EL PERDÓN PONTIFICIO

EL PERDÓN PONTIFICIO

Cuando un historiador británico requirió permiso para consultar los archivos del Vaticano en procura de documentación para una historia del pontificado a fines del siglo XIX, halló cerrada oposición cardenalicia. Se consideraba peligroso penetrar en temas sensibles que podrían revelar períodos oscuros de la Iglesia. El caso llegó a conocimiento de Pío X, quien de inmediato concedió la autorización con un argumento por demás plausible: si la Iglesia Católica ha superado períodos penumbrosos y fallas humanas de quienes han ocupado el solio de San Pedro y sigue agrupando millones de fieles en el mundo entero, está demostrando su grandeza y el origen divino de su fe cristiana.

24 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

La declaración pública de arrepentimiento hecha con humilde grandeza por el Papa Juan Pablo II, y la solicitud de perdón por los errores cometidos a lo largo de dos mil años por la Iglesia que gobierna, siguen el criterio expresado por su antecesor. Errare humanum est confiesa la misma Iglesia. Y los sumos pontífices son hombres y, como tales, pueden equivocarse. Aceptarlo y proclamar una realidad histórica bien conocida es noble, generoso y valiente.

Por otra parte, las jerarquías eclesiásticas están conformadas por miles de seres humanos. Los errores cometidos por la inquisición, la conquista de América formidable acto guerrero en el que la cruz y la espada se entremezclaron con actos de inaudita crueldad , la época penumbrosa de los Borgia, el Estado Vaticano convertido en potencia militar en el siglo XVI, con el Papa Julio II en papel de general empeñado en la unificación italiana, la venta de indulgencias que en buena medida originó la escisión protestante, acumulan una serie impresionante de equivocaciones que la historia ha recogido y que sería improcedente desconocer.

La pregunta que se formulan muchos fieles católicos es: admitiendo todo lo acontecido, reconocerlo públicamente y pedir perdón no será contrario a la salud de la Iglesia actual? Y como corolario: no hubiera sido preferible dejarlo sepultado bajo el polvo del olvido? El perdón es esencia del cristianismo. El breve itinerario de Jesús sobre la Tierra recoge ese vocablo y su profundo sentido. Quizá la más bella parábola entre las muchas que salieron de sus labios llevaron en su profundidad el sentido del perdón. La plegaria enseñada por El y recitada a diario por millones de fieles en el mundo entero, implora perdón por el pecado y se compromete a perdonar en la oración del Padre Nuestro, rezada también en las misas en todo el orbe.

En esta forma, lo que ha hecho Juan Pablo II, líder de dimensión universal, es la interpretación exacta de ese trasfondo de la filosofía cristiana. No es fácil para el ser humano reconocer errores. Menos aún hacerlo públicamente y, quizá lo más difícil, perdonar ofensas y cicatrizar heridas. El proceder del más alto jerarca religioso del mundo actual es el más elocuente ejemplo y la más viva lección de esa enseñanza que hace dos mil años salió del corazón de Jesucristo ante la pecadora arrepentida, al sanar a los leprosos de sus lacras o al devolver la luz a los ojos de los ciegos que se lo imploraban.

La verdad no hace daño a nadie. Por doloroso que resulte su afloramiento a la luz pública, es preferible a la mentira, al silencio cómplice, o a su ocultación. Las consecuencias de un error pueden enmendarse con el reconocimiento de que se ha cometido. Las de una mentira culpable seguirán gravitando sobre la conciencia y oscureciendo la vida de quienes la pronuncian, sobre todo si con ella se ha causado perjuicio a otros.

La vanidad, el amor propio, la soberbia, dificultan la aceptación del error y su enmienda. Se prefiere muchas veces persistir en una conducta equivocada que dar valerosamente marcha atrás. Así se llega al abismo. Ahora, que el reconocimiento público de yerros pasados y la humilde solicitud de perdón hayan sido convenientes u oportunos, en mi sentir personal sí lo fueron. El año 2000 se declara de jubileo, de alegría, de reconciliación por la Iglesia. Que sea de perdón es consustancial a su filosofía. La fe católica se fortifica. Los tremendos conflictos de nuestro tiempo reciben una desconocida claridad. Y quienes la profesamos hallamos consecuencia entre su filosofía profunda y el proceder de uno de los más grandes pontífices de nuestra Iglesia

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