DOS CORRIDAS MUY DISTINTAS

DOS CORRIDAS MUY DISTINTAS

Los apartes de su libro y la introducción que usted hace quieren repetir a la opinión que lo que se llamó la Corrida sangrienta , no fue sino un colosal invento de la oposición y una mentira fraguada por los enemigos de su padre. Usted relata cómo, con espíritu de político avezado, oyó con desdén la colosal abucheada de que usted y su esposo fueron víctimas el 29 de enero de 1956. Su relato leído hoy, descubre hasta dónde el espíritu del gobierno de la dictadura rojaspinillista fue sordo al espíritu de la nación.

14 de mayo 2000 , 12:00 a.m.

Usted dice que la chiflaron los ricos porque su padre ayudaba a los pobres. Menuda ayuda que les dio! Si acaso fue palo con lenguaje muy castrense. Su padre se refería a su propio gobierno como el Binomio Pueblo-Fuerzas Armadas . Para los que no lo saben, esa suerte de metáfora pertenece a la de caballería. El Binomio son el jinete y el caballo. El jinete, que era la dictadura, estaba montado sobre el caballo que era el pueblo, un caballo tratado como tal, a fuete, como lo entienden los militares; y el pueblo eran los pobres y los ricos.

Usted transcribe documentos para probar que en la corrida del 5 de febrero no pasó nada. Tendrá usted una sorpresa cuando lea Los días del miedo, porque lo que la novela relata es cómo los militares organizaron un segundo operativo para probar que no pasó nada; que los muertos y golpeados fueron invención y delirio colectivo. La tarea del intelectual, y del novelista, es la de convertirse en memoria de la sociedad en la cual viven. Con la ficción no se reconstruyen con pericia de notario unos acontecimientos sino el espíritu de un tiempo. Cuando usted lea la novela encontrará en ella la crónica de una época y la vida de una sociedad sometida al estúpido ejercicio de la violencia militar. Cuando a usted y a su esposo la plaza entera les volvió la espalda, estaba expresando el malestar creado por el gobierno, no digo de su padre, sino de quienes lo representaban. Yo viví en esas épocas varios meses colgado de unas esposas a una jaula. Y no era el único. Castigado por el delito de opinar. Claro que Los días del miedo no es una autobiografía, ni siquiera estaba yo en el país el 5 de febrero. México me había dado asilo, tras escaparme de una cárcel. Cuando escribí la novela, o el guión cinematográfico que le dio origen, hice la investigación asombrado de cómo el país parecía haber olvidado unos años de oprobio. Los días del miedo es la historia de un lapso en la vida del país. Debo informarle, eso sí, que usted es apenas una referencia en la novela y que los personajes, los malos de ese tiempo, no son solo sus Prefectos de seguridad, los policías carceleros, los tenientes torturadores, los asesinos de siempre, sino también los liberales traidores: el senador que recibía de la policía secreta compensación por sus delaciones y que sigue siendo hoy jefe liberal.

Digamos, también, que tampoco el general Rojas es el protagonista principal. Que el verdadero malo de la novela es el demonio que se posesiona con desoladora frecuencia de quienes llegan al poder y quieren mantenerse en él: la ambición de perpetuarse en la historia. Lo que cuenta la novela es cómo hubo otros muertos distintos a los de la plaza; otros muertos distintos a aquellos que lo fueron para establecer, de una vez por todas, que una cachetada simbólica se le devolvía a la opinión, muy militarmente con puñetazos armados con manopla, varilla o fuego de Mauser. A los estudiantes asesinados unos meses antes en la calle 13 se los fusiló porque se atrevieron a disentir. Los militares, entre los cuales se contaba su padre, igual que Pinochet y que tantos otros, prefieren el argumento de la fuerza al de la inteligencia, quizá porque carecen de ella.

