REFORZAR LA CIUDADANÍA

REFORZAR LA CIUDADANÍA

Como no creo que el futuro esté ya escrito y sea por tanto inamovible, la tarea de adivinar o de profetizar el porvenir me resulta totalmente ajena. Lo único que sé con certeza es que el mañana estará hecho de la conjunción entre las elecciones libres de los seres humanos y el azar (es decir, los aconteceres imprevisibles), exactamente lo mismo que el ayer. Tampoco me parece estimulante el empeño melancólico de señalar cuáles son las líneas más probables que seguirá el desarrollo de nuestras sociedades, porque tales augurios supuestamente científicos no suelen tener más base que el pesimismo instintivo - piensa mal y acertarás - o la fe en alguna de las ilusiones tecnodemocráticas de nuestra hora. En cambio podría no estar mal que hablásemos de lo posible, por difícil o improbable que hoy parezca su consecución. Porque realizar lo posible depende en gran medida de que eficazmente lo deseemos y para desear algo poniendo en práctica los medios de conseguirlo es imprescindible llegar a i

26 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Quizá el ideal social que hoy me parece más importante es el de la ciudadanía. Entiendo por ciudadano el miembro consciente y activo de una sociedad democrática: aquel que conoce sus derechos individuales y sus deberes públicos, por lo que no renuncia a su intervención en la gestión política de la comunidad que le concierne ni delega automáticamente todas las obligaciones que esta impone en manos de los especialistas en dirigir . Desde luego, la formación de ciudadanos responsables tiene una importante base educativa, es decir, una formación intelectual en los valores compartidos y en los hábitos del pensamiento crítico racional (que incluyen tanto la capacidad de persuadir argumentalmente como la de ser persuadido por argumentos, excluyendo por tanto el fanatismo de principios absolutos a priori), según he tratado de explicar en alguno de mis libros. Pero, aún siendo muy importante, la educación puede servir por sí sola para cimentar una auténtica ciudadanía democrática.

Se necesita también una determinada base económica que garantice la autonomía efectiva de cada uno de los socios de la comunidad. La miseria total, la desposesión completa de los medios de subsistencia, incluso la precariedad abusiva de los medios para conseguirla, excluyen a los por ellas afectados de cualquier participación ciudadana que no sea mera burla o remedo servil. Es signo distintivo de todas las democracias, empezando desde luego por la ateniense, el preocuparse de uno u otro modo por aliviar la condición de los desfavorecidos para posibilitar su participación cívica. Si no me equivoco fue Tom Paine, el valiente autor de Los derechos del hombre , quien ya en 1792 teorizó por primera vez en la modernidad sobre la urgencia de garantizar una serie de ayudas a grupos o situaciones sociales económicamente comprometidas, entendiendo tal apoyo social no como un mero subsidio a la indigencia sino como un auténtico derecho de los ciudadanos. Creo que esta es la idea que hoy tendríamos que recuperar y profundizar decididamente.

En la sociedad tecnológicamente hiperdesarrollada en la que hoy vivimos, donde los instrumentos automáticos han sustituido ventajosamente a tantos puestos de trabajo, vivimos presas de un circulo infernal: el liberalismo aboga por una cada vez mayor desregulación de la legislación laboral que aumenta el nivel de pobreza real existente y excluye a una creciente cantidad de individuos de la protección social, mientras que la socialdemocracia sólo acierta a promover leyes que frenan la iniciativa privada, la elección de trabajos a tiempo parcial y las actividades no remuneradas pero socialmente útiles. Sería el momento de pensar en una renta básica para todos los ciudadanos, entendida no como un subsidio a los necesitados sino como un derecho democrático general. Tal ingreso debería garantizar la subsistencia mínima de las personas, con lo que el trabajo se convertiría en una opción libre o temporal, se potenciaría la práctica de actividades humanitarias o creativas que el mercado actualmente no recompensa y se facilitaría la negociación equitativa de las condiciones laborales entre patronos y empleados.

De dónde saldrían los fondos para implementar tal ingreso básico? Sin duda habría que reformar los actuales subsidios sociales, gravar el trabajo remunerado con algún impuesto y con mucha más razón las especulaciones financieras (la llamada tasa Tobin apunta en esa dirección), pero sobre todo habría que tomar conciencia clara de que, por mucho que indudablemente el desarrollo económico deba a la iniciativa personal de unos cuantos, toda riqueza es fundamentalmente social y no puede desentenderse de sus obligaciones comunitarias, es decir, democráticas. Desde luego esta iniciativa comporta dificultades prácticas y hasta morales: cómo contrapesar la desaparición del sentido de necesidad real que hoy estimula la actividad social? cómo evitar que la vocación de ser útil sea sustituida por el pasivo derecho a cobrar el maná estatal? Pero me parece que tales retos merecen la pena que se afronten y que se discutan, si no queremos seguir rodando por una pendiente que lleva a nuestras democracias hacia la dictadura oligárquica de los dueños financieros del trabajo y al meritoriaje de la asistencia pública cada vez más rácana en prestaciones igualitarias. Es decir, la fabricación industrial de ciudadanos que no podrán ejercer efectivamente como tales o que no podrán llegar efectivamente a serlo nunca más que de nombre.

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