LA PENDEJADA DE EL ESPECTADOR

LA PENDEJADA DE EL ESPECTADOR

Su experiencia en la dirección del diario bogotano, en este aparte de Partitura indiscreta , continuación de las memorias que Lleras inició con Sin engañosa cortesía .

07 de diciembre 2003 , 12:00 a.m.

(en octubre recibí una llamada telefónica de Nueva York; estaba yo en mi oficina, y la atendí.

Era Julio Mario quien me invitaba a cenar con mi esposa, en su apartamento de Park Avenue; me explicó que Andrés Obregón, entonces presidente de Bavaria, viajaría también ese día y que el avión estaba aguardándonos en El Dorado.

Me pareció interesante y llamé a mi mujer, quien leía el periódico en su cama, y le dije que debía estar lista hacia las 12, cosa que le produjo el nerviosismo que la caracteriza cuando no dura al menos ocho días preparando su equipaje, pero triunfamos en el empeño y a eso de la una, y en la grata compañía de Andrés, despegamos hacia Estados Unidos, habiendo recibido a bordo todas las atenciones del caso, incluido un excelente almuerzo frío. Sin lugar una de las ventajas de ser rico es llegar al John F. Kennedy, quedarse entre el avión mientras aparecen la Inmigración y la Aduana, tener los automóviles al pie de la escalerilla, y salir rumbo al hotel, todo ello en menos de treinta minutos.

Ese verdadero tratamiento VIP y el ayuda de cámara y acompañante de Eduardo Santos, Carlos Quintero, son dos comodidades que hubiera disfrutado pues pertenezco a ese peculiar grupo de gente que nace con gustos de rico, pero sin dinero, logra vivir espléndidamente hasta la vejez, pero ni ha tenido avión ni a una persona (como Carlos Quintero) que viaje la víspera con el equipaje de modo que cuando uno llega a su destino encuentra la ropa planchada y organizada en el clóset del hotel.

Me parece recordar que nos alojaron en el Drake y a eso de las 8 p.m. llegamos donde los Santo Domingo y allí cenamos y pasamos un rato agradable, durante el cual no se habló una palabra sobre el motivo del viaje. Al despedirme, Julio Mario me dijo: Con las señoras aquí no se pueden conversar ciertas cosas, de modo que te espero a almorzar mañana .

A medio día nos reunimos y entonces me propuso que aceptara la dirección de El Espectador; fue grande mi sorpresa y, sin tener mayor información sobre el estado del periódico que había pasado por varias crisis económicas, me sentí inclinado a aceptar.

Yo, como ya lo relaté, había sido columnista por varios años pero eso es una cosa, y tener un editorial y unas notas del día para opinar -con el peso de un periódico- es otra, muy distinta.

Poco conocía yo a Julio Mario; treinta y cinco años atrás me había buscado alguno de sus parientes para que defendiera a parte de la familia de la voracidad del hijo supérstite de don Mario, encargo que no había aceptado pues estaba muy recién graduado y me faltaba preparación para pasar a las ligas mayores.

Había sido testigo de sus múltiples desavenencias con mi padre y me consta que no se soportaban; recuerdo un gran almuerzo que ofreció Antonio Castilla Samper en su hermoso cafetal y al cual asistió la oligarquía en pleno para oír a Lleras hablar. Me parece que esto ocurrió con ocasión de una de sus campañas reeleccionistas y me sorprendió ver allí a Santo Domingo, quien no se acercó a mi padre y permaneció sentado en un corredor externo de la tradicional casa.

Con Augusto López, quien siempre fue particularmente cordial conmigo, me había reunido algunas veces y en un par de ocasiones habíamos almorzado juntos en Bavaria hasta cuando, a comienzos de 1999, fui designado miembro de la junta directiva de Valores Bavaria, no sé por qué.

Regresando al almuerzo en Nueva York, discutimos y acordamos las condiciones económicas a las cuales agregué, conociendo la fama del Grupo, una cláusula que me protegía de cualquier rabieta del jefe del clan o de las intrigas de sus validos de turno.

Puse yo desde el comienzo una condición que fue aceptada y que dio lugar a un compromiso que Julio Mario cumplió hasta el último día, pese a que le debió producir, a él y a varios de sus amigos, úlceras duodenales: ni él, ni nadie de Bavaria metería la cabeza en la dirección del periódico; más aún, los empleados caracterizados del grupo saldrían de juntas y comités y Bavaria nombraría a quienes yo propusiera.