Como usted publica ese libro con el laudable propósito de que su visión del gobierno del beato Gustavo Rojas sea la que recoja la historia, le transcribo algunos testimonios de personas que estuvieron en las dos corridas y que recuerdan vivamente los acontecimientos. Por solicitud de las personas que los dieron, cuyas voces tengo grabadas, cambio los nombres. Resulta, doña María Eugenia, que ellos todavía le tienen miedo a las reacciones que pueda causar el relatar verdades para ocultar mentiras. Usted, como buena política, en cambio, prefiere establecer como fundamento de su gloria la falsedad en vez de lo verdadero.

- Testigos de la corrida Con otros nombres, testimonios sobre la corrida del 56 JAIME RUEDA Fui testigo de excepción porque me tocaron los dos momentos: la corrida de la rechifla, el 29 de enero, y la de la retaliación , el 5 de febrero. Yo manejaba una Peña: La Fiebre Taurina , éramos los dueños del tendido. Llevaba y repartíamos unos paraguas rojos y amarillos con los que abriendo y cerrando nos manifestábamos a favor o en contra de las decisiones de la presidencia. En la del 29, la plaza estaba llena. Como a las tres llegaron Hernando Santos y Alberto Lleras. Y la plaza se encendió en gritos: Lleras, sí . Fui hasta el tendido donde estaba Lleras y le entregué uno de los paraguas. El, como buen político, comenzó a manejar con él la multitud: abría el paraguas Lleras, sí , y lo cerraba: otro no , fue ahí, en ese momento, cuando entró la hija del general y la plaza cambió. Comenzó a gritar, al mismo ritmo: Lleras sí. Rojas no , y nuestra porra a abrir y cerrar sus paraguas. Después, los gritos se dirigieron a María Eugenia y a la gente le salió el diablo que llevamos dentro. Primero, los tendidos le mostraron la espalda, por no decir el trasero y la insultaron. Le decían hasta mico. La multitud solo se calló cuando salió el primer toro. La hija del presidente, con mucho valor, se aguantó en su puesto los insultos como si no fueran con ella. Pero el presidente, que no había ido, cuando lo supo debió morirse de rabia. Fue una grosería y ella era su hija.

CRISTINA ARRAZOLA Lo primero es que mi familia se oponía a que fuéramos a la corrida: ya corrían bolas de que el gobierno se iba a vengar de lo que había pasado en la corrida anterior, cuando le voltearon la espalda a María Eugenia y la chiflaron y le dijeron todo lo que se les vino a la cabeza. Se iban a vengar también de la ovación a Lleras. Pero no les pusimos atención. Nos fuimos. Ibamos temprano de todas maneras porque se esperaba un lleno. Pero temprano es un decir, la corrida debía comenzar a las tres y media y nosotros llegamos por ahí faltando veinte para las tres. Lo que notamos primero fue que había mucho soldado en los techos de los edificios altos: en el Tequendama, en el de Antares y muchos Jeep y transporte del ejército. Cuando entramos a la plaza por el corredor que va al tendido vi mucha sangre en las paredes y el piso. Lo que me acuerdo es que mi marido dijo: aquí hubo una pelea y a uno, por lo menos, le reventaron todo lo que tenía . Pero no le dimos trascendencia. Siempre ha habido riñas y a los que pelean los sacan por el corredor o salen a pelear allá. Cuando entramos, la plaza estaba muy callada y rara. No estaba la gente conocida: el público era distinto. Al momento en que entrábamos se armó una pelea grande en sol. Eran muchos los que le pegaban a unos que trataban de resguardarse contra las rejas que dividen los tendidos. Pero no podían. Los que les pegaban y los hacían rodar por las escalinatas. Otros que parecían estar esperándolos, los tiraban al callejón. Comencé a gritar: es una infamia . Alguien, una persona como bien que estaba cerca de nosotros, me hizo un gesto de cállese y luego, una señora me dijo: No diga nada que también la matan, quédese callada . No entendí pero obedecimos. Mi marido sí y dijo: Eso es lo que tu papá estaba esperando. Por eso no quería que viniéramos . Tratamos de salirnos. Dijeron que las puertas estaban cerradas y salió el primer toro faltando como cinco para las tres.

