EN LO PROFUNDO DEL HOYO DE LAS INFIELES

EN LO PROFUNDO DEL HOYO DE LAS INFIELES

Llegar al fondo del hoyo de La Romera, en Santa Sofía (Boyacá), es una experiencia tan espeluznante como maravillosa. Es como dejarse tragar por la tierra.

25 de septiembre 2003 , 12:00 a.m.

Llegar al fondo del hoyo de La Romera, en Santa Sofía (Boyacá), es una experiencia tan espeluznante como maravillosa. Es como dejarse tragar por la tierra.

Aunque no tan fácil. No mire hacia abajo , recomienda un socorrista de la Cruz Roja -entidad que colabora con la guianza en el sector- mientras va soltando lentamente la cuerda enganchada al arnés, al que a su vez, se engancha uno.

Son casi 40 metros de descolgada y llega un momento en que lo único que se pide es tocar rápido tierra firme. Estar en lo profundo del socavón y sentirse seguro. Cosa que resulta un decir, porque dentro del hoyo solo hay noche cerrada.

En la primera descolgada son unos 35 metros, al cabo de los cuales se llega a la cima de una pequeña montaña de tierra y piedras. Veinte metros después está realmente la barriga de la Tierra , con su oscuridad, su humedad y un camino subterráneo.

El hoyo de La Romera, también conocido como el hoyo de las infieles , era un sendero que utilizaban los indígenas para ir a otros poblados, pero la leyenda cuenta que también lo usaban como lugar de castigo para mujeres adúlteras, a quienes las lanzaban desde el borde. Tal vez de ahí tomó su nombre, como una deformación del supuesto original de hoyo de las rameras .

Entre la penumbra.

Hay un chorro de luz que logra colarse por los 15 metros de diámetro que tiene el hoyo y justo donde termina la luz comienza la travesía. Las linternas entran en acción.

Un pequeño descenso, por un tramo lodoso y salpicado de rocas, es perfecto como etapa de calentamiento. Mientras tanto, se pueden ir apreciando las paredes de la caverna, en las que se asoman enormes lajas de rocas calcáreas.

El ambiente aquí es pesado, pero silencioso y calmado. Esa quietud solo la interrumpe, de vez en cuando, una exclamación de sorpresa de alguien que resbala o la voz de Marcel Reyes, el jefe de Socorro de la Cruz Roja, quien monta guardia en la entrada del hueco, unos 100 metros más arriba. Están bien? , se oye a lo lejos.

Unas formas blancas, húmedas y brillantes se atraviesan en la luz de las linternas. Parecen pájaros grandes, pero son en realidad las sombras de grandes estalagmitas, formaciones que pueden llegar a medir hasta 1,60 metros.

Sobre una de ellas, como sincronizada por reloj, cae cada tres segundos una gota de agua que se filtra en el techo de la cueva, cerca de 25 metros más arriba. Por su ubicación, la piedra parece que hubiese sido colocada allí, a propósito para recibir esa lágrima de agua con carbonato cálcico en disolución. Es esa pequeña cantidad de agua la que lleva años dándole forma y origen a la columna calcárea.

Súbitamente, un chillido agudo resuena en la caverna. Las linternas se mueven en varias direcciones para localizar el origen del sonido. No se ve nada. Hay inquietud. Pero el olor a amoniaco, que hace rato impregna el aire, lo dice todo: hay murciélagos.

Cae la leyenda.

Comienza otro ascenso hacia un negro agujero que se divisa vagamente desde abajo, pues la luz de las linternas parece perder brillo en medio de la oscuridad. La subida es más difícil que la anterior por culpa del suelo, de greda resbalosa y húmeda.

Después de 12 metros de ascenso, descubrimos que aquel agujero es la entrada a otra caverna más pequeña (debe tener tres metros de altura por dos de ancho). Esta cueva podría ser el camino a Monguí (Boyacá), como dice otra leyenda (a más de 150 kilómetros).

Pero no, solo pudimos avanzar unos 30 metros más. Una pared de roca pone fin al sendero y a la leyenda. Si hubo salida por allí, debió ser hace miles de años y los constantes derrumbes y movimientos de tierra la taparon.

El viaje de ida termina. Ahora comienza el regreso. Han transcurrido 85 minutos desde el descenso. Pasará una hora más para deshacer lo andado y subir nuevamente a la superficie. Otra vez en la tierra, mejor dicho, sobre ella, la sensación es agradable.

No hubo caminos subterráneos ni restos humanos de indígenas enterrados en el fondo del hoyo. Pero sí la experiencia, la emoción de la aventura en uno de los lugares naturales más bellos de Santa Sofía.

SI USTED VA.

- Unos kilómetros más adelante de Villa de Leyva queda Santa Sofía (77 kilómetros de Tunja). Una vez aquí, se toma la carretera a Moniquirá, y cuatro kilómetros y medio más adelante se llega al hoyo de La Romera.

- En carro, el trayecto entre Santa Sofía y el hoyo puede tardar unos diez minutos. Aunque el vehículo no puede llegar hasta el propio hoyo, sí se puede dejar a una distancia que no excede los cinco minutos de camino a pie.

La Cruz Roja presta servicios de guianza, pero también hay grupos especializados que se contactan en la Secretaría de la Alcaldía, (en el teléfono (8)7359010, ext. 101, ó 7359178, Santa Sofía).

- Las tarifas de la guianza varían de acuerdo con la ruta y el alquiler del equipo. Hay guías que solo lo llevan hasta la orilla del hoyo, por 6.000 pesos, pues no están certificados para hacer el descenso.

- Otros, que son profesionales, pueden llegar a cobrar 100.000 pesos por un paquete que incluye los elementos necesarios para bajar con total seguridad.

DATOS VITALES.

- Hay que llevar botas con suela de agarre, linterna, agua, casco (puede conseguirlo alquilado), ropa de dril que permita buena movilidad y siempre, un guía experto.

- Aunque no hay oficina de turismo como tal, todos los habitantes de Santa Sofía se comportan como excelentes guías. Son muy hospitalarios y siempre están dispuestos a mostrar los atractivos de su municipio, que, como ellos mismos dicen, a veces quedan escondidos bajo la sombra de su vecina Villa de Leyva.

- En los alrededores de Santa Sofía también se pueden seguir las rutas de las cascadas y la de las cavernas, que cuenta incluso con una cuevoteca, discoteca que funciona -como su nombre lo dice- dentro de una cueva.

- La de las cascadas incluye dos caídas muy fuertes, catalogadas como de alto riesgo. Las demás son aptas para toda la familia.

FOTO/Rodolfo González.

1- Bajar al Hoyo de la Romera es relativamente fácil, si se cuenta con la guía de expertos y con equipo adecuado. La pared norte es la más corta.

2- Enormes formaciones calcáreas (estalactitas y estalagmitas) decoran las paredes, piso y techo de la cueva más grande de Santa Sofía.

3- En el borde siempre se queda alguno de los guías, pendiente de los visitantes que se internan en la profundidad.

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