CORRIDA DE RETALIACIÓN

CORRIDA DE RETALIACIÓN

26 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Domingo En lugar del toro por el túnel vienen arrastrando el cuerpo de un hombre. Lo tiran de los pies los soldados que cumplen la función de mulillas. Al paso por la escalera, cuando golpea el cemento de los peldaños, la cabeza suena como tambor envuelto en toallas. El tasajeador acaba de izar el primer toro. Los belfos sangrantes del animal barren el suelo. El cuerpo se mece entre el chirrido que producen el intento de giro de las cadenas que atan las patas de la bestia al cabrestante y el rumor lejano que llega de los tendidos. Bajo el toro que izaron, yace otro, de cuyas heridas brota vaho. Sobre el cemento, aposentada, espesándose, menos roja que negra, la sangre de los animales tapiza el corredor por el que los soldados llegan aportando la encendida y brillante que dejan tras sí los cadáveres arrastrados por el patio. Pablo no quiere mirar, pero ve. Ahora son cuatro soldados; antes fueron dos, o tres o cinco, llevando de pies y brazos el cuerpo de otro hombre cuyo rastro sangriento se confunde con el de los toros y se mezcla con boñiga de mulas y caballos. Convertido en péndulo, el animal muestra, oculta y descubre el corredor. Con el portalón de cuadrillas cerrado, no se mira la arena brillante del ruedo. Tras el ruido, llegó el silencio. Ya tampoco se escucha el tropel despavorido sobre el cielo de graderías. A la derecha del túnel o corredor de cuadrillas, está la enfermería, o La clínica , como le dicen algunos: dos sablones embaldosados en blanco. En el primero, autoclaves, vitrinas, lavabo, y en el de más allá, el quirófano. Frente, en el costado izquierdo, el oratorio: un espacio reducido; tres bancas, otros tantos reclinatorios, un altar, y muchas, muchísimas imágenes frente a las cuales permanecen encendidas las veladoras. Y abriendo una puerta lateral, la Sala de Matadores, llena de muebles viejos: poltronas, sofás, canapés que nadie usa, salvo cuando es necesario remendar las taleguillas que el cuerno del toro desgarró. Pablo no mira el túnel por donde vienen los soldados arrastrando su carga, ni a la enfermería donde llevan desmadejados algunos que gritan o se quejan. No mira a ninguna parte. Trabaja. Hunde el cuchillo, vence la resistencia del cuero. La hoja penetra; rasga, pero detiene su viaje antes del lugar exacto: alguien le ha puesto con violencia una mano en el hombro. La mano calza guante blanco.

mejor se va yendo! dice el enguantado.

Pablo lo mira. Es joven. Viste traje azul, como de bachiller de institución jesuítica, camisa con cuello y corbata oscura.

terminar mi trabajo, explica Pablo sabiendo ya quién es, porque únicamente un policía al que le ordenan vestir de civil, se pone un traje como ese para ir a corrida.

a tasajear el primero y mataron tres.

se larga! insiste el del guante blanco . Yo se lo estoy ordenando.

Los soldados tiran al camión otro cuerpo.

bien dice Pablo . Me largo si me trae la orden de mi superior.

el del guante a otro que también lo lleva . Este dice que trabaja aquí.

El tasajeador mira hacia todos lados. No hay ningún oficial. Solo civiles. Y reclutas.

oyó! Quítese de ahí! ordena el que llamaron capitán.