YOLANDA DE RUEDA Llegamos muy temprano, a Luis le habían dicho que mejor no fuera. Pero no hicimos caso. Subimos al tendido por la puerta del patio. Nos conocían todos divinamente. Hacía cinco años que teníamos la peña Fiebre Taurina y Jaime la dirigía. Nos subimos a esperar. Nuestros puestos eran numerados pero estaban ocupados. No hubo problemas, Jaime le dijo al tipo que estaba sentado en el suyo: estos puestos son nuestros y el tipo no musitó; se quitó. Ahí fue cuando vi una cosa horrible que después supimos que había comenzado desde muy temprano. En el tendido vecino de sol, unos diez tipos venían persiguiendo a una persona, lo apercollaron, lo golpearon, lo hacían rodar por las gradas. Lo debían estar golpeando con manoplas porque la cara era una masa sanguinolenta. Lo tiraron al callejón, donde personal uniformado lo recibió. Debieron amarrarles las manos atrás porque lo traían con los brazos levantados y dándole golpes hasta tumbarlo y en el suelo lo agarraron a patadas. La gente estaba como paralizada. En el tendido nuestro esos tipos que no conocíamos también estaban gritando vivas a Rojas. No podían ser los mismos que una semana antes se habían enloquecido gritando vivas a Lleras y abajo a Rojas. Mataron toda esa gente y seguramente luego la botaron en unos lotes, y los dejaban ahí arrumados. A los cuerpos los vimos en el patio de caballos. Algunos estaban heridos, otros estaban ya muertos, a todos los desaparecieron. A Jaime, cuando bajamos al callejón, lo salvó que llevaba puesto un sombrero del college de E.U. metido hasta las cejas. Pero logramos salir y nos abrieron por el patio de los caballos.

JAIME RUEDA Me llamaron y me dijeron: Mira, de muy buena fuente sé que va a haber problemas; por favor, no vayas, te van armar problemas . El que me lo dijo lo sabía por los militares y por gente del gobierno. Porque ya era vox populi que el gobierno no se iba a quedar con las manos cruzadas ante la afrenta. Pero nosotros igual decidimos ir, no creímos que la vaina fuera a ser tan grave... Llegamos a la plaza. El tendido nuestro tenía entrada por el callejón, nosotros no entrábamos por las puertas normales y nos conocían los tenderos, los taquilleros, los porteros, porque, claro, llevábamos cinco años yendo a ese tendido, el de la fiebre taurina. Llegamos 16 personas a ocupar nuestros puestos en el tendido: mis hermanos; Yolanda, las hermanas de Yolanda, Carlos Escobar y la señora, José María Jaramillo y la señora, Alvaro Rueda y Leonor, Jorge Rueda y entrábamos por una puerta que se cerraba más tarde. Por eso íbamos tan temprano. En lugar de la gente de la peña estaban ocupando nuestros puestos unos tipos de sombrero negro que llevaban insignias en las solapas.

