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SOMBRAS EN PRIMAVERA

SOMBRAS EN PRIMAVERA

Lo sucedido en Alemania y en Colombia en los últimos meses invita, proporciones guardadas, a un paralelo. En nuestro país, la volátil y manipulable opinión medida por las encuestas daba altos índices de popularidad a la administración. De la noche a la mañana, nos despertamos sin agua, sin energía eléctrica, sin comunicaciones, sin diálogo . Alemania, por su parte, consolidaba su exitosa unión como un solo país, aumentaba su poder y aceleraba confiada la integración europea. El canciller Kohl era el líder de la emergente Europa unida. De pronto, lo derrotaron en importantes elecciones territoriales, le renunció su ministro de Relaciones Exteriores, que había estado 18 años en esa cartera, y se vio ante una serie de huelgas de servicios públicos y transporte que llevó a Alemania al caos durante varios días.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de mayo 1992 , 12:00 a. m.

En ambos casos, la crisis, aparentemente súbita, tiene profundas razones que se remontan a varios años atrás. En Colombia, los embalses no se desocuparon en un día, ni los trabajadores del monopolio de Telecom lograron su poder instantáneamente, ni la guerrilla dejó de ser sincera en México. En Alemania, tampoco era que la cuenta de la unificación hubiese llegado en la primavera de 1992.

El sistema federal alemán ha perdido la cohesión que lo caracterizaba. Los Lander (estados federales) han sido tradicionalmente poderosos frente al gobierno central. Sus finanzas se basan en un sistema por el cual los estados ricos y el gobierno federal aportan dineros a un fondo del cual se nutren los más pobres.

Desde antes de la unificación había serias quejas de inequidad por parte de los estados de Alemania occidental. En 1990, la entrada al sistema de los cinco paupérrimos lander del este lo habría desintegrado. El gobierno central se hizo cargo de los estados del este, en principio hasta 1995, cuando, se presumía, ya podrían entrar al esquema en condiciones similares a los occidentales.

Esta decisión tuvo consecuencias: el peso fiscal de las provincias orientales cayó completa y exclusivamente sobre Bonn, lo que a su vez le ha dado una gran influencia al gobierno central sobre los lander del este. Una economía débil en ciertas regiones no ha ayudado. Los demócratas cristianos, cuyo líder es el señor Kohl, que ha gobernado el país durante casi una década, han estado perdiendo el poder en sucesivas elecciones en los inconformes lander occidentales. Renuncia de Genscher La influencia de Hans Dietrich Genscher en la política internacional en las últimas dos décadas fue inmensa. Maestro de la política alemana, mantuvo la cartera de asuntos exteriores para sí y para su minoritario partido liberal en sucesivos gobiernos socialdemócratas y demócratas cristianos, intuyendo muy bien cuándo inclinarse hacia qué lado. En lo internacional, fue el primer líder occidental que predicó que había que creerle a Gorbachov, lo que causó irritación a la administración del presidente Reagan, que veía señas de ingenua debilidad en los lazos que Genscher formaba con Moscú y en su defensa de una OTAN relativamente pasiva en esa época. Durante buena parte del gobierno del canciller Kohl, Genscher hizo de la integración europea hoy casi una realidad su bandera.

Por todo lo anterior, la partida del prestigioso ministro debilitó el gobierno alemán. Más aún si se tiene en cuenta que la sucesora que él escogió, y que Kohl endosó, fue rechazada por su partido. Por otra parte, su retiro puede ser interpretado como otra muestra de su sentido de oportunidad, tanto porque el mundo actual, que él mismo ayudó a forjar, es muy distinto al anterior (Genscher vaciló en apoyar la guerra del Golfo y, más recientemente, no mantuvo la posición externa común europea en el desmembramiento de Yugoslavia) y porque, tal vez, su olfato político lo hace alejarse ahora de un gobierno debilitado.

Las negociaciones salariales con los trabajadores del sector público llevaron a la huelga a los empleados del transporte, de los aeropuertos, de la recolección de basuras, del correo, de la industria metalúrgica. El país se paralizó. Los trabajadores de lo que fue Alemania occidental y sus poderosos sindicatos están acostumbrados a uno de los estándares de vida más altos del mundo y a una cooperación con los patronos fácil de poner en práctica en medio de la prosperidad.

Pero la reunificación de las dos Alemanias trajo consigo un inmenso aumento de la fuerza de trabajo y un mínimo de capital. Los sindicatos no aceptaron la consecuencia lógica de la disminución relativa del precio del trabajo y, a través de su poder político, en 1990 y 1991 lograron protegerse de la evidente reducción salarial en Occidente y pasar aumentos excesivos en el este. Esto contribuyó a aumentar el desempleo y ahora tiene como consecuencia que el desfase y el costo para el gobierno central son aún mayores. Los sindicatos no quieren aceptar que ellos también tendrán que contribuir a sufragar los costos de la incorporación de Alemania del este. Costo de la unificación La factura por incorporar a Alemania del este es descomunal. La reconstrucción de la decrépita infraestructura física oriental, la prestación de los servicios básicos, los déficit de los lander, el pago de la deuda de la ex RDA, el endeudamiento de la Treuhandanstalt (agencia a cargo de la venta de las quebradas compañías del este), los pagos a los desempleados. Todo eso en adición al presupuesto normal de una Alemania con servicios sociales generosos y obligaciones para con la Comunidad Europea.

El esfuerzo fiscal requerido es inmenso. El ministro de Finanzas calcula que para 1996, la deuda pública será de 1.9 trillones de marcos, o sea la mitad del PNB. El Banco Federal, que ha garantizado la estabilidad de precios durante casi cincuenta años y en cuya independencia está cifrada la estabilidad del venidero sistema monetario europeo, se verá en serios aprietos aun si la administración aplica los más ortodoxos principios fiscales.

En las pasadas elecciones generales de 1990, el canciller Kohl dijo que el costo de la deseada unión de las dos Alemanias podía ser sufragado sin que fuese una carga tributaria para el ciudadano promedio. Fue reelegido y puso nuevos impuestos. Tal vez entonces, en medio del furor y el optimismo que traía la unificacion, el pueblo le hubiese aceptado el discurso de que se requerían inmensos sacrificios. No lo planteó entonces, y ahora parece tarde. El descontento que generan medidas económicas impopulares se traduce en pérdida de votos, que van a los partidos extremistas. .

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