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LA LINTERNA DE DIÓGENES

LA LINTERNA DE DIÓGENES

En estos tiempos de oscuridad es natural que también la linterna de Diógenes se haya quedado sin pilas. Por más que traten de encenderla en el Congreso para hacer posible la Comisión de Etica, no falta quién o quiénes la vuelvan a apagar, frustrando uno de los propósitos de la corporación: Salir del desprestigio. Son por eso loables los esfuerzos que está haciendo para autoconvencerse de que intentarlo es tan urgente como necesario. Porque en la opinión pública priva el concepto de que este Congreso, que es el bueno y el anterior que era el malo , son iguales. Bastaría con llamar a lista, aplicar el oído o usar la lupa: Allí están los que fueron o sus hijos, algunos con sus herencias de inasistencia, antropofagia ministerial y apetito desordenado de burocracia.

Entre golpes de pecho y propósitos de enmienda, surgió la Comisión de Etica, para poner el dedo en la llaga siempre que fuera necesario. Casi agónica desde sus inicios por temblor en el pulso de sus creadores, parece que se extingue víctima de su primer procedimiento.

Si ello ocurre, será una especie de hara-kiri de la corporación al pretender tapar con las manos la mirada de 30 millones de espectadores. Porque no tendría ningún sentido que se constituyeran comisiones moralizadoras para amparar la inmoralidad o para hacer de mascarón de una conducta simulada.

El debate ya largo a que ha sido sometida para conocer el respaldo con que cuenta, no le está haciendo ningún bien al Senado. Ese si es no es, desfigura su laudable propósito de ir en busca del prestigio perdido que, con las demoras, trabas y objeciones será también búsqueda del tiempo perdido.

El Congreso tiene la obligación de recuperar el buen nombre de un pasado un poco ya remoto, donde albergó la flor y nata de la intelectualidad, la moral y la política. Pues si el debate que se está dando se mirara en espejo retrovisor, haría mucho que deambularían en las tinieblas exteriores quienes no son dignos de la investidura.

La pérdida de esta es el segundo tomo que comienza a escribirse en los anales. Porque la reglamentación del artículo 58 de la Constitución está haciendo tragar saliva a más de uno. Como si en sus entresijos anduviera la sospecha de merecerla. Si algo motivó la reunión de una Constituyente, fue la incapacidad del Congreso para reformarse a sí mismo.

Ahora cabe la duda de si lo hará reglamentando aquellos artículos que tienen que ver con su compromiso de ser como la mujer del César: Libre hasta de sospechas. O de no, llegar a la triste conclusión de que no sólo se perdió el prestigio, sino también el tiempo y el esfuerzo.

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