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SIGUE SIENDO EL REY

SIGUE SIENDO EL REY

Cuando llegó Pepito después de andar perdido 12 días, Mirringo, el gatito recogido que ama entrañablemente a su compañero de juegos y maestro de geografía, cacería y artes marciales, corrió a besarlo. Dos horas permanecieron en diálogo de lenguas rosaditas y trinos asordinados. Nuestra French Poodle blanca recomenzó los coqueteos, las astucias para llamar la atención del apuesto aventurero. Y Pantera? Enorme, negro, lustroso, los ojos de mirada fija y profunda teñidos de una extraña melancolía, Pantera, maestro de Pepito en otros tiempos, no se movió de la ventana donde por 12 días había esperado su llegada. En otra ocasión en que Pepito, víctima de una farra que había terminado en una zanja, tuvo que ser llevado a bañar con desinfectante, las protestas ensordecedoras de Pantera al verlo partir entre un guacal habían llenado la casa. Otra vez, cuando Pepito se perdió de niño, habían sido él y Pantera los del largo diálogo. Esta vez Pantera observaba el encuentro desde la lejanía,

Sabía él, más que nadie, de noches y quincenas bravas. Cuando volvía a las cinco de la mañana por hileras de tejados, haciendo sentir su voz de trompeta desde las dos cuadras. Al otro día nos felicitaba la vecindad. Volvió Pantera. Cuando como jefe indiscutible ahora su posición sería ad honorem protegía el territorio familiar con garra y colmillo. Cuando un solo salto, un solo zarpazo lograba la presa que con sonoros maullidos pretendía entrar a la casa y poner a nuestros pies... Y ahora? Pantera se encastilló sobre un armario a divisar su reino. Pasaron los días y cada vez le era más difícil subir y bajar, pero insistía en mantenerse allí, sin que nada escapara a la sagacidad penetrante de aquellos ojos de filósofo estoico. Cada vez comía menos. Forrados los huesos en la maravillosa piel de destellos sombríos. Finalmente se aburrió. Se encuevó entre una alacena.

Mi hija Gabriela y la Dra. Julia de García, la veterinaria, vieron que era imposible salvarlo, pero ante la extraordinaria mirada de Pantera y el brillo de la piel todavía joven, quisieron luchar hasta lo imposible. Hasta el Viernes Santo, antes de los servicios religiosos y el apagón de las cinco de la tarde que dejaría toda la ciudad en servicio de tinieblas. Pantera sufría callado. Se resignaron al inevitable sacrificio. Protestó una sola vez al colocarlo sobre la mesa del consultorio. Una voz débil de gato niño que se calmó cuando mi hija lo envolvió en sus brazos y besó la negra cabecita. Entonces dejó atrás el miedo.

La doctora le inyectó la piadosa anestesia mortal por un catéter diminuto que ya tenía en la pata delantera. No sintió nada. Rodeado de caricias se desplomó suavemente. Limpio, silencioso, con la misma elegancia con que había vivido nueve hermosos años. Apenas entreabriendo los labios: una levísima sonrisa que dejaba entrever, con exquisita discreción el mínimo fulgor de sus colmillos de fiera. Las intensas pupilas se dilataron, quedaron invisibles en la noche de su piel resplandeciente. Digno como un rey. Nueve años de gracia no se pierden en un instante. Ha muerto el Rey Pantera. Arqueología literaria Revolviendo papeles, en los del poeta Carlos Pellicer, Carlos, su sobrino, entresacó unos cuantos que tenían que ver conmigo. Por ejemplo, estos dos papelitos de Gabriela Mistral naturalmente sin fecha serán de 1932, que nunca conocí. No recuerdo cuál es el folleto de que habla Gabriela. Mejor, queda el misterio en manos del lector...

De Gabriela Mistral a Carlos Pellicer: A Pellicer: Ya me voy. Si algo se te ofrece de Italia, me lo pides a Nápoles, consulado de Chile.

No tuve respuesta de mi carta. Esa fue señal de callarse y te he dado gusto con el silencio.

No sé las señas de Germán Arciniegas. Te ruego hacerle llegar esta hojita. Me interesa que le llegue por el asunto de que se trata.

Aunque el dato no te interese te digo que siempre serás tú para mí el niño maravilloso que conocí hace 26 años.

Dios te tenga de su mano. Gabriela .

De Gabriela Mistral a Germán Arciniegas: Le agradecí mucho, Arciniegas, la lectura de su folleto. Hay un silencio de tapaderas , es decir, de complicidad, en nuestra gente respecto de Colombia y Venezuela. Ud. debe descorazonarse a veces. Guarde la esperanza, aunque sea la de que será oído y servido en 100 años más. Nuestra raza lleva sobre sí no se qué maldición antigua que es racial. Mucho mató el español y otro tanto hizo el indio. De esa acumulación puede partir nuestra desventura. Lo de Haya, sobre Raúl me ha dejado helada. Si algo más se hace por él, firmen ustedes por mí.

Me voy a Nápoles, como cónsul. Ignoro mis señas todavía. Su lectora devota. GABRIELA

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