Un soldado está arrancándole el reloj de la muñeca a uno de los cuerpos apilados en el camión. Deben ser más de una docena.

de aquí! ordena el oficial . Y andando Señala el ruedo iluminado, porque ahora la puerta de cuadrillas está abierta. Pablo obedece. Penetra al túnel. Camina hacia la arena. Había logrado presenciar la faena del primer toro desde el callejón: cornigacho y fácil por la derecha. Por lo menos fue eso lo que dijeron los cuadrilleros. La plaza, repleta, aulló de contento cuando el animal salió buscando enemigos y enceguecido por el sol embistió contra el tablado y los capotes que le mostraban desde los burladeros. El torero lo recibió sin fijeza. No va a hacer nada comentó un monosabio , estos cabrones españoles no más ven un toro sin afeitar y se cagan de miedo . Los dos pases siguientes fueron como de mal novillero. Nada tampoco en banderillas. El toro salió de las picas con fuerza y el matador, que brindó a la plaza, lo recibió con derechazos que la galería jaloneó.

ciegos, ciegos anotó alguien . Parece que nunca hubieran visto torear a nadie.

A las tres había sol, pero luego del paseíllo, al cielo le dio por aborregarse. El viento sopló y sus ráfagas dificultaron tanto la lidia, que el matador de turno hizo mojar el trapo de la muleta para aumentar su peso. Iba el torero a buscar la igualada, cuando un policía se le puso enfrente a Pablo: despejando que despeje? Fuera! permiso había insistido Pablo, con mucho respeto y tratando de ver sobre el hombro del agente, el volapié. Nunca en treinta y tantos años alguien había intentado sacarlo del callejón antes de ver la muerte del segundo.

de aquí! es que yo...

Sólo personal autorizado.

Aceptó la orden y esperó en su puesto. Estoconazo , pensó oyendo el ronquido de la multitud y un aguacero de aplausos. Cuando llegó el animal supo que no se había equivocado. Le faltaba una oreja. Estaban colocándole las cadenas para izarlo y prepararlo para el destaje, cuando con estallido de motores entraron al patio los primeros jeeps espantando los caballos. Detrás llegaron dos carros artillados y un par de camiones. Ya otro toro estaba en la arena y desde el patio se escuchaban las ovaciones a la faena de capote. Como el olor de la sangre puso nerviosos los caballos y ni los picadores ni los monosabios lograban obligarlos a salir los empujó de las grupas, como era costumbre, pero ayudado por auxiliares que no había conocido en treinta años de oficio: soldados en traje de batalla, con el fusil al hombro. Ya regresaban al patio los caballos, cuando la plaza cambió y en lugar del zumbido plácido que antecede y sigue a la dedicatoria de la muerte, se escuchó una gritería distinta: no la protesta indignada y burlona que persigue al torero que se espanta, ni la que censura faenas. Sonaba a bronca: rabiosa y como en retintín y poco taurina. Después hubo algo así como un silencio; en seguida, gritos, voces desorden, escándalo y un retumbar en la graderías como de rebaño en desbandada.

carajos está pasando? armó la del putas adentro! La tropa, dividiéndose, se desplegó en ataque: fusiles tendidos. Una escuadra por el túnel; la otra bajo la arcada de graderías. La gente del callejón corriendo en dirección opuesta, matando gente! gritó uno mío, ya mataron a dos, y siguen! otro.

Y entonces Pablo, contradiciendo sesenta y tantos años de prudencia, emprendió carrera tras de los uniformados para mirar lo que estaba pasando. En los tendidos, grandes grupos de espectadores trataban de buscar las puertas, perseguidos y aplastados por la desbandada multitudinaria. En la zona de las barreras y contrabarreras, en lugar de uno persiguiendo a cien, eran diez que golpeaban a uno. O cien, golpeando a diez: nudos oscuros en el océano de las graderías, como los que forma en el acuario la voracidad de los peces sobre una morona. Indiferentes a todo, los monosabios ataban el cadáver del tercer toro a las mulillas. Pablo retrocedió al lugar de su oficio: al lado del animal izado. Mientras buscaba el cuchillo y antes de que lo encontrara, pasaron soldados arrastrando de las piernas dos cuerpos. El segundo le pareció alguien conocido. Un tipo de alguna porra: vestía camisa roja y llevaba clavel en el ojal.

