VITALIDAD NACIONAL

VITALIDAD NACIONAL

Resulta difícil juzgar con absoluta objetividad un festival de cine como el de Cartagena, pues se ha formado ante el ambiente seductor y cambiante que ofrece esta ciudad: el interés de las películas, la validez de su presencia, los reflejos de su confrontación se amplían en la experiencia vivida a lo largo de esos días de momentáneas, frágiles y fugitivas relaciones de diverso orden y en donde la programación se convierte en pretexto para asistir a ese festival de los afectos que es el cine, tal como Barthes lo denominó.

26 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Y es que quienes participan de este festival no se limitan a tener una mirada profesional sobre el cine; ni tampoco la suya ser la más distraída de las miradas. Más bien surge en el espectador una disponibilidad sin reticencias, entre una y otra película, como en un punto intermedio, entre la luz y la oscuridad, atraído por ese tragaluz del infinito , libre y abierto, bien ante el destino cruzado de una buena historia, o bien frente al hecho estético que moviliza la percepción de una revelación cinematográfica. Es así como el público se forma en un rico tejido social implicado en un texto fílmico y en su juego de intersubjetividades puestas en juego le da un sentido de aventura particular al evento.

La muestra oficial de cine iberoamericano representó de manera bastante aproximada una cierta producción del continente. No tanto en cuanto a lo que se refiere a la representatividad de un país. Más bien al señalamiento de unos directores particulares. Solo Colombia, en este sentido, presentó una muestra amplia, actual y que impuso el carácter de su diversidad. El premio a la mejor película, que compartieron la brasileña Orfeo, de Carlos Diegues, y la argentina Garage Olimpo, de Marco Bechis, da una idea clara de una decisión ecléctica e inexplicable del jurado, pues si Garaje Olimpo es una obra perfectamente estructurada en torno a un núcleo central desplegado con un fuerte sentido narrativo, Orfeo no es más que una suma de clisés, de postales en una mezcla de géneros con el mito de fondo, difíciles de pasar; dos cosas que no pueden pagarse con la misma moneda.

El discurso con que el Presidente abrió el festival resultó perfectamente ajustado a la realidad y a las circunstancias del país y a diferencia de aquellos de otras ediciones, este no estuvo cargado de promesas. Ni se mostró el panorama ocasional para un futuro diferente frente al que vive el cine colombiano. Fueron palabras claras, directas y categóricas: todo se orientó hacia una exaltación al cine en los términos más generales, a las posibilidades de su lenguaje, al medio de expresión común en Latinoamérica, a la representación rica y exuberante, humana y prodigiosa, de nuestra narrativa llevada a las imágenes que corresponden a la realidad del continente. Pero también resultó justo y preciso presentar el hecho elocuente que señala cómo las siete películas colombianas fueron realizadas casi en su totalidad con los limitados recursos financieros de sus realizadores. Lo cual es un elogio y en él se reconoce que, ante el gran vacío de una política estatal en el campo del cine, los directores, buscando fórmulas diversas, han ido creando nuevas posibilidades para realizar películas prescindiendo de apoyos y de la pretensión de ingentes presupuestos. Y entre otras cosas, esta es la gran lección que deja el festival.

En este marco, es necesario poner a las películas colombianas en un lugar aparte. Unas mejores que otras, pero en una muy interesante nueva etapa, ellas enseñan que estamos ante una variedad de intentos y estilos, frente a una renovada vitalidad, una elevación en el grado de profesionalismo y una voluntad de creación, originalidad e innovación, que se traducen en un común sentido de la audacia donde se arriesga mucho contra las formas narrativas más tradicionales. Es así como aparecen los cambios de registro, las peculiaridades narrativas, las inquietudes inéditas; en fin, un cine en donde se reconoce una preocupación por superar las previsibles y habituales concesiones al gusto del público, y seducirlo con una nueva sensibilidad: la de nuestras propias historias, con una orientación estética que refleje una voz propia y un pensamiento artístico originalmente elaborado.

Pero si el cine colombiano se revela con tal vitalidad, no podemos dejar de señalar el deplorable estado de los teatros de Cine Colombia en los que el festival programó las películas de la Muestra Iberoamericana. Las proyecciones con sonido completamente inaudible, precisamente en la muestra donde se proyectaron las películas habladas en español, constituye una falta de profesionalismo y de respeto y de absoluta irresponsabilidad con el festival. En esa lucha por entender la trama de las películas (basada casi en su totalidad en diálogos) el espectador siempre salió vencido y de ahí el éxodo de buena parte del público derrotado en sus esfuerzos fallidos por entender un solo diálogo.

FOTO: - Flora Martínez en Soplo de vida .

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