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ESCARMENTAR EN CABEZA AJENA

ESCARMENTAR EN CABEZA AJENA

Las borracheras autoritarias duran años, pero el guayabo es de décadas. Esa asimetría entre la relativa fugacidad del entusiasmo irresponsable y la persistencia de efectos negativos a largo plazo se ha visto corroborada con la dolorosa experiencia del Perú.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
15 de junio 2003 , 12:00 a. m.

Las borracheras autoritarias duran años, pero el guayabo es de décadas. Esa asimetría entre la relativa fugacidad del entusiasmo irresponsable y la persistencia de efectos negativos a largo plazo se ha visto corroborada con la dolorosa experiencia del Perú.

Como se sabe, Alberto Fujimori llegó a la Presidencia del Perú en 1990, sobre los hombros de una plataforma antipartidos y antipolítica, que caló hondo. En 1992,Fujimori se dio su autogolpe, cerró el Congreso y la emprendió a hachazos contra el aparato de justicia. Contó para ello con la aprobación entusiasta de la mayoría. Acaben con los bandidos (es decir, con los políticos) , era por entonces el espíritu prevaleciente. Fujimori tuvo éxito en desmantelar el ya débil sistema de partidos peruano, reemplazándolo por etiquetas altamente personalizadas, sin historia ni vínculos afectivos con la población. Con todo, por un conjunto completo de circunstancias -entre otras, enormes niveles de corrupción-, tuvo que abandonar el poder, permitiendo un período de transición que encabezarían primero Valentín Paniagua y después el actual presidente, Alejandro Tolero.

A Toledo no le ha ido bien. A pesar de que ha logrado -al menos este año- mantener ritmos decentes de crecimiento económico, tiene posiblemente los niveles de aprobación más bajos de mandatario alguno en América Latina y se enfrenta en la actualidad a una feroz oposición en las calles. Las dos razones básicas detrás de su fracaso son más o menos claras. Primero, Toledo es un producto aluvional de un sistema en ruinas, en donde no hay filtros que permitan la selección y la educación del personal político. Llegan así al poder -junto con valiosas novedades- personajes livianos y confusos, sin ninguna preparación en el manejo del Estado. Por ley de probabilidades, se puede apostar a que los livianos serán más. Toledo es uno de ellos, y su seguidilla de pequeños y grandes errores ha empañado tanto su gestión que en Perú prácticamente no hubo luna de miel postautoritaria (si exceptuamos el corto y estupendo período de don Valentín).

Segundo, los sistemas autoritarios esconden los conflictos en lugar de solucionarlos, y una vez se destapa la olla de grillos la gente se mete de lleno en los ajustes de cuentas distributivos que el régimen previo había taponado. En medio de un clima de ineficiencia e inestabilidad, algunos empiezan a pedir un retorno al orden. Es decir: los autoritarismos no solo ponen sobre los hombros de las democracias que los suceden una pesada carga. Como si la ironía no fuera suficiente, también crean (indirectamente y seguramente sin percibirlo) las condiciones para su retorno. Un revival fujimorista no está excluido, como muestran los sondeos de opinión.

Venezuela daría también amplio material de reflexión sobre el tema. El breve ciclo Chávez-Carmona es un síntoma de los bruscos movimientos pendulares que tendrá que afrontar ese país en los próximos años (y años y años...). Sin partidos, apenas con jirones del equilibrio entre los poderes públicos, a Venezuela le espera una penosa deriva.

Los colombianos deberíamos -por una vez en la vida- mirar con cuidado estas experiencias y escarmentar en cabeza ajena. Nuestro enorme patrimonio republicano -que va, sí, de lo maravilloso a lo funesto- debería ser analizado críticamente; no descalificado ni destruido en conjunto. Porque esa furia destructora y negadora produce años de crisis y tragedias. Si el alegato es que ya estamos metidos en serios problemas, el lector hará bien en recordar la ley básica de Murphy (las únicas leyes fiables de las ciencias sociales): toda situación es susceptible de empeorar.

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