Más uniformados, como agua que rompe una represa, invadieron el patio. Martilleaban sus armas; ponían casquillo en la recámara; alistaban cintas para las ametralladoras y los únicos enemigos parecían ser media docena de picadores y monosabios amedrentados, que aquí y allá, con los brazos cubriéndose la cabeza como quien intenta escapar un aguacero de desgracias, permanecían acurrucados y silenciosos.

todo el personal no autorizado.

Por el túnel, regresan los soldados con otro cuerpo. Lo llevan entre cuatro, abierto, desgonzado.

uno que viste blusa blanca.

no hay para qué contesta un soldado . Nosotros sabemos más de muertos que usted.

Los tendidos, casi totalmente vacíos. Medio centenar de hombres se pasea por la soledad de las graderías, escombradas de almohadillas. Dos enguantados en la barrera del tendido 5; uno teniéndolo por los pies, otro por los brazos, hamaquean un cuerpo dándole impulso.

dos... tres! Lo lanzan. Como un muñeco de trapo, se dobla en el aire, cae sobre el maderámen que separa el ruedo del callejón, rebota y desmadejado rueda sobre la arena hasta quedar bocarriba. Es casi un niño. O apenas un muchacho.

el hombre del guante blanco a Pablo ya le dije que se largara. Denle a ese! ordena cambiando el tono Denle! Otro cuerpo cae al callejón desde la barrera del seis. Los hombres que arrastraban el cuerpo del muchacho en línea paralela a la huella sangrienta del último toro, abandonan el cuerpo inerte y caminan, dispuestos a la lucha hacia donde Pablo retrocede.

ven! grita uno mientras calza manopla.

El viejo da la espalda. Huye. Inútil. Frente a él hay otros. Se dobla al primer puñetazo. Cae sin respiración. Tiene tiempo de ver en la mano de uno de los atacantes la cachiporra antes de sentir su golpe en las costillas.

ahora? Ya no quedan cuerpos en las graderías. Cosas: zapatos, gafas, sombrillas, botas, bolsas grasosas, aún sin abrir. Una cachucha. Algún par de boinas. Sánchez recoge y tira al ruedo un zapato de mujer. El proyectil se estrella lejos de donde cayó el cuerpo del joven, que arrastran camino al desolladero. Ni siquiera golpea al viejo, que corre hacia la puerta de cuadrillas con la cabeza ensangrentada y entre las burlas del cuerpo Elite.

Gómez . Te aseguro que es jerez.

Escancia la bota.

Manzanilla. Le garantizo que es Manzanilla.

todo caso, algo fino.

Gómez . No se bebe en servicio! Se la quita.

Y tú qué haces? Marica! al capitán ordena Tinoco acercándose . Y déme esa mierda! Le pasan la bota.

lo otro ordena.

de identificación de uno de los dados de baja dice Gómez entregando la billetera. Tinoco la abre. No tiene dinero. Unas fotografías. Ningún papel. Fotos de niño rico. Mucha playa.

pido la billetera. Gómez la mira con cara de perro hambriento.

cosas finas anuncia Tinoco mientras se la mete al bolsillo son siempre para mi capitán Cortés.

4:50 p.m.

está Ignacio? grita Antonio Castro entrando a la sala de redacción, casi vacía.

estar en cine, o por ahí, tirando contesta un redactor sin mirarlo, atento a la cuartilla en que está escribiendo . Los domingos, si uno es sensato, no viene a trabajar: se va a cine o a toros.

en serio grita Castro . Acaban de matar a no sé cuánta gente en la plaza de toros.

fin matan a la gente dice Torres desinteresado, pero dejando de escribir . Siempre matan es a los toros.

