JAIME GIRALDO ANGEL

JAIME GIRALDO ANGEL

Parte es el yo y parte las circunstancias: el ministro de Justicia, Jaime Giraldo Angel cita con agrado a Ortega y Gasset. No por coquetería intelectual. En este momento tiene claro aunque no lo dice abiertamente que la justicia colombiana ya no es ni será la misma. En parte por su gestión y en parte por los momentos graves que tuvo que afrontar el país. La crisis fue la oportunidad de mostrar que hay otros caminos de solución.

30 de junio 1991 , 12:00 a.m.

Esas salidas no las improvisó este hombre sencillo, modesto y de una austeridad que luce con gran dignidad. Su política es la expresión de sus convicciones forjadas durante largos años de estudio de sicología, derecho y filosofía. Su pasión por el existencialismo (siguió la obra de Kikergaard y Sartre) le ha permitido centrar el derecho penal en el delincuente, no en el delito.

Este Ministro, paisa, casado desde hace 37 años, con ocho hijos y ocho nietos, no es de los que se glosa defendiendo la normatividad jurídica. El delito lo ve como un problema sico-social y la justicia la analiza más en términos de eficacia que de exégesis de textos.

Su enfoque del hombre no es abstracto. Lo sitúa en el tiempo y en el espacio. Siempre se ha movido en los procesos con un pragmatismo que, al parecer, fue lo que sedujo al presidente César Gaviria.

A Jaime Giraldo no se le ocurrió que sería ministro. Cuando el Presidente le propuso, él lo previno de que sus análisis, muy poco académicos, le valdrían enemistades. Por eso no le afectan los ataques. Los esperaba.

Desjudicializar ciertas conductas, crear mecanismos extrajudiciales para regular conflictos, buscar soluciones para el narcoterrorismo al interior del derecho... No podía dejar inerme a muchas gentes. Yo los entiendo , dice recostado en el sillón que tiene en el pequeño salón de su casa donde escribe, en su computador, decretos, proyectos de ley y comunicaciones que deben tener algún fondo .

Entiende sobre todo a las víctimas de los narcos. Pero desde el Estado no se puede mirar al país con sentimientos emocionales. La legitimidad de esos dolores no puede justificar que el país siga en una guerra sin sentido. Esa convicción lo pone a salvo de las mortificaciones que podrían suscitarle algunos artículos y editoriales furibundos.

En su defensa tiene otro argumento que él cree duro como el concreto: nadie en el Gobierno ha pensado que el sometimiento lleve a la impunidad. Nadie habló de perdón ni de indulto. Lo que se les propuso a los narcotraficantes fue someterse. Por eso se indigna si alguien le habla de claudicación: el Estado diseñó un mecanismo para castigar a los que han delinquido. Lo dice enfáticamente.

El fue, y el presidente Gaviria lo reconoció, el principal instigador de la política cuyo punto fuerte fue la entrega de Pablo Escobar. No oculta su satisfacción: Las cosas que estamos haciendo están resultando válidas .

Vigorizar la justicia sigue siendo su lema. Es la tarea que piensa continuar a pesar de las insinuaciones de su esposa quien cree que ya llegó la hora de retirarse. Es que el ministro de Justicia es terco y, en cuestión de convicciones, intransigente. Esa solicitud aún no la ha consultado con su familia que en dos oportunidades le aprobó, en asamblea general, sus decisiones: cuando fue nombrado a la Corte Suprema de Justicia y cuando le propusieron el Ministerio.

Su hogar es su valor esencial y su nicho más preciado. De él, salvo para ir a su trabajo, sale muy poco pues la vida social ni lo trasnocha ni le interesa. Sus escapadas son más bien ecológicas y están limitadas a algunos fines de semana a su pequeña granja de la sabana de Bogotá.

En ella se ha pagado sus mejores aventuras recreativas. Una vez sembró ajos y se le encebollaron. Se los dio a las vacas y entonces le dejaron de comprar la leche durante dos meses. Otra vez, cultivó rosas y cuando las mandó a vender le ofrecieron tan poco que no tuvo otro remedio que verlas fenecer... Sin embargo, esas efímeras veleidades de agricultor lo entretienen y le mantienen su carácter afable. Jaime Giraldo se ríe con facilidad.

En la casa también lee afanosamente todo aquello que tenga que ver con el existencialismo. En esos casos pone música clásica; Strauss sobre todo. Los tangos y la música de carrilera son para las noches en que tiene amigos en casa y los acompaña con un par de whiskys y una buena ración de cuentos. Las rancheras las saca cuando va de paseo.

Conservador, chapado a la antigua? Godísimo , responde refiriéndose a esos hábitos de vida. Godísimo también en los lineamientos generales de su vida; en esas creencias que le enseñó su padre, un paisa que trabajaba de sol a sol, y que ahora él comparte con sus hijos: la honestidad y el respeto al compromiso personal; saber que la vida hay que ganarla con esfuerzo y construirla poco a poco; convertir la familia y la amistad en pilares irremplazables; no vivir en función del dinero (no hay nada suntuario en su casa: tendría sentimiento de culpa).

De ahí no se mueve. Pero, dialéctico, sabe que lo único permanente es el cambio y que si no se tiene plasticidad, los principios, por sabios que sean, se vuelven camisas de fuerza inadecuadas e ineficaces.

No es que viva a dos velocidades. Jaime Giraldo Angel es de los que tienen una concepción teleológica del mundo. El sabe que los seres se mueven con base en metas que dependen, también, de las circunstancias. Eso lo resume en una frase: Para que lo permanente pueda permanecer es necesario que se adecúe al cambio .

No siempre ni en todo lo ha podido hacer. En arte, es un ejemplo, ha llegado hasta los impresionistas de fin de siglo pasado. Al Museo de Arte Moderno de Nueva York lo llevaron una vez pero no vibró con las artistas de este siglo. Lo reconoce sin ningún rodeo.

Con el Ministro de Justicia una cosa es segura, que se le respete o se le critique: es un hombre que habla claro.

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