LAS GUARIDAS DEL ARTE

LAS GUARIDAS DEL ARTE

La casita del placer El hombre gordo se acomodó junto a uno de los postes de madera gruesa que sostienen la maloca: Bueno, y a qué hora cierran aquí , le preguntó a la mujer que estaba engolosinada viendo a los que tocaban los tambores. No, aquí no cerramos; esto es hasta mañana , le dijo ella, la dueña de la fiesta que se celebraba.

20 de febrero 2000 , 12:00 a.m.

Beatriz Camargo asume la pose del visitante para contar la historia, y se ríe con cara de incredulidad, como si todo estuviera ocurriendo de nuevo. Es que dónde cree usted que está? Le preguntó a él. Pues en tu establecimiento . Beatriz suelta la carcajada ahora, pues ese día sintió que la rabia le quemaba el estómago y le salía en vapores por las orejas. Acaso esto no es una casa de placer? pero de otro tipo de placer, un placer estético y espiritual .

Han pasado ocho años desde el día en que la directora e investigadora teatral se adueñó del pedazo de tierra desértica en los alrededores de Villa de Leyva. Todos dijeron que estaba loca al pretender dejar la Capital, internarse en un pueblo campesino y dejar atrás los días del radio, del televisor y hasta del servicio sanitario.

Pasaron dos años para acostumbrarme a estar sola y en silencio , cuenta. Hoy Beatriz no se imagina en otro lugar y basta con mirar la casa redonda de pequeña entrada maloca significa matriz, por eso la entrada es pequeña y el interior es amplio, como el útero y sentir el olor de la tierra y el viento que juega con los guayacanes, chicalás, mangles y frutales que empezó a sembrar al llegar, para darnos cuenta de que nada le hace falta y que hasta la incomodidad de no tener energía o de sentarse en dos tablas que hacen las veces de letrina sobre un hueco profundo, son parte de la vida silvestre: Al lado de la letrina hay un bulto de cal, con eso se evitan los olores y se va haciendo abono , dice.

Beatriz es la mamá del teatro ritual en nuestro país. Sus obras son profundos cantos al ser latinoamericano, a la tierra, al dolor de la mujer que siempre espera y a la raíz. En su maloca, que sirve como teatro y habitación, se respira una tranquilidad deliciosa. Al centro del círculo, por el techo, penetra la luz a través de otro orificio circular.

En el 92 compró la tierra y arrancó con el proyecto. A largo plazo espera convertir su maloca en una escuela de biodrama, el tipo de teatro que ella hace. En Villa de Leyva no terminan por acostumbrarse a su paso. La han tildado de bruja, de loca y han señalado su maloca como lugar satánico y hasta prostíbulo. Pero ella se enamoró de esa tierra y poco a poco ha ido ganándose el espacio. Ni siquiera la depresión y la enfermedad que le produjo la agresión de un habitante del pueblo, que la empujó con fuerza y le gritó pervertidora, la hicieron renunciar.

Todos los teatreros reconocen el valor de su trabajo. Ella es como lo que hace; algo que muchos admiran pero que pocos se atreverían a vivir de igual manera. La maloca de Beatriz está bien de paseo para los que estamos acostumbrados a la urbe, incluso algunos días o una semana produciría una cura de estrés. Durante las funciones, todos los espectadores alucinan con el lugar. Les falta conocer la letrina, alumbrarse con velas y contentarse con los sonidos de grillos y pájaros para saber si serían capaces de vivir así.

Desvarío sicodélico Andrea Echeverri aparece lánguida y con esa belleza fatal y extraña de las doncellas del Renacimiento. Un abrigo negro de terciopelo en el cuello y un par de moñas mal agarradas en la cabeza le dan un aire entre descomplicado y agresivo. A los tres pisos de su casa de ladrillo expuesto, en el centro de Bogotá, se penetra por una sala adecuada como salón de ensayos.

Héctor Buitrago está engolosinado con la batería y con los sonidos electroacústicos de los aparatos que allí tiene. El es el cerebro de Aterciopelados, el que se encarga de lo musical y de como sonarán en el futuro.

Usted se imaginaría una mundo en blanco y negro? Esa pregunta jamás se le había ocurrido a la Echeverri. Sería aburridísimo . Hay que mirar el lugar lleno de banderas de Colombia, de afiches, de muñequitos de plástico conseguidos en los paseos por el mercado de pulgas del centro y sobre todo de cerámicas, para percatarse de lo aburrido que todo eso se vería en blanco y negro.

Hace dos años que acondicionaron su estudio, para no perder el toque personal. Es que, aunque son muy cómodos para trabajar, los grandes sitios de grabación, aquellos a los que los llevan en Estados Unidos o Europa para hacer los últimos arreglos de sus discos, los intimidan.