Dos redactores y un par de patinadores aparecen de quién sabe qué lugar.

la vaina fue en serio explica Antonio . Las cosas estaban normales, pero cuando salió el tercer toro entró la hija del Excelentísimo Señor Teniente, etc. y etc. La gente se puso en pie y la abucheó. Hubo broncas. Al contrario de la semana pasada, hubo gente que la defendía. Pero el torero le brindó la muerte del toro. Y se armó la gruesa. Otra vez chiflidos. Gritos de protesta. Pero, ahí mismo, cuando nadie se lo esperaba, brotaron tipos de todas partes y comenzaron a darle a quien pudieron. Los hijodeputas del gobierno se compraron media plaza y se fueron a vengar la silbatina del domingo anterior. Hay muertos. Tiene que haber muchos muertos. A mí me sacó la estampida de la multitud. Cuando salí de la plaza, seguían llegando refuerzos, jeeps artillados, camiones de tropa. Cerraron las calles. Yo vi cuerpos tendidos en las graderías por todos lados. Y los detectives con un guante blanco para identificarse entre sí. Todos manchados de sangre. Horrible. Y nadie estaba haciendo nada. Nadie estaba armado.

pasa aquí? pregunta Ignacio entrando . En lugar de joder y hacer corrillos, deberían estar trabajando.

Antonio repite la historia.

la cosa dice el jefe de Redacción tomando del brazo a Castro . Pero tal vez no sea tan grave. Las vainas son así. Y la corrida, qué tal? Es la primera que me pierdo una en ocho años y todo por asistir a un almuerzo estúpido de políticos estúpidos y además extranjeros.

muertos. De eso no hay duda. Los asesinaron. Esto fue un crimen atroz. Nadie estaba haciendo nada.

pero no podemos redactar una crónica diciendo que el redactor considera que hubo muertos y todo lo demás.

Han llegado a la oficina. Ignacio se quita el saco y afloja la corbata.

que así fueron las cosas. Llévese a Maldonado y a Vázquez para que le ayuden. Son pendejos, pero los de policía tienen experiencia en esas vainas. Buenos los toros, o no? 5:00 p.m.

bueno que hubieras llegado dice Ignacio a un hombre alto, flaco, tocado con boina vasca y que lleva una bota a la bandolera . Este tipo no me ha sabido explicar qué fue lo que pasó en la plaza.

nada protesta el recién llegado . Que se han cagado en un espectáculo, que iba bien! Los toros han embestido como nunca. Si hubiérais visto el primero. Sangre de Santa Coloma, claro. Bueno, se alegró, pero que lo han picado mal. Ahora, a este muchacho, al extremeño le ha correspondido uno...

no, Manolo, Ignacio pregunta es por lo otro, por el alboroto. Por los muertos. Porque los hubo, verdad? los hubo, bien merecido lo tenían. Se han cagado en la corrida. Facinerosos. En España también les hubiéramos dado por donde sabemos. En una plaza de toros no se puede hacer política. Pero oye, Ignacio: al primero, el Pedrín lo hormó y que le ha dado una tanda ligadilla, ligadilla, con qué mando...

Castro . Pero, y lo demás? bien, Antonio, está bien. Déjanos conversar. Ya te dije, que te ayuden Maldonado y el otro carajo que ni sé cómo se llama; se me olvida, el maricón: A ver, Manolo: seguí...

Un patinador entra: Ignacio, que es urgente y le entrega la tira del teletipo.

Castro dice Ignacio mientras lee. El redactor ha salido ya . Llámame a Antonio ordena al mensajero . Muévase. Consígame a Castro. Patine rápido. La vaina como que está jodida le comenta al español . Oiga: censura nacional e internacional sobre los sucesos de la plaza de toros. Interrumpieron a las agencias internacionales cuando comenzaban a transmitir.

llamaba? pregunta Castro regresando.

pierda el tiempo con lo de la plaza. Hay censura. Pero no nos dejemos joder del todo. Asesórese de Manolo y escriba cualquier cosa, pero titule: Corrida sangrienta . Me oyó? FOTO: -Plaza de Santamaría, 5 de febrero de 1956

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