Pienso ahora que si la reunión hubiese sido en Bogotá y alguien me hubiera contado el lamentable estado en el cual se encontraba el matutino, tal vez las cosas hubiesen sido diferentes; lo que nunca he logrado saber, y ya no me importa, es si todo fue calculado para, precisamente, mantenerme a oscuras de la realidad la cual, sin duda, tenía la capacidad de afectarme pues que quiebre un periódico cuando uno es el director no es nada grato.

Como no tuve ningún mal pensamiento, estaba satisfecho con las perspectivas y con el ejercicio del periodismo, como única ocupación.

Sellado el acuerdo me marché, y esa noche cenamos con Andrés Obregón y, tal vez, Ricardo Obregón y su esposa y Juanita Echavarría y su esposo; uno o dos días después volvimos a Bogotá, ya en avión de línea.

Zoquetes sin imaginación Estuve conversando con Rodrigo Pardo, el director saliente, quien me dijo que él poco se metía en temas administrativos, ejemplo que yo hubiera debido seguir, y nada me comentó tampoco sobre la muy lamentable situación económica del periódico. El tema era aparentemente tabú y me costó varios meses entender por qué Santo Domingo había comprado, y muy caro, un periódico quebrado que en Francia, como ocurrió con el France Soir, hubiera cambiado de manos por medio franco; por qué fue imposible frenar la crisis, y otros puntos que mencionaré sin demasiados detalles, pero que no omito por que abundan los zoquetes sin imaginación que cuando han querido fastidiarme han recurrido al ridículo argumento de que yo quebré El Espectador (!), rumor malévolo en cuya difusión podría perfectamente haber participado el Grupo y que, para ellos, tiene la ventaja de que he estimado a la familia Cano lo suficiente para no salir a contar la verdadera historia de la enfermedad y agonía de ese periódico, grande, sobre todo cuando estuvo en manos de don Fidel, el fundador, de don Luis, don Gabriel y Guillermo. Pero ya volveremos.

Esta última etapa de mi vida pública está escrita sin consulta de papel alguno, pues no es una entrega por inventario, pero no puedo dejar pasar numerosos temas ya que, en concepto de mis amigos cercanos, no hacerlo parecería una aceptación de tanta bobería que se dice como, por ejemplo, que después de mi salida el periódico recobró su prestancia! cuando la que tuvo se la di yo.

Encontré un periódico con unos 200 trabajadores, un edificio absurdo y medio desocupado, unas rotativas de más de 20 años, una sistematización en curso y todavía sin equipos en línea, con programas piratas, desorden administrativo, un presidente que no entendía el periodismo y que creía que él era más importante para el periódico que el director y que no hablaba con el gerente comercial, una junta directiva que no se reunía y que había sido suplantada por un comité del grupo (Inmediatamente eliminé el comité e hice nombrar una junta de toda mi confianza; el presidente de Bavaria y Julio Mario y su hijo mayor eran invitados permanentes y el segundo concurría a casi todas las sesiones. Dejé de reunir la directiva en las oficinas de Bavaria en la 94 y exigí que todos los miembros fueran hasta ese remoto lugar donde estábamos instalados.

Cancelé varios contratos de samperistas desempleados o de amigos del Grupo costosamente enchanfainados; en fin, en lo que toca con la redacción se puso orden.

El Espectador tiene una historia dramática que cubre la segunda mitad del siglo xx, para no hablar de las discrepancias de don Fidel con el general Rafael Reyes.

Había sido saqueado el 6 de septiembre de 1952, el mismo día en el cual quemaron nuestra casa; Rojas Pinilla lo había clausurado y había sido víctima de otras persecuciones estatales que llevaron a un pleito de enorme valor, para manejar el cual, sin honorarios, se ofreció mi padre, quien lo ganó; la pelea con Jaime Michelsen y el Grupo Grancolombiano le costó millones de pesos en pauta; la bomba que pusieron los narcos causó estragos, pero los seguros y otros apoyos permitieron controlar la crisis y, en fin, el asesinato de Guillermo Cano afectó seriamente la calidad del diario.

Si sumamos a todas las desgracias, muchas de las cuales también padeció El Tiempo, la mala administración de la empresa, lo cual no afectó el otro matutino, tenemos que concluir que cuando tanto tonto, para fastidiarme, decía o escribía cuánto añoraba la gente ( cuál gente?) la época de los Cano, yo me preguntaba cuál época: la gloriosa de don Luis, la de los grandes editoriales de Guillermo o la del desorden que llevó a los acreedores a asumir el manejo del periódico y a nombrar presidente de la junta a Carlos Gustavo Cano (de otros Cano).

Pero la familia, que a diferencia de los Santos no se había preocupado por organizar una típica empresa familiar y tenía una de aquéllas de las que los tratadistas ponen como ejemplo de lo que no se debe hacer, no fue previsiva, pero sí afortunada.

