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EFERVESCENCIA CONSERVADORA

EFERVESCENCIA CONSERVADORA

Rafael Gómez Hurtado era un joven brillante con marcada vocación financiera, que en compañía de su hermano Alvaro había convertido El Siglo en una próspera empresa. Con ocasión de que en 1951 el diario conservador inauguraba locales y modernas maquinarias, a los acuciosos hermanos se les ocurrió una idea muy productiva, consistente en invitar a numerosos gobernadores, alcaldes y gerentes de empresas oficiales a celebrar los adelantos del periódico utilizándolo para adelantar una ostentosa campaña publicitaria. Naturalmente, los funcionarios no quisieron perder sus puestos negándose a comprometer los escasos recursos de las entidades bajo su cuidado, y durante algunos días El Siglo se vio inundado de anuncios oficiales de todo género, lo que constituyó un auténtico escándalo nacional, origen de implacable debate contra sus autores que, no sin razón, salpicaba al Presidente retirado Laureano Gómez, a quien no se podía suponer ignorante de la forma como fue urdida y realizada la atrevid

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de octubre 2003 , 12:00 a. m.

Fiscal de la Nación comenzaban a lanzarle dardos envenenados.

No quiero emitir juicios personales sobre esta polémica, pero me parece de reconocido valor traer a cuento la alusión que a este incidente hace en su magnífica necrología a propósito del fallecimiento en 1965 de Laureano Gómez, su admirador y seguidor más incondicional y fervoroso, el consagrado historiador Eduardo Lemaitre. De gran benevolencia con Laureano pero bastante duro con los autores de la maniobra a favor del que se consideraba periódico de la familia presidencial, dice Lemaitre refiriéndose a su ídolo: Como el viejo Catón, sesenta o más veces intentaron sus enemigos acusarlo, y otras tantas salió victorioso de la prueba. Incluso la llamada Operación K , que constituyó la acusación máxima que pudo hacérsele, porque en esa ocasión se aprovecharon los medios coercitivos del Estado para ponerlos al servicio de una empresa privada, El Siglo, con la que el Gómez tenía vinculaciones, fue una traición al pensamiento y las enseñanzas del viejo caudillo, ejecutada por quienes a espaldas suyas abusaron de su enfermedad, de su alejamiento, de su desgano o de su asco por el ejercicio del poder. No lo comprometió personalmente .

En mayo, la muerte de Rafael Gómez en accidente aéreo cuando de la Costa Atlántica regresaba a Bogotá, hirió en lo más profundo del alma a su padre, que era un paradigma en materia de acendrados sentimientos familiares. En este mismo mes de mayo dos nuevos hechos sirvieron para inquietar al retirado presidente Gómez. Fue el primero la renovación del gabinete ministerial llevada a cabo por el designado Urdaneta en el que, de acuerdo con versiones bastantes difundidas, entraron a figurar algunos personajes no muy del afecto del primer mandatario. Tal, por ejemplo, el ministro de Gobierno Rafael Azuero Manchola, y en forma inexplicable el de Hacienda, Antonio Alvarez Restrepo, o el de Minas Pedro Nel Rueda Uribe, sin que en la nómina faltaran los partidarios a ultranza del Monstruo, empezando por el manipulador Jorge Leyva, quien permaneció en Obras Públicas, o el discípulo bien amado Lucio Pabón Núñez en Guerra, así como Jesús Estrada Monsalve en Educación, Raimundo Emiliani Román en Trabajo y Antonio Escobar Camargo en Justicia. Del laureanismo de Guillermo León Valencia, trasladado de la Embajada en España al Ministerio de Relaciones, nadie osaba dudar, como tampoco del de Carlos Albornoz en Comunicaciones, Camilo Vásquez Carrizosa en Agricultura, Carlos Villaveces en Fomento y Alfonso Tarazona en Salud, siendo notorio que a todos los nombrados los distinguía su claro antiospinismo.

El hecho clave en este relevo ministerial era el de la salida del Ministerio de Gobierno del aguerrido y no poco sectario Luis Ignacio Andrade, quien se aprestaba a pelearle a Ospina Pérez la presidencia de la Asamblea Constituyente, convocada para el 16 de junio, y también la Presidencia, cuya candidatura era el general comentario, disputaba dentro del gobierno con los integrantes del siniestro binomio , Alvaro Gómez Hurtado y Jorge Leyva. El otro hecho perturbador de este mayo fue el suntuoso banquete que el general Gustavo Rojas Pinilla le ofreció al Designado Roberto Urdaneta Arbeláez, en el que sin escrúpulos le expresó su total apoyo, prescindiendo del retirado Presidente titular Laureano Gómez, hasta cuando la voluntad libre y soberana del pueblo colombiano elija en elecciones puras el ciudadano escogido para sucederos , tales las comprometedoras palabras del jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.

Es de imaginar cómo debió recibir el presidente Gómez el atrevimiento con que el general Rojas Pinilla trataba de desconocerle la clara y terminante titularidad que le asistía para reasumir y ejercer el poder cuando le viniera en gana.

El 13 de junio.

Los hechos narrados hasta aquí pueden considerarse antecedentes inmediatos del golpe de Estado del 13 de junio, fecha histórica sobre la que existe abundantísima literatura no siempre muy sujeta a la verdad estricta de lo sucedido. Pero sobre lo que sí no existe controversia ni duda es sobre la escueta realidad de que ese sábado la Nación contó con tres presidentes. Hasta las 10 y media de la mañana el Designado Roberto Urdaneta Arbeláez desempeñaba el poder, pero a esa hora el retirado presidente Laureano Gómez se presentó en Palacio e inconforme porque el Designado no había querido destituir al general Gustavo Rojas Pinilla, a quien se acusaba de complicidad en las absurdas torturas al desequilibrado mental, así se le consideró, Felipe Echavarría, decidió reasumir el poder con lo que vendría a ser el segundo Presidente de ese curioso día.

De inmediato Laureano Gómez, en ejercicio de funciones como primer mandatario, le pidió al ministro de Guerra, hasta ese instante su incondicional admirador Pabón Núñez, que firmara el correspondiente decreto de destitución, pero como este se negara a dar ese paso, alegando que de realizarse habría un golpe de Estado, Gómez, sin pensarlo dos veces, destituyó al ministro renuente y lo reemplazó por su no menos incondicional admirador Jorge Leyva, quien posesionado procedió a dar el paso de destituir al acusado general Rojas. Sin que nadie se hubiera podido explicar en ese momento ni en ningún tiempo posterior las razones de esa inexplicable ausencia hacia un sitio que nadie pudo conocer, Laureano Gómez abandonó el Palacio mientras el nuevo Ministro de Guerra Leyva trataba de hacerse reconocer por las Fuerzas Armadas y al irse para el Batallón Caldas, del que era comandante su amigo el Coronel Rafael Navas Pardo, acompañado por el firme aliado General Régulo Gaitán, el despistado General Gustavo Berrío Muñoz y dos coroneles, se encontró con la sorpresa de que por orden del general Rojas todos ellos fueran apresados.

Siguiendo planes minuciosamente preparados, Rojas ese fin de semana había viajado a descansar a su finca de Melgar dejando precisas instrucciones de que si algo sucedía en el Palacio un avión se lo avisara y le trajera a la capital de inmediato, como en efecto ocurrió. Llegado al Batallón Caldas, luego de dejar en libertad a los detenidos Leyva y los oficiales que lo acompañaban, Rojas se dirigió al Palacio en donde, pasadas las nueve de la noche, vino a enterarse de que se había tomado el poder. Era el tercer Presidente, este de facto, de los colombianos en aquel sábado tan agitado. Sobre un hecho hay plena coincidencia entre todos los que han escrito respecto a esta histórica jornada, y es el de que llegado Rojas Pinilla al Palacio su actitud fue la de pedirle, casi rogarle, con porfiada insistencia, a Urdaneta que reasumiera la primera magistratura, a lo que Urdaneta se negaba alegando que lo haría si Laureano Gómez renunciaba a la presidencia, pues de no hacerlo regresaba al poder y lo echaba a la calle. Como el General persistiera, con increíble terquedad, en su ofrecimiento, y de Laureano nadie supiera el paradero, la anarquía empezaba a reinar en Palacio, al punto de que a cualquier suboficial se le oyó decir que era preciso buscar un tipo con agallas para hacerse al poder.

Ante tan caótica situación, al salón en donde se encontraban reunidos el ex Presidente Ospina Pérez, Alzate Avendaño y otros próceres conservadores, penetró repentinamente el recién destituido ministro de Guerra Pabón y, con garoso manotón sobre una mesa, anunció: El General Gustavo Rojas Pinilla se ha tomado el poder . El primero en someterse fue el ex presidente Ospina, quien comentó: Ante el hecho cumplido hay que aceptarlo , y el último en enterarse de que se hallaba en el poder fue el Rojas, quien no salía de su sorpresa cuando todos, con Pabón a la cabeza, fueron a comunicárselo. Siguieron los preparativos del mensaje a los colombianos en cuya precipitada redacción intervino Alzate.

Sobre la inexplicable ausencia de Laureano Gómez de Palacio, en 1959 Alzate Avendaño escribió: No se necesita estar en Palacio para conservar el cargo, ni la salida eventual de sus umbrales constituye vacancia. Pero en tan azarosa emergencia, si el Jefe del Estado anuncia o presume que lo van a amarrar no puede abandonar el Palacio de Gobierno sino para organizar fuera la defensa del orden institucional en peligro. Todavía no se sabe el sitio en que puso a buen recaudo su persona. Hubo versiones de que se había ocultado en su residencia y que mientras la República crujía sobre sus goznes estaba elaborando sabrosos panecillos torrados y pandeyucas calientes, dentro de un panorama de repostería doméstica, con sartenes y cacerolas. Durante el golpe de Estado estuvo al frente de una batería de cocina . En ese momento y durante mucho tiempo fue generalizada la impresión de que la sola presencia de Gómez en Palacio hubiese evitado el golpe.

Mis experiencias La noche del sábado 13 de junio de 1953, Alzate Avendaño tenía una suntuosa recepción en su residencia con notables personajes nacionales, numerosos embajadores y la plana mayor del alzatismo. Invitado con insistencia, yo le había dicho a Alzate que me privaba del honor de asistir por carecer de esmoquin y de dinero, pero sobre todo de voluntad, para comprarlo. De modo que desde el mediodía de ese sábado, como de costumbre, me fui para Diario de Colombia a intervenir en alegre tarea de preparar la edición dominical del periódico.

Desde las primeras horas de la tarde comenzaron a llegar rumores de que algo muy extraño estaba pasando en el Palacio, pero sin que hubiese una noticia concreta, siendo la primera en llegar la relativa a que el Presidente titular había reasumido el poder y nombrado nuevo gabinete. Siguieron las constantes llamadas telefónicas de Alzate, que yo respondía, inquiriendo por nuevas noticias de que allí carecíamos. Como a eso de las cinco y media de la tarde me dijo de manera categórica, véngase para mi casa, aquí lo espero, puede llegar en overol, en Palacio están pasando hechos de inmensa trascendencia, parto para allá porque he sido llamado y necesito que mis amigos estén reunidos .

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