LA MEDIOCRACIA

LA MEDIOCRACIA

Desde el punto de vista soy un convencido que lo único que produce felicidad en el hombre es una vida ética. Desde el punto de vista público creo que el servidor estatal debe obrar con pulcritud en el manejo de los bienes oficiales. Me resisto a creer que sean felices todos aquellos que andan por ahí enriquecidos indebidamente con dineros del Estado, así sus negocios se hayan mantenido ocultos.

15 de marzo 2000 , 12:00 a.m.

Pero me preocupa creer que el especial celo que se ha tenido con la honestidad del funcionario haya convertido esta condición en el único factor determinante para seleccionar o juzgar a nuestros gobernantes, dejando de lado otro que es igual o mayormente responsable del subdesarrollo, la desigualdad y la angustia de nuestra sociedad: me refiero a la mediocracia.

Para ponerle más controversia al tema, debo manifestar que me conmovió un artículo publicado hace varios años por el columnista Antonio Panesso donde afirmaba que no sabía si al país le hacía más daño un gobernante corrupto o un gobernante mediocre, pues al parecer, según él, algunos corruptos pero hábiles consiguen para el país y para ellos y por el contrario muchos honestos, pero tontos, jamás se roban un peso, pero dejan que los vivosse roben lo que ellos tienen que cuidar y entonces, de estas y otras formas, despilfarran el erario público por su torpeza.

El extremado celo por la moralidad no puede conducir a los tolimenses y a los ibaguereños a establecer gobiernos mediocres, la mediocracia de que hablaba José Ingenieros. El funcionario mediocre le huye al peligro y a la responsabilidad, actúa sobre seguro, se preocupa más por cuidar su hoja de vida que por resolver los problemas de la comunidad; cuando alguien quiere impedir que un gobernante mediocre tome una decisión por que afecta sus intereses no necesita sino amenazarlo con la Fiscalía, La Procuraduría, La Contraloría o de cualquiera otra forma.

El mediocre fácilmente cae en las redes de quienes utilizan la lambonería servil para engrandecer su ego. El mediocre vive más pendiente de la forma, de la imagen, de las buenas maneras, que del fondo y por eso para manipularle una decisión sólo hay que decirle que hacer lo contrario es intolerancia, antidemocracia o mala educación. El mediocre gasta más tiempo haciendo un discurso o preparando una entrevista que estudiando problemas o tomando decisiones. El mediocre por su misma superficialidad no sabe seleccionar sus colaboradores y termina escogiéndolos por impresión de momento, posición social, presencia o imposición de otros. El mediocre no sabe distinguir si su asistencia a un acto conviene a los intereses del Estado o a los de quien lo realiza para sacarle partido. El mediocre no es capaz de resolver una junta en el tiempo justo ni con la decisión apropiada porque en aras de la democracia se deja manipular por quienes de buena o mala fe la desvían de su objetivo.

Todo este ambiente de mediocridad hace que las decisiones no se tomen o se tomen equivocadas y que la lucha que en el fondo libra la empresa estatal la pierda en beneficio de los banqueros, contratistas, asesores, proveedores y de todos aquellos hábiles negociantes.

*Abogado

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