Secciones
Síguenos en:
SECRETOS DE CORDILLERA

SECRETOS DE CORDILLERA

Mutiscua es un poblado incrustado en la montaña y construido de mármol. Con sus calles empinadas y sus paredes labradas en esta piedra, hace parte de una sorpresa que Norte de Santander guarda en medio de sus escarpadas montañas. El pueblo, en efecto, se hizo nido en medio de insólitas depresiones de la cordillera oriental y a las bocas de una inmensa e inagotable mina de mármol.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de mayo 1992 , 12:00 a. m.

Y anónimo, tanto como sus habitantes y sus escultores innatos, construyó sus áreas públicas con la única materia que la naturaleza le dotó en abundancia, el mármol.

En mármol se hizo su parque central, en mármol su iglesia y su altar y en mármol las bancas que se esparcen por sus empinadas y desoladas calles. Y por su puesto, también en mármol son sus artesanías, esculturas labradas a mano que igual son para poner sobre una mesa o para soportar, a manera de columnas, enormes construcciones. El conjunto está sin embargo, muy lejos de estilo de las más antiguas y señoriales ciudades de la Grecia inmortal. Mas no por ello deja de ser un recodo insólito en donde el arte popular construyó un conjunto magnífico que se mimetiza en su escarpada montaña y en donde se recupera la arquitectura campesina de adobe y teja de barro para mezclarla con la depurada piedra que la naturaleza le brindó a montones.

Pero en realidad Mutiscua es el fin de un recorrido insólito que se inicia a las puertas de Bucaramanga y culmina en Pamplona en donde la carretera se abre camino por entre una empecinada y extraña cordillera y ofrece su plato fuerte por encima de los 3.500 metros sobre el nivel del mar en la meseta de Juan Rodríguez del páramo de San Turbán.

El espectáculo comienza a las puertas de Bucaramanga e invita a tomar el desvío a Tona, un poblado ubicado apenas a 25 minutos de la capital santandereana por una carretera que desciende por el medio de un exuberante bosque de árboles enormes y un jardín de helechos que dejan caer sus hojas sobre la vía.

La carretera llega a las mismas orillas del río Tona y de allí, por el medio de las típicas casas de campo y los artesanos del fique, lleva a la población de calles de piedra, casas blancas y puertas cafés.

Con suaves 18 grados de temperatura, Tona ofreció su destino al patrono ideal para su vocación: San Isidro Labrador y ofrece como bocado típico los cacaítos exquisitos dulces de chocolate y panela.

Pero el camino, lleno de oscilaciones, que cambia de altura tan rápido como de paisaje, debe seguir rumbo de la frontera. La carretera se enrumba de forma extraordinariamente rápida camino del páramo y a escasos minutos de Bucaramanga es cubierta por la espesa neblina. Pero es al llegar a Arenales, a 3.300 metros sobre el nivel del mar, cuando la cordillera devela su mayor secreto.

Allí desaparece repentinamente la neblina y se abre un extenso valle helado, como cualquier páramo, pero seco como un desierto. Es la meseta de Juan Rodríguez, en el páramo de San Turbán, una zona geográfica de interés en donde las bajas temperaturas acompañadas de condiciones extremadamente secas, la convierten en un verdadero e inmenso silo regalado por la naturaleza como recurso económico insólito.

Así lo descubrió desde 1530 el conquistador Alfinjer cuando recorrió estos territorios y notó cómo los indígenas de la región podían conservar sus alimentos al aire libre por largos períodos sin que se deterioraran gracias a las condiciones climáticas de la región.

No fue gratuito por ello que bautizara Silos a la población que fundó ese año y que aún se mantiene intacta con sus calles adoquinadas y sus casas de estilo español.

La visita es parte importante del recorrido pero para llegar a ella es imperativo disfrutar de la meseta en toda su magnitud. La carretera la atraviesa a lo largo de 12 kilómetros perfectamente planos bordeados, a lo lejos, por pequeñas colinas onduladas que conforman los silos naturales, valles de frailejones de inesperado colorido y una buena serie de lagunas naturales ideales para la pesca y la fotografía.

Inversionistas nortesantandereanos saben el valor de ese recurso turístico sin par y han instalado a lo largo de la vía restaurantes y condominios al mejor estilo de las estaciones de montaña europea que ofrecen la posibilidad de un buen alojamiento, y la infraestructura necesaria para la práctica de la pesca, la cabalgata y la contemplación.

En los confines de la meseta, está el pueblo de Berlín, y un poco más adelante, cuando reaparecen los cañones propios de la cordillera, los caseríos El Atico, Pachacual y La Laguna.

A mano izquierda un desvío lleva a Silos, la encantadora población fundada por el alemán Alfinger que, entre su arquitectura colonial conserva la Casa del Matacho, con una figura tallada en madera alrededor de la cual hay viejas leyendas.

Luego sí viene Mutiscua el pueblo construido en mármol, a escasos seis kilómetros de Pamplona, la ciudad estudiantil de Norte de Santander.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.