Héctor apaga la luz y me doy cuenta de las formas de las dos lámparas que adornan el techo. Como unas arañas de cristal que tienen luz total. Así se ve más funky , dice y entonces la bola de cristales de colores que está entre las dos lámparas empieza a girar y transforma el salón en una discoteca de los años 70.

Más adentro, junto a las gradas que anuncian el resto de la casa, está el taller de cerámica de la artista, con un horno gigante y una muñeca reloj de colores fuertes, como todo lo que hay allí.

Los ojos se llenan de cosas, de colores, como en un desvarío sicodélico que obliga a tomar distancia e incluso a sentarse para apreciar cada objeto: Esto lo compré en México , dice Andrea señalando un cajoncito con muñequitos azules y una muchachita de plástico y pelo negro que según el letrero pintado es Selena.

Héctor es más pragmático, a él solo le importaría salvar sus discos, los libros y las lámparas que ha conseguido pues la luz lo apasiona.

En esa casa se dan los toques finales a los temas, después de que él y ella los han compuesto por separado y los han pulido en el computador de él. Cuando estoy tan metido en el computador tengo sueños raros. Es que el computador es tenaz y como que se mete en los sueños , y parado junto al afiche gigante del Sagrado Corazón de Jesús, Héctor relata el sueño pesado en que se sentía gallina, pero como dibujada, en un plano extraño y lleno de puntos y rayas, como una imagen de computador.

La luz se vuelve a apagar, entre la búsqueda de sonidos y la preparación de otro viaje, Aterciopelados adelanta que ya tiene diez temas del nuevo CD, el que grabará el próximo mes y que en esta ocasión tendrá temas sobre lo que pasa actualmente en el mundo. La puerta se cierra ocultando lo que allí se hace, la casa de ensayos de Aterciopelados es solo para los familiares y amigos del alma.

El valor de la luz Los ojos de Beatriz González se posaron sobre la cara rota de una muñeca barata. El plástico rosado claro, las marcas oscuras del carro que le desbarataron las posibilidades de seguir jugando con su dueña y el gris del pavimento eran una obra de arte ; una de esas metáforas que la pintora persigue y de las que habla con pasión cuando tiene oportunidad.

No la recogió. Pudo más la sensación de suciedad que el polvo y la avenida atiborrada de carros le produjeron. Hoy se arrepiente y mientras esculca el armario grande en el que guarda sus objetos más queridos la loboteca , como ella misma le llama , es fácil imaginar el privilegiado espacio que hubiera tenido la muñeca rota.

Objetos de plástico y altarcitos dispensadores de sinceras peticiones (según se lee en sus bases), cerámicas que a primera vista parecen feas y sin gracia y motivos pintados y esculpidos de la última cena de esos que en cualquier casa de pueblo colombiano se encuentran se transforman en objetos de culto mientras los toma en sus manos, habla de su historia, de lo que le producen y de la manera como los consiguió. La artista tiene pocas cosas pero cada una con su historia. Nada está solo por estar.

En un piso 19, pleno de luz, con una vista digna de un atardecer lluvioso y con café caliente, conversadito, Beatriz agarra la reproducción en yeso de Shirley Temple, la rubiecita de Hollywood que un día de 1971 se topó en una feria de juguetería en pleno centro de Bogotá y que sin dudarlo un instante es su cosa preferida. Shirley Temple era rubia y vestía tules rosados, esta imagen es pelinegra y tiene una falda de bataclana , señala sonriendo.

Todas esas cosas que guarda con celo y algunos recortes de noticias y fotos violentas son fuente de inspiración.

En el nuevo estudio de Beatriz González, el que consiguió después de 15 años de habitar otro apartamento más pequeño y atiborrado, contrario al desorden que se pudiera imaginar en cualquier pintor, cada cosa tiene su lugar: A la entrada, al lado del ascensor, tiene obras de los 60, cuando estuvo metida con lo popular.

Después del umbral está el saloncito en el que tiene sus objetos y algunos muebles que creó en 1970; luego, un cuarto que guarda recortes, periódicos, revistas y libros de caricaturas; otro para dibujar y finalmente el más amplio, el más iluminado, el que da contra la Plaza de Toros y el Planetario; el de los pinceles de todos los tamaños posibles y un lienzo gigante apenas empezado a manchar.

Beatriz se deleita embarrando la paleta de colores, lo hace todos los días, de 5 a 8 p.m., mientras las luz natural agoniza y a su alrededor estalla el cielo de naranjas y fucsias. Lo más importante es que haya buena luz, que tenga espacio para guardar lo que se hace y que se pueda tomar distancia, que la pintura se pueda mirar desde cualquier lugar, de lejos y de cerca .

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