HAY QUE TENERLO EN CUENTA

HAY QUE TENERLO EN CUENTA

Aunque el dogmatismo de los dueños de la verdad económica desestima cualquier insinuación o idea contraria a sus inmodificables creencias, la inocultable gravedad del fenómeno inflacionario, ubicado en la magnitud del 32.36 por ciento durante el año pasado, obliga a reflexionar cada vez más sobre los acontecimientos y, lo más importante, sobre la forma de proceder para atacar de raíz el problema. Usando un poco el lenguaje técnico hay que decir que sobre el fenómeno gravitan diversos tipos de factores, unos controlables por las autoridades económicas y otros francamente imposibles de manejar por ella debido al carácter externo --exógeno en nuestra terminología-- que tienen. De la influencia que cada factor ejerza dependerán las siguientes cuestiones: las peculiaridades del mal, el grado de intensidad del mismo, la posibilidad real de control y la perdurabilidad en el tiempo de las dificultades por él acarreadas. Ciertamente no es lo mismo una inflación producida por una expansión mo

16 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Puestas así las cosas, es requisito fundamental para lograr el éxito deseado un correcto diagnóstico de la situación, pues de él depende tanto la selección de los instrumentos como la ruta por seguir.

Aunque varios especialistas lo han sostenido --no muchos es verdad--, el diagnóstico que se tiene de la actual inflación colombiana no es del todo acertado por tres razones principales: con demasiada frecuencia se suele soslayar el carácter inercial que tiene --se reproduce en el tiempo a manera de fotocopia--; desestima los elementos externos que en ella inciden; y no contempla las dificultades sociales imperantes.

Dejando el asunto de la inercialidad momentáneamente de lado, no porque no sea muy importante, sino por el interés que tengo de insistir más sobre los dos últimos puntos, quiero destacar lo siguiente: primero, el convencimiento que algunos tienen de que el actual padecimiento se origina íntegramente en el país y por lo tanto es controlable con los instrumentos convencionales, no va con la realidad actual y pretérita de nuestra economía. Y, segundo, en el balance social hay que medir bien el costo de bajar abruptamente la nociva enfermedad. Objetivamente presentado, el hecho cierto es que después del proceso de ajuste provocado en los países industrializados durante los años setentas y parte de los ochentas por las presiones inflacionarias engendradas por la laxitud de los mercados de eurodivisas y agravadas por las alzas bruscas de los precios del petróleo, siguió una práctica de buscar nuevas formas de regulación macroeconómica a través de la concertación de las autoridades monetarias y fiscales de mayor peso económico. Por qué esta situación? Porque la transnacionalización, iniciada en los Estados Unidos en los sistemas productivos, culminó con la formación de un método monetario-financiero capaz de generar cualquier cantidad de liquidez, pero por completo al margen de las normas reguladoras, que a su turno erosionó la capacidad reguladora macroeconómica de los gobiernos nacionales.

Dicho de otra manera, en la medida en que la interdependencia entre las economías nacionales creció, los equilibrios internos quedaron más sujetos a las relaciones externas, las cuales carecen de mecanismos reguladores. Esto no quiere decir, por supuesto, que internamente no haya nada qué hacer. Simplemente el margen de maniobra se reduce y la efectividad de las medidas se torna menor.

En cuanto a la cuestión social, solamente me cabe recordar lo dicho en estas columnas y sumarme a los llamados de atención que en su momento han hecho columnistas de la inteligencia de Abdón Espinosa y D Artagnan. La pura técnica frente al costo social no puede prevalecer inconsultamente. Sabemos que controlar la inflación trae consigo costos altos; pero las cosas no se pueden llevar al extremo de arruinarlo todo. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre, dice el adagio. Vale la pena aplicarlo.

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