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CARLOS EDUARDO JARAMILLO

CARLOS EDUARDO JARAMILLO

Le deben tener muchos apodos. Si no es así, qué falta de imaginación. Porque da para todo. Así como se echa sus buenos apuntes, salpicados de fino humor, da papayita para que hablen de él. Hay que verlo por su cargo de asesor de la Consejería Presidencial para la Paz en esas reuniones de diálogo cuesta arriba con la guerrilla. No se queja, no molesta, pero en su maleta no faltan: aerosol contra las pulgas y las moscas, Vick Vaporub para la nariz, remedios para el dolor de cabeza y estómago, tres pares de medias, botas elegantes, chaqueta de cuero, perfume para la barba, corta uñas...

Y, uno que otro estilógrafo de su colección, al que le echa solo la tinta multicolor que prepara.

Igualmente es programado, serio, disciplinado y calculador. No habla para pensar. Son cosas que se le conocen desde que estudiaba sociología en la Universidad Nacional: promedios de cuatro para arriba y matrícula de honor. Por eso, pagó 10 o 15 pesos por algunos semestres. Allá tuvo su residencia: fue gorgonero , del Camilo Torres, del Diez de Mayo...

Allá en plena euforia de los 60 conoció a su esposa, la antropóloga Ximena Pachón. También a Alfonso Cano. Añora esa época de discusión y competencia intelectual. Participó en algunos movimientos, pero no militó. Hoy lo llaman el arrepentido Jaramillo.

Es el primer posgraduado en ciencias políticas de los Andes. También hizo un doctorado en Francia. Recorrió Europa en una camioneta que también le servía de hotel. En el Ministerio de Educación fue jefe de la división educativa. Luego, asesor del director del Icfes y subdirector de planeación del Sena.

Es perfeccionista en sus estudios sobre la violencia, sus trabajos sociológicos y sus propuestas de paz. Pero, todo lo contrario para cosas poco intelectuales como hacer un arreglo eléctrico en casa. Su cabello debería estar más rizado con tanta corriente que ha atravesado su cuerpo...

Luego, a la hora de armar el recompecabezas de piezas, se pregunta siempre lo mismo: porqué sobran tantos tornillos.

La hora del té son las cinco de la tarde, con galleticas o los pistachos de San Andresito. Sus compañeros se burlan. Envidia, diría él, pues no falta quién venga a gorrearle.

Es definitivamente chocho este ibaguereño de 46 años. Y, con mucho de cachaco, pues desde el 65 vive en Santa Fe de Bogotá: callado y tímido. Consiente su estómago con buenos tragos, buena comida y música clásica, que escucha a toda ahora, incluso en su equipo láser portátil.

Permanece con la dominguera hasta cuando está de bluyines. Dejó el cigarrillo hace veinte años. Es poco rumbero. Escaso de buenas amistades. Por gusto a la fotografía, tiene unas 1.200 fotos del proceso de paz con el M-19. También pintó figuras humanas al óleo en una época.

Las reuniones las prefiere en el hogar. Si no, después del noticiero de las 9:30, sale a caminar con su esposa. Los tres niños se quedan en casa.

Sí, en ese pequeño apartamento que más bien parece un anticuario. Porque casi todo proviene de alguno o se lo que dejó su suegro: mesas, libros, armas, fotos, dibujos, platos... Hasta la cama en que duerme era del abuelo.

El pasado está en el presente de Carlos Eduardo Jaramillo Castillo. Como historiador, sociólogo, politólogo y violentólogo, siempre echa una mirada atrás: empezó con artículos de revista. Escribió Julio Varón: el guerrillero de El Paraíso, premio de Historia de la Ciudad de Ibagué. Son siempre los mismos temas: la Guerra de los Mil Días, el 9 de Abril... Y ahora, Los guerrileros del novecientos, como se llama su nuevo libro, editado por el Fondo Editorial Cerec, el cual duró cinco años escribiendo.

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