VICENTE NASI

VICENTE NASI

Si las cosas fueran diferentes, estaría subido en un andamio supervisando personalmente algún proyecto que acabara de diseñar. Pero, con 82 años, se encuentra recluido en su apartamento. Pasa los días en el estudio dando pequeños paseos de tres metros a la redonda. Una vida sedentaria y tranquila que solo interrumpen sus nietos.

01 de julio 1991 , 12:00 a.m.

Por lo menos el lugar donde vive lo diseñó y construyó él mismo. Ese es un gusto que siempre se dio. Edificio que construía, apartamento que estrenaba. Se la pasó de trasteo en trasteo.

En Colombia, se le considera uno de los pioneros de la arquitectura moderna. Llegó al país a comienzos del siglo, 1928, cuando Bogotá era tan solo algunas cuadras y muchos potreros. Los balcones coloniales y los zaguanes se asomaban a las calles empiedradas para ver los oscuros y lluviosos días, propios entonces más que hoy de la capital.

Venía de Italia, donde los conceptos arquitectónicos basados en la racionalidad estaban de moda. Y, aquí, encontró bastante espacio para desarrollarlos.

Claro que guardando una respetuosa distancia para mantener su independencia. Es un convencido de que la originalidad y la creatividad son el espíritu de la arquitectura. Por eso, nunca se casó con un estilo ni tiene uno particular.

No ha sido tan pretensioso como para dar un nombre a su arquitectura. Si tuviera que dar algunas características propias diría que son el ingenio, la imaginación y la creatividad que salen de improviso cuando tiene un tema por desarrollar.

La pasión por las formas la tiene desde pequeño. Su padre era constructor y con él comenzó a conocer el oficio. Un gusto innato lo hacía construir casas de juguete. Hasta que, con el tiempo, llegó a levantar verdaderas edificaciones.

Dentro de sus obras, las que más recuerda, aunque a todas les guarda un cariño especial, son la estación del ferrocarril de Buenaventura y el Amparo de Niños.

La primera, porque era un reto romper con la monotonía de la plomiza y lluviosa atmósfera de la región. Lo logró: fue una de las primeras muestras de arquitectura moderna que se levantó en el país en 1930 y que aún se conserva.

Con particular cariño recuerda la segunda, el Amparo de Niños, por el carácter social de la obra. Ese fue su aporte a la niñez que tanto quiere. Allí, la armonía de luces y sombras rompe con la monotonía del ladrillo. Pero, lo que más le gusta es la capilla: en forma de cruz latina, donde la planta lateral sobresale de la central y una franja de vidrio ilumina el interior.

Sin embargo, hay obras que le satisfacen más: las casas campestres que construyó en Fusagasugá y en la Sabana de Bogotá. Porque en el campo se construye sin linderos que pongan límites a la imaginación y la naturaleza misma le sirve de inspiración.

Vicente Nasi, nacido en Turín, habla con la serenidad que dan los años y la confianza que da la experiencia. Para él, desde que el hombre salió de las cavernas, la arquitectura es un arte y no una técnica. Bajo ese criterio se enmarcan todas sus obras: hay que conservar la estética, esa armonía entre las formas, los volúmenes y el color, para que despierten la sensibilidad en el alma y en la mente.

En sus construcciones, prefirió la piedra porque cree que es el más noble de los materiales de construcción. También el ladrillo a la vista, pero siempre con algún detalle en piedra para evitar la monotonía cromática.

Coqueteó con el hierro bastante como elemento característico de la arquitectura moderna. Además, porque en el país encontró herreros y canteros que eran verdaderos artesanos.

Las mayores satisfacciones no las ve hechas de concreto sino de papel. Habla, con orgullo, de sus edificaciones publicadas en revistas extranjeras como Domus de Milán, The Architectural Forum de Nueva York y Architect s year book de Londres. Con orgullo, porque así ve cómo sus opiniones y su arquitectura no pasaron inadvertidas.

El Museo de Arte Moderno organizó una retrospectiva que muestra cuarenta de sus proyectos con planos, fotos y dibujos sacados de un armario, donde tenía guardados todos sus recuerdos. Este material pasará luego al Museo de Arquitectura de la Universidad Nacional. Un bello aporte.

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