EL FUNDAMENTO ÚLTIMO DEL PODER

EL FUNDAMENTO ÚLTIMO DEL PODER

No existe tema político de mayor importancia que la fundamentación del Poder. De donde proviene que las razones que justifican su existencia y la correlativa aminoración de nuestras libertades, son temas de permanente reflexión. Especialmente ahora que vamos a acometer una reforma de las instituciones que nos han regido por más de una centuria. La Constitución de 1886 declara que la soberanía pertenece a la Nación. El M-19, en documento programático profusamente divulgado, habla de devolver al pueblo la máxima autoridad para que de él emane todo el poder del Estado. Aunque no se conoce aún el proyecto de Constitución del Gobierno, cabe conjeturar que también preconizará la soberanía popular. Así lo establecía la iniciativa de reforma que, como ministro de Gobierno, llevó el actual Presidente al Congreso en 1988.

16 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Optar por una u otra alternativa fue objeto de arduos debates en el pasado. Las constituciones liberales del siglo XIX se basaron en la soberanía popular. El movimiento regenerador de Núñez adoptó la soberanía nacional como antídoto contra la anarquía en que el país había caído y superar lo que desde entonces se llamaba retozos democráticos .

No obstante, plantear de nuevo esta polémica no tiene importancia. La tesis de la soberanía popular sirvió para negar el derecho al voto a quienes carecieran de patrimonio o rentas mínimas, o su grado de escolaridad fuere reducido.

Eliminadas estas limitaciones, y otorgado el voto a las mujeres por el plebiscito de 1957, el sufragio universal es ya una conquista irreversible. Esta circunstancia elimina, en la práctica, la distinción entre Nación y Pueblo .

De otro lado, ambas teorías sobre la legitimidad del poder parten de una concepción unitaria y orgánica de la sociedad. Las distintas formas de articulación social se engloban y subordinan por la colectividad mayor: la Nación o el Pueblo que dan origen al Estado. Y como el interés común es superior a los intereses de grupos o individuos, el primero debe prevalecer.

Este es, ni más ni menos, el sustento de algunas teorías totalitarias del poder. La soberanía del pueblo trabajador se encuentra en el origen de las dictaduras comunistas; detrás de los intereses vitales de la nación alemana, la tiranía ejercida por Hitler.

La verdad es que los conceptos de Nación y Pueblo son ilusorios. Existen, en primer término, hombres de carne y hueso, y, luego, múltiples fuerzas sociales en un proceso de permanente mutación.

Por eso ningún conflicto, como tampoco ningún tratado de paz, tienen carácter definitivo. Arbitrar esos conflictos de intereses siempre parciales, porque ningún grupo puede proclamar que represente el interés global, es la tarea permanente del Estado.

Si la realidad social primordial son los individuos, la Constitución debería hacer recaer la soberanía en los ciudadanos, quienes reunidos en el cuerpo electoral eligen periódicamente a los funcionarios que han de gobernar o toman otras decisiones fundamentales; por ejemplo, la convocatoria de la Asamblea Constituyente que sesionará este año. Hace más de 200 años la Revolución Francesa dejó establecido que los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos .

Es entonces de nuestra libertad como ciudadanos por lo que surge la sujeción política. La soberanía no es una e indivisible; por el contrario, es plural porque muchos son los ciudadanos, y divisible porque a cada uno de nosotros corresponde una pequeña fracción.

He aquí una teoría liberal del poder político que puede servir, especialmente a un partido que navega a la deriva, sin filosofía, sin tesis, sin principios y sin directores.

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