LA HISTORIA DEL SOLDADO ESPÍA

LA HISTORIA DEL SOLDADO ESPÍA

Luis Antonio Caicedo Daza, 20 años, formó parte durante 150 días de manera simultánea de dos fuerzas enfrentadas: era soldado del Ejército de Colombia y también era guerrillero de las FARC. Con su uniforme de militar al servicio del Estado y con un poderoso fusil G-3, disparó contra dos helicópteros de las Fuerzas Armadas con la intención de destruirlos, cumpliendo una tarea subversiva.

21 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Hoy, Caicedo está en prisión porque luego de confesar que era un guerrillero infiltrado y que actuó con premeditación, fue condenado a cuatro años de cárcel por el Tribunal Superior Militar, que falló en segunda instancia en su contra.

EL TIEMPO conoció ayer todos los detalles de este caso que produjo revuelo en el estamento militar por las imprevisibles consecuencias de la osada misión que los jefes guerrilleros le habían encomendado a Caicedo.

En noviembre de 1989, un menudo jovencito de aspecto indígena, natural del municipio de El Bordo (Cauca), se presentó en las instalaciones de la XII Brigada del Ejército con sede en Florencia (Caquetá), y manifestó su interés de ingresar al Ejército para prestar el servicio militar obligatorio.

Soltero, alfabeto, mayor de edad y sin documentos de identificación, Caicedo fue reclutado inmediatamente y enviado al Batallón de Infantería de Selva No 53 Héroes de Gepí , situado en Larandia. Fue identificado con el código militar número 8964731.

Calificado como un soldado común y corriente, el soldado Caicedo mantuvo un buen comportamiento, no fue sancionado y sus superiores no observaron conductas sospechosas. Tampoco participó en combates, por lo cual la seguridad de su misión no se vio comprometida. Pero en marzo...

La tranquilidad de esa guarnición militar se rompió abruptamente en la madrugada del sábado 10 de marzo.

A las 5:30, Caicedo, en compañía de los soldados Carlos Hernán Salcedo y Carlos Alberto Alape Gómez, fueron a los corrales del Batallón situados muy cerca del lugar donde estaban parqueados cuatro helicópteros artillados Iracois, desplazados por el alto mando militar para el control del orden público en el sur del país.

Inesperadamente y aprovechando un momento en que sus compañeros se distrajeron, Caicedo tomó el fusil de dotación del soldado Jorge Rodríguez y se dirigió hacia el área posterior de la cerca de madera.

Cargó el fusil G-3, metió el dedo en el mecanismo disparador, dirigió el arma hacia los helicópteros y accionó. El potente proyectil atravesó las dos aeronaves y causó daños cerca de las turbinas, avaluados por peritos de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) en 35 millones de pesos.

La intención del guerrillero no cumplió su objetivo porque los helicópteros no tenían combustible. Con uno solo de los helicópteros que estalle, los otros tres también habrían explotado , dijo un oficial del Ejército que inspeccionó los aparatos en el sitio de los hechos.

Caicedo intentó hacer un nuevo disparo pero fue detenido por el soldado Salcedo, que había observado la maniobra desde lejos. Horas más tarde Caicedo fue denunciado formalmente ante el Juzgado 129 de Instrucción Penal Militar de Florencia que rápidamente convocó un Consejo Verbal de Guerra. En ese momento, el Ejército todavía desconocía que el atacante era un guerrillero infiltrado.

Para defenderse de los cargos, durante la etapa sumarial Caicedo acusó al soldado Alape de haberlo obligado a disparar cuando se dirigían hacia los corrales del Batallón. Aseguró que lo hizo porque sobreentendía que estaba amenazado por su compañero.

En la penúltima sesión de la audiencia el soldado Caicedo sorprendió a los miembros de la corte marcial: no solo reconoció que actuó con premeditación y el convencimiento de que iba a dañar los helicópteros, sino que confesó pertenecer al frente XIII de las FARC, que opera en el sur del Cauca.

Ante sus superiores desnudó el plan guerrillero: le ordenaron ingresar al Ejército para obtener información de inteligencia, suministrar planos de la guarnición militar, revelar los movimientos de altos mandos militares en la región y servir de pieza clave en una posible incursión guerrillera sobre el Batallón, considerado enemigo número 1 de las FARC en la zona porque tiene una localización estratégica y dispone de una funcional pista de aterrizaje.

En posteriores interrogatorios los servicios de inteligencia no pudieron establecer en qué porcentaje el guerrillero infiltrado logró cumplir la misión que le encomendaron.

En su declaración, Caicedo relató que no utilizó el sistema de ráfaga que tiene el fusil porque hacía mucho ruido y estaba confiado de que ninguno de sus compañeros se iba a dar cuenta.

El Consejo Verbal de Guerra terminó el el 2 de mayo y Caicedo fue condenado inicialmente a purgar diez años de prisión por el delito de Sabotaje Agravado, en aplicación del artículo 142 del Código Penal Militar que se refiere a la inutilización o destrucción de instalaciones militares o policiales, buques o aeronaves de guerra o bienes destinados al servicio de las Fuerzas Armadas.

Además, el presidente del Consejo de Guerra consideró que el soldado atentó contra la seguridad nacional y obstaculizó operaciones militares.

Caicedo apeló el fallo de primera instancia y solicitó una revisión de su sentencia. La querella fue estudiada por la sala cuarta del Tribunal Superior Militar que el pasado 10 de octubre dio su sentencia definitiva y redujo la pena de cárcel a cuatro años.

El organismo castrense, presidido por el comandante de las Fuerzas Militares, general Luis Eduardo Roca Maichel, consideró que no hubo sabotaje agravado porque no se puso en peligro la seguridad nacional ni se obstruyeron operaciones militares.

Hallado culpable por el delito de sabotaje simple, el guerrillero permanece en los calabozos de la XII Brigada del Ejército en Florencia.

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