En efecto, nadie quería ver desaparecer un periódico con esa trayectoria y los acreedores fueron benévolos y Julio Mario lo fue aún más.

Por qué compró Augusto López, con el visto bueno de su jefe, El Espectador y a ese costo, por un valor y en unas condiciones que negoció personalmente con Carlos Medellín (quien abandonaba con frecuencia mi campaña pues esa negociación era más importante) y que parecen inverosímiles? En alguna ocasión y en son de chanza le dije a Medellín que él había obado a Julio Mario y con su característica tranquilidad me respondió: edir es lícito y si la contraparte acepta lo que uno pide, más aún si es una persona de la experiencia de Augusto López, no veo nada de malo Por supuesto, tenía razón.

A Julio Mario le hice la pregunta de otra forma cuando le hablé de que se necesitaban cien millones de dólares para sacar el periódico al otro lado, y él me dijo: omprarlo fue una pendejada, no es cierto? a lo cual le respondí: En estos casos, Jesucristo contestaba sabiamente, Tú lo has dicho . En efecto, con el dinero que gastaron al comprar y con el que invirtieron a cuentagotas después, se hubiera podido fundar un periódico nuevo que no hubiera tenido que cargar con enormes pasivos financieros, pensiones gravosísimas y equipos desuetos que nos hacían mantener el alma en vilo ante el constante peligro de que dejaran de funcionar (como ocurrió algunas veces) en la mitad de la impresión para el día siguiente.

Qué había perdido El Espectador? Un número enorme de suscriptores; todos los avisos limitados, que es lo que sostiene una publicación y los cuales, en opinión de los expertos, no se recuperan jamás, como la realidad lo sigue demostrando; circulación en Bogotá y circulación nacional; pauta de diversos tipos de anunciantes, incluidos aquellos que decían, con descaro, que Julio Mario debía sostener su periódico, prueba adicional de que los grupos económicos no se deben mezclar con el manejo de los medios; colaboradores importantes; el espíritu activo de Guillermo que no se puede confundir con la mala leche de El Espectador en esos momentos, que estaba antagonizando a sus lectores y, naturalmente, perdiéndolos.

Pero se me dirá: eso ya existía cuando Julio Mario compró, y es cierto. Entonces? La composición de lugar que me hice desde el comienzo es típica del Grupo y tiene el sello de Augusto López: la campaña presidencial de 1997-1998 estaba dura; Serpa y Pastrana se encontraban técnicamente empatados pero el segundo tenía con él los medios más importantes que desahogaban contra Serpa el odio que le habían tenido a Samper.

Pese a ello, el Partido Liberal se mostraba fuerte y empujador y el Grupo, no sé si en parte por la antipatía reinante entre Juan Carlos Pastrana y Julio Mario, pero también porque parecía una buena carta política y de negocios, resolvió fortalecer su posición en los medios (Caracol radio, Caracol televisión y Cromos) adquiriendo el prestigioso, si bien agónico, diario de los Cano, que tenía un nombre respetable y era indiscutiblemente liberal.

Ese formidable frente podía ser de gran interés para los negocios pues la influencia de Caracol ha sido clara; no así la de Cromos, que siguió siendo una revista superficial. El Espectador encajaba en el plan, siempre y cuando pudiera Bavaria manejarlo a su amaño, lo cual no parece haber ocurrido en tiempos de Rodrigo Pardo y, ciertamente, no ocurrió durante mi dirección.

Augusto, pues, hizo un cálculo que le salió mal y que le ha costado a Bavaria y a los accionistas de Valores Bavaria bastante más de ciento cincuenta mil millones de pesos. El raciocinio debió ser algo así: Adquiriendo el periódico a fines de 1997 alcanzamos a impulsar la campaña y Serpa quedará eternamente agradecido de manera que, desde la Presidencia, considerará a El Espectador como su periódico, el diario oficial privado del primer mandatario, en forma tal que nuestra influencia será, tal vez, la máxima que Bavaria haya tenido en su historia. Además, todas las empresas sabrán que es así y la pauta fluirá fácilmente, ya no para ayudar a Santo Domingo a sacar adelante una mala inversión, sino porque se volverá una buena inversión para los empresarios, que serán vistos con buenos ojos por el régimen. Adicionalmente, el Grupo le pondrá mil doscientos millones mensuales de pauta propia .

Pero, oh sorpresa!, Serpa perdió y el Grupo se quedó con el periódico, sin el poder y afrontando el rechazo de todos aquellos que habían entendido bien la maniobra.

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