PACTO DE AMOR PIEL

PACTO DE AMOR PIEL

A la mayoría le basta una argolla o un papel firmado y sellado. Hay otros, modelos raros al parecer, que prefieren hacer pactos de amor más durables. Entran con agujas y se quedan para siempre. Esa marca, porque de eso se trata, lleva un nombre cuyas raíces tienen contornos venidos de Tahití: tatuaje. Algo que se descubre únicamente en la intimidad cuando se ven los senos, las nalgas, el vello púbico, las caderas, las axilas, los tobillos...

20 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Por ahí está escrito el nombre del ser amado acompañado de cupidos, argollas, corazones atravesados por una flecha o una espada, adornados con llamas, flores o una llave antigua.

Hay dibujos más atrevidos que son diseñados por las mismas parejas para que esa unión sea única. Es el caso de la mujer que cambia su vello púbico por un arreglo floral; o se pinta un ratón cerca a esa zona, mientras que su compañero se dibuja en la misma parte un pedazo de queso.

El que los plasma es un extranjero que camina siempre con botas texanas y con dos candongas en su oreja derecha, las cuales no alcanzan a ser tapadas por su pelo rubio y lacio. Es tan flaco que parece medir más de sus 1.90 metros de estatura.

Nadie lo conoce por su verdadero nombre: Daniel Severo. Para todos es Dany Tattoo, el único tatuista en Bogotá, y el segundo en el país. El otro uno de sus maestros es Leo s Tattoo, que vive en Cali. Ambos siguen la tradición mundial de agregar a su nombre artístico la palabra Tattoo, para que los identifiquen como tatuistas.

Desde hace cinco años se radicó en Colombia porque se enamoró de esta tierra y de una caleña y se propuso tatuar a las personas.

Y eso es lo que hace en el centro de la ciudad, en un estrecho local de la calle 24 cerca de los cerros, el cual parece más una antigua dentistería por la simpleza de su equipo de trabajo. Tiene un sillón de los que utilizan los médicos y odontólogos para recostar el paciente mientras lo examinan, dos pequeñas mesas para su equipo de desinfección, agujas y pistolas marcadoras, treinta frascos de tinta con diferentes colores que le llegan del Japón, y una silla de madera y dos butacos. Ambiente inspirador Sin embargo, es esa simple decoración la que impacta: sus afiches de gente tatuada, una calavera de un burro o un caballo junto al baño (él no sabe de qué es), un chupo gigante con forma de senos cerca de la ventana y las fotografías de su trabajo debajo del vidrio de una vitrina.

Y sobre todo su cartelera. Ahí está pegada la hoja de una revista en donde aparece una pareja muerta, tirada en el piso de un sórdido motel con los sesos regados en el tapete. Muy cerca hay avisos en los que se ofrecen clases de francés, de guitarra y de piano.

La gente que va (tres o cuatro por día) busca los modelos que tiene en hojas de cartulina plastificada. Son tantos, que alguna vez intentó contarlos pero su paciencia se acabó cuando llegó a cuatro mil. De todos los motivos eligen dibujos pornográficos, mitológicos, religiosos y cómicos.

El también es un mostrario más de su trabajo cuando exhibe sus brazos cubiertos de tatuajes. Cuando el cliente ha hecho su selección, Tattoo advierte, con un español algo trabado, la perpetuidad del pacto que se sella con su obra. Aunque resulta en vano, porque la gente llega segura de lo que hace. Tanto que aguanta estoicamente la hora que dura el calcado y coloreado del trabajo.

Eso implica soportar el dolor que producen las agujas de una pistola eléctrica especial cuando perforan medio milímetro la piel para delinear en tinta negra la figura. Después viene el cosquilleo molesto y el ruido de la pistola, cuando se pinta el dibujo, semejante al que producen las fresas de los consultorios odontológicos.

No obstante, se hace por amor. Así se rompa al poco tiempo la promesa. A los arrepentidos, Tattoo les camufla los nombres con pequeñas flores, y los dibujos con otros motivos.

Esa es una tarea frecuente. No solo en las parejas sino también en las bandas juveniles, las familias y los solitarios. Los cambios de parecer se tapan con ilustraciones más grandes, como le ocurrió a un profesional que se hizo en su hombro derecho un pene gigante que abrazaba una diminuta mujer pero, ante el disgusto de su esposa, debió convertirlo en una gran serpiente.

Aparte de los sesenta mil pesos que costó el primer dibujo, le tocó adicionar 25 mil pesos por la serpiente. De acuerdo con el tamaño y lo elaborado del diseño, el precio aumenta. La tarifa más pequeña es cinco mil pesos.

Es un pacto costoso. El más caro lo pagó el dueño de un gimnasio en Chapinero. Se hizo centrar en su pecho un dragón con dos águilas y un barco que medían cuarenta por treinta centímetros. Canceló 150 mil pesos.

Aunque muchos le dan un significado especial a la zona en donde se lo colocan como el brazo derecho por estar cerca del corazón, otros sólo eligen el lugar para taparse las cicatrices, o llevan a sus animales para corregirles sus imperfecciones.

Las mujeres utilizan el maquillaje permanente, que también hace Tattoo, para delinearse lo ojos, los labios y las cejas.

Algunos convierten el tatuaje en un sello antipérdidas. Como en el caso del padre de una niña amnésica que lo empleó para marcarle en el brazo sus datos personales y, sin importarle que no se pudiera borrar, anotó el teléfono, la dirección y el número del apartamento.

Hay un hombre que lo aprovecha para marcar a sus novias como ganado. Las lleva por turnos para que se escriban sus iniciales en el brazo izquierdo...

Lo importante, en todos los casos, es que la piel sea portadora eterna de ese pacto de amor.

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