Los tendidos de sol estaban muy llenos porque el cartel era muy bueno. Toros de Rocha, que es lo mejor que se ha visto en Colombia. Allá también había tipos de sombrero gritando vivas a Rojas. Y a los que gritaban abajo que eran muchos, les caían como abejas armados de manoplas y varillas. Muchos caían rodando las graderías, a otros los tiraron al callejón. Entonces en esas llega Ramón Pareja Nieto y me dice: bájense de ahí, señor, que a usted lo van a matar . Con estas mismas palabras. Y siguió diciendo: Apúrenle: Yo les abro por la puerta de caballos . Las 16 personas bajamos al patio de caballos, nos abrieron. Cuando salimos por la puerta por donde entran los toreros, había colas de la gente que quería entrar. Lo más horrible lo vimos en el patio de caballos: a un tipo al que mataron a punta de culata. Había cuerpos tirados en el suelo. A uno de esos, un soldado, quizá cuando trató de levantarse, lo sembró en el piso de un golpe de culata y ahí le dio otro: con el que se le salieron los ojos de las cuencas. Así como lo oyes: se le saltaron los ojos. No he dicho que hubo cuarenta muertos, sesenta muertos, no, personalmente vi tres cadáveres. Y que hubo masacre, la hubo. Es increíble un tipo Santa María Mancini, un tal Enrique, de la sociedad de Bogotá, conocido por todos estaba organizando todo. Daba órdenes con un walkytalkie. Para salir nos abrieron la puerta por donde entran los toreros. Había mucha gente esperando entrar. Nosotros que estábamos saliendo, y que entra más ejercito en Jeep y camiones. Ya habían soltado el primer toro y se oían los olés. Comenzaron la corrida, más temprano para evitar más vainas. Y a mí me iban a matar porque en la anterior corrida le entregué el paraguas a Lleras. Eso fue algo tremendo. Pero que mataron gente para desagraviar a la hija del presidente, la mataron.

FELIPE BLANCO Estaba convencido de que íbamos a llegar con tiempo para tomarnos el vino antes de que comenzara la corrida. Pero no. La plaza estaba silenciosa. Nunca había visto nada igual: ni una palabra. Se respiraba tensión, la gente no se movía. Veinte mil personas en silencio de tumba. Muy raro. No sabíamos lo que había pasado. Lo supimos después. No hubo tiempo de que nadie nos lo contará, porque faltando cinco para las tres sonó el clarín y salió el primer toro y cuando el matador le hizo el primer lance la gente soltó toda la tensión y lo jaleó. Fue una corrida como nunca había visto. Nunca terminó la tensión, todo era como rápido. Tras un toro excelente, salía uno mejor, toros y toreros, como quien dice cómplices, como si quisieran ayudar a que la gente olvidara lo que la gente había visto. Lo que yo no vi, pero que pasó.

ISABEL GOMEZ Fui a la corrida con Isabel Reyes, a contrabarrera. Entramos por el callejón. Había sangre en el piso, mucha sangre. Nos estábamos sentando cuando unos tipos tiraron a un hombre al callejón. Cayó de espaldas, reventado, quedó en el suelo convulsionando. Alcancé a gritar a los tipos que lo tiraron salvajes . Mi vecino dijo: no diga nada. Son los del gobierno , me acordé de la chiflada a la la nena . Un tipo de los que habían tirado al hombre me estaba mirando. Nunca voy a olvidar esa cara. Me miraba con ojos de rabia, un tipo como de piel oscura, al lado del tipo estaba un muchacho que después supe era el hijo del embajador de Uruguay. A él sí le pegaron, casi lo matan, estuvo en la clínica no sé cuánto tiempo, supimos después. Isabel fue la que dijo: Mejor nos vamos, esto se está poniendo feo y ahí mismo salimos. Eramos como 8 personas. Camino a la puerta, vi a los policías que traían un cadáver en una carretilla. Alguien que vivía en los edificios cercanos después nos contó que los heridos y los muertos estaban encerrados en la plaza de sorteo, allá no los podía ver nadie.

MANUEL TORRES Estaba todavía en la facultad de medicina y como estudiante iba a sol porque sombra era muy costosa. Lo que vi pasó en tres minutos. Estaba en la parte baja del tendido, el bochinche comenzó en la parte alta; comenzó a caer gente, a caernos casi encima, eran avalanchas de gente. Un grupo golpeaba a una persona, o varios grupos golpeaban a varias personas. Parecían pasárselas, tirándoselas; las empujaban: los cuerpos rodaban y otros los recibían; los golpeaban y así hasta que los lanzaban al callejón donde la policía estaba esperándolos para llevárselos, golpeándolos por los corredores. Los golpeados y los que se llevaron fueron muchos. No se, no les di el significado que después supe tenían. Pensé, fueron peleas, después supe que no. La corrida comenzó muy temprano y fue magnífica.

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