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AL FIN CUÁNTOS SON

AL FIN CUÁNTOS SON

Entre los muchos aportes clave que promete, el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2003, preparado por académicos colombianos con el auspicio del PNUD y la Agencia Sueca de Cooperación, anuncia uno, reseñado en este diario en días pasados, tan polémico como decisivo: la discusión de cuántos son los desplazados por el conflicto armado en el país.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de junio 2003 , 12:00 a. m.

Entre los muchos aportes clave que promete, el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2003, preparado por académicos colombianos con el auspicio del PNUD y la Agencia Sueca de Cooperación, anuncia uno, reseñado en este diario en días pasados, tan polémico como decisivo: la discusión de cuántos son los desplazados por el conflicto armado en el país.

Un abismo separa las cifras que maneja la ONG más autorizada en el campo, la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes), de las que maneja la gubernamental Red de Solidaridad Social. La primera da cuenta de casi 3 millones de desplazados desde 1985, mientras la segunda tiene inscritos en su Sistema Unico de Registro, a partir de 1995, algo más de un millón.

La tesis del autor del capítulo respectivo del Informe es que alguien que se desplazó en 1990 puede haber vuelto al campo, o engrosado las filas de la pobreza urbana, pero hoy ya no padece el infierno de la absoluta desposesión que significa el desplazamiento. Propone considerar a un desplazado como tal a lo sumo por tres años. Y calcula que, de hacerse con rigor, las cuentas arrojarían hoy unos 850 mil desplazados.

Conclusión que no debe excusar al Estado de sus responsabilidades. Más que de números, la discusión es sobre derechos de las víctimas, obligaciones oficiales y políticas públicas, para llegar a fórmulas que mejoren un sistema de atención y prevención que aún deja mucho que desear, y precisar la responsabilidad estatal frente a los derechos vulnerados de la gran masa de población (esa sí cercana a los 3 millones de personas) desplazada en los últimos 15 años.

Todo desplazado, de ahora o de antes, tiene derecho a que se investigue y castigue a quienes lo expulsaron de su tierra, así como a reparaciones morales o materiales, pues muchos de ellos han perdido sus propiedades. El Estado debe proveer los mecanismos para resarcir esos derechos vulnerados. Pero seguir contando como desplazada a gente que lo fue mucho tiempo atrás solo dificulta que el sistema de atención se ocupe, además de los que están en cola, de los más de 300 mil nuevos desplazados que la guerra arroja cada año.

De allí lo crucial de la discusión. Parece coherente asumir que, al cabo de cierto tiempo, el desplazado ha pasado de esa condición a otra, no necesariamente de estabilización socioeconómica, pero sí en la que ya no sufre el calvario del desplazamiento. Cuánto tiempo sea - dos, tres o más años?- es parte del debate.

Hay otros puntos de discusión importantes. Uno es la magnitud del subregistro oficial (la Red y Codhes coinciden en que cerca del 30 por ciento de los desplazados, por temor o desconfianza, no se registran). Otro punto plantea el dilema frente a aquellos desplazados que, una vez registrado en el sistema, es muy difícil, por ley, excluirlos. Dos caras perversas de la contabilidad: por no contarlos, muchos no son atendidos, y, en parte por no excluir a quienes ya lo han sido, los nuevos hacen cola.

Aclarar esas cuentas -y las políticas subsecuentes- debería permitir centrar a la Red (parte de cuyo presupuesto está dedicada a un costoso programa de compensaciones a víctimas de la violencia) en lo que debe ser su trabajo: generar confianza para que todos los desplazados se registren sin excesivos filtros burocráticos, darles atención de emergencia y garantizarles un sólido retorno o ayudarlos a ponerse económicamente en pie. Otros sistemas distintos deben ocuparse de la reparación y de los temas de justicia, hoy relegados a un plano más que secundario, y de impedir que quienes salgan de la estricta lista de los desplazados queden olvidados en las cuentas de la pobreza.

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