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PERSONAJES Y ANTIPERSONAJES

PERSONAJES Y ANTIPERSONAJES

Todos los pueblos necesitan héroes y villanos. En ese sentido, resulta saludable el ejercicio navideño de escoger todos los años los personajes más destacados. A muchos también les gusta escoger los antipersonajes , es decir, a los que se les debe sacar tarjeta roja.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de diciembre 2003 , 12:00 a. m.

En un país en guerra como el nuestro, el personaje para destacar debe ser el soldado, ese soldado anónimo que todos los días expone su vida por el resto de los colombianos. Está de primero en la lista. Pero hay también muchísimos colombianos que merecen ser exaltados y a quienes el país debe reconocerles su buena labor.

En mi lista, por ejemplo, incluiría al Contralor General de la Nación, Antonio Hernández Gamarra. Desde que lo conocí como miembro de la Junta Directiva del Banco de la República se ha mostrado siempre como una persona centrada, inteligente, bien preparada y con una inmensa virtud: no habla más de lo necesario. Así se ha comportado en la Contraloría.

Como Contralor ha hecho siempre unos planteamientos serios, unas críticas no solo constructivas sino bien cimentadas, y dentro de su organización ha obrado con eficiencia y sin politiquería. Pero tal vez lo que más me gusta del Contralor es que se ha empeñado en garantizar el debido proceso, o sea, no hace espectáculo alguno ni divulga información sobre las investigaciones que ha iniciado, como era tan común en el pasado.

El otro nombre que incluiría es el de Antanas Mockus. No tanto por los indicadores de gestión que ha divulgado recientemente, y que en su mayoría son muy satisfactorios, sino porque ha mantenido dos valiosas constantes en su administración.

La primera es que ha sido riguroso en la aplicación de los principios del buen gobierno. Y la segunda es que ha sido obsesivo en promover y mejorar la cultura ciudadana. Estos dos aspectos, a la larga, son tanto o más importantes que la buena gestión fiscal o la transformación física de la ciudad. Ojalá Lucho siga sus pasos.

En el lado de los antipersonajes teníamos en la lista a un individuo que toda la vida se ha caracterizado por su obsesivo egocentrismo y por su pequeñez, en el sentido más amplio de la palabra. Acaba de publicar un libro donde despotrica de toda la humanidad y pretende reescribir la historia para mostrar, como éxito, su estrepitoso fracaso en la dirección de El Espectador. Pero no solo eso: también intenta demostrar, vaya descaro!, que su paso por la Embajada en Washington no fue uno de los episodios más patéticos en la historia reciente de la diplomacia colombiana.

Sin embargo, un eminente psiquiatra y amigo, Alberto Fergusson, me explicó que lo de don C. Ll. de la F. es muy común entre los hijos a quienes les queda grande y los apabulla la importancia de su padre. Es una enfermedad mental como cualquier otra donde con frecuencia asumen actitudes indiscriminadas contra todo el mundo, producto de sus rivalidades y envidias imaginarias y cuasidelirantes . Además, esa compleja situación edípica (término médico) se acentúa en la medida en que los hijos fracasan en todo lo que pretenden hacer, como lamentablemente le ha sucedido a Carlitos Lleras.

Ya entendemos entonces, sus miles de contradictores, por qué un individuo que traiciona a su padre, y demanda a su señora madre, se atreve a enjuiciar el carácter de otras personas: es producto de su enfermedad. No sería entonces justo incluirlo en la lista de los antipersonajes , pero sí recomendarle las lecturas de San Agustín sobre la humildad.

* * * ME DA MUCHA PENA con algunos honorables congresistas que están promoviendo una ley para prohibir, entre otras cosas, los toros y las peleas de gallos. Puede sonar políticamente incorrecto , pero a nombre de los miles y miles de colombianos que nos gusta ir a toros y a las galleras, y de todos los que viven de esas actividades que son parte esencial de nuestro folclor, le pediríamos al Congreso (la Comisión Quinta de la Cámara) que archive ese proyecto.

A quienes no les gusta o les parece cruel una buena corrida o una buena pelea de gallos, la solución es muy sencilla: no vayan. Pero, qué tal la Feria de Cali sin toros o el Festival Vallenato sin gallos? Y, por Dios!, no sigamos legislando como si viviéramos en Dinamarca

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