la actual coyuntura: Nosotros también debemos buscar la victoria sin guerra. Pero buscamos una clase distinta de victoria. No la victoria sobre otra nación u otro pueblo, sino la victoria de la idea de la libertad sobre la idea de la dictadura totalitaria, que niega la libertad. Buscamos la victoria del derecho de todos los pueblos a ser libres de la represión política . Dictadura. Represión. Miseria. Consuelo. Invasión. Palabras que servirían de explicación anticipada para justificar, ahora, la guerra contra las locuras de Hussein...

Pero si es cierto que esa recuperación del orgullo nacional de los norteamericanos --que con las acciones de Bush se ha acrecentado-- surge del hecho de involucrarse activa y exitosamente en la refriega --como expresa Nixon--, para alcanzar en 1999 la victoria sin guerra, tan ardorosa y sólida defensa de la libertad encuentra reparos y tropiezos si de pronto uno topa con un libro como el del ex canciller panameño Jorge Eduardo Ritter -- Los secretos de la Nunciatura , que es el relato del drama y la comedia de un país permanentemente invadido (para salvarlo, claro, de las hordas del mal, que en esta ocasión encarnaba Noriega). Ritter advierte que su propósito no es defender las ejecutorias de Noriega, sino demostrar dos hechos contundentes: el abismo que existe entre Torrijos y Manuel Antonio Noriega ( La historia de Panamá no la divide Noriega. En todo caso, lo que debe marcar un hito entre una época y otra es Omar Torrijos. No Noriega .) y las tragicómicas intrigas que ha vivido Panamá desde su separación de Colombia en 1903, debido a la dependencia política respecto de EE. UU.

Por eso, en materia de literatura de guerra, para entender a Nixon y tomar con beneficio de inventario algunos de sus presagios y de sus recomendaciones, sugiero la lectura paralela del libro de Ritter, como contraste, cuyos originales --al parecer-- cayeron previamente en manos de García Márquez, para bien de la buena prosa. Así el lector podrá compaginar sus sentimientos encontrados frente al papel internacional de los EE. UU. sin tragar entero, formándose un criterio equilibrado y certero en relación con lo que constituyen las diversas manifestaciones norteamericanas de intervención militar. Las buenas y